22 Octubre 2009

Según las historias que se cuentan en las sobremesas, los roedores pertenecientes a la categoría llamada lirón tienden a pasarse gran parte del día y de la noche durmiendo, especialmente durante los meses fríos. Pero este no era el caso de Ovidio. El comienzo del otoño, con sus lluvias y los tapizados de hojarasca, lo tenía atareado como gato en matanza. Su garçoniere parecía más bien una despensa y por todos los rincones se acumulaban grandes cantidades de bellotas, castañas, bayas, serbas y zarzamoras, junto a las ya habituales novelas detectivescas y los manuales de jardinería. También había recogido algunas luciérnagas, las cuales andaban medio drogadas con cloroformo y coñac, aprisionadas en tarros de cristal de Bohemia. Pero el aburrimiento y la monotonía ya empezaban a hacer mella en su espíritu, apenas iba a visitar a los amigos y ellos tampoco hacían lo propio. Así que mientras sus vecinos solían recibir a sus amistades a la hora del té, él que nunca se había considerado un buen anfitrión y tampoco era un gran conversador, pasaba las tardes sentado cómodamente en su sofá mientras sorbía a traguitos su cálida infusión con miel y leía la prensa de la tarde, sumido en sus románticas ensoñaciones. El silencio dominaba aquellas horas, más aún cuando los pajarillos ya se habían marchado de vacaciones a los balnearios pirenaicos o a la Costa Azul y las ranas ya no salían a lavar la ropa a los riachuelos. Los fines de semana eran otra cosa pues los humanos iban al bosque a buscar setas y armaban mucho barullo, especialmente los provenientes de latitudes inferiores. Y así Ovidio se encontraba aquella tarde merendando galletas y té perfumado con frutos del bosque, cuando unos golpes en la puerta lo aturdieron y pusieron su corazón a muchísimas revoluciones por minuto, más de las que ustedes puedan jamás imaginar. Él que andaba en robe de chambre y no se había cepillado los bigotes desde el alba fue a abrir la puerta. Un tejón le saludó y le contó que venía a entregarle una invitación de los señores Erenhaus, unos nuevos vecinos que habían llegado a finales del verano. Le pedían que les hiciera el honor de acompañarles al día siguiente en una soireé íntima. Ovidio pensó que aquello podía bien ser una cura de agitación, sobretodo teniendo en cuenta que los señores Erenhaus eran de la estirpe de los armiños y las comadrejas y según se contaba tenían cierto apetito hacia los roedores. Aquella noche tuvo extraños sueños que hicieron que se desvelara en varias ocasiones, pero su cama de musgo y plumas de ánsar calvo era tan confortable que cuando el influjo de la luna se volvió más tenue y despertó, se encontraba en una euforia indescriptible y tenía un saludable apetito. Después de desayunar fue a dar un paseo por entre los alisos y buscó algunas flores de ribera para obsequiar a la señora Erenhaus. Poco a poco la bruma se iba haciendo más espesa y un molesto come-come poseyó a nuestro lirón. Aquel mediodía no logró tomar bocado alguno y después de planchar con esmero su traje de domingo, la camisa y el chaleco, se dejó llevar por su sangre castellana e intentó hacer la siesta. Pero el viento se colaba por entre las ventanas y silbaba como si se tratara del grito de las langostas hirviendo, cada vez más intenso a los oídos de Ovidio. Las esquinas de su dormitorio parecían más cercanas y las luciérnagas emitían flashes incesantes. Providencialmente, desde el castaño del jardín se empezó a escuchar la melodía “A quitter never wins” de Williams & Watson que entonaba con júbilo y gallardía su amigo el autillo. Ovidio se sintió algo más aliviado al instante. Boris lo vio tan pálido y tembloroso que no pudo contener la risa pero al darse cuenta de la gravedad de la situación logró interiorizar su burlona emoción y le preguntó qué le ocurría. Ovidio le contó que estaba invitado aquella noche por los señores Erenhaus y temía que él fuera el postre. Sin duda, cabía esa posibilidad y más cuando empezaban a escasear los alimentos. Boris no contemplaba la retirada y más cuando se presentaba la ocasión de saborear un chispeante champagne y flotar sobre el atractivo perfume a verbenas de la señora Erenhaus. Además tenía una brillante idea y así se lo hizo saber. Ovidio se dejó convencer por su amigo y pocos minutos antes de la hora acordada llegó en su coupé a Villa Poewee. A pesar de que el disfraz de oso resultaba algo incómodo, lograba hacerle sentir como un caballero en su armadura. Además, si descubrían el engaño podía atribuirlo a un equívoco fruto de la cercanía de Halloween o sus ansias de asistir a una fiesta de disfraces. Mientras subía la gran escalera que daba al portón principal, el señor Erenhaus se dedicaba a asediar el castillo de los normandos con toda la artillería y la caballería. La resistencia, sin embargo, era agotadora y pensó en inspirarse contemplando la espesura del bosque circundante cuando aterrado vislumbró a un plantígrado que se acercaba a su confortable hogar. Al instante llamó al mayordomo y a su criado personal. Éstos, que estaban en la cocina aburridos esperando la llegada del invitado acudieron al instante, temerosos del carácter iracundo del señor. Sus órdenes fueron claras. Quedaba terminantemente prohibido atender a ese intruso y ya se disponía a lanzar a nuestro Ovidio una gran maceta de narcisos cuando atravesó la biblioteca como un trueno el grito de la señora Erenhaus. A la mañana siguiente, todas las tertulias de café giraban en torno al extraño suceso acontecido en Villa Poewee. Al parecer, vagaba por los alrededores un feroz oso adulto, probablemente muy hambriento, según los Erenhaus. Y aquella noche Ovidio se acostó temprano, sus sueños lo llevaron a un atolón de la Polinesia en brazos de una dulce y adorable chinchilla, atravesó en globo el Monte Fuji y cruzó en submarino el mar de los Sargazos y cuando despertó los jilgueros entonaban agradables melodías hawaianas.

6 Septiembre 2009

Creo que los veranos que más me gustan son los que terminan con lágrimas. Era mi último día de las vacaciones y decidí pasarlo cerca del mar. Salí del hotel y le dije al taxista lléveme a la playa, qué playa, cualquiera. Y allí estaba yo de rodillas en la arena luchando contra el oleaje. Todo indicaba que aquella tarde el monstruo marino no aparecería. El sol se iba a poner y no existía indicio alguno de la criatura. Una sombra me cubrió y yo temí que fuera él que me atacara por sorpresa. Buenas tardes señor. Puedo permitirme la osadía de preguntarle qué está usted haciendo postrado así de rodillas. Es una postura poco favorecedora y bien absurda, no lo negará. Perdone mocoso, le informo que estoy aguardando al Tritón y corríjame pero yo no recuerdo haberlo llamado. Oh, eso ya lo sé, no es usted nada original. También añadiré que es sumamente improbable que un anfibio aparezca en esta playa, debería consultarlo con la enciclopedia animal pero creo no andar errado. Sería una revolución para la ciencia, sin duda. Bueno, usted sabrá, yo solo creí necesario advertirle. Adiós. Una vez había desaparecido la hormiga exploradora apareció la hormiga soldado. Válgame Dios, está usted aún aquí. Me ha comentado mi hermano que había estado conversando con un ingenuo y un soñador, o lo que es lo mismo, un zoquete. Y como estaba aburrida de tomar el sol y el libro que cogí de la biblioteca es un tostón, pensé que sería interesante conocerle. Puede creer usted que un sabio diga que es de ineptos escuchar los consejos de las mujeres y que es más rico alguien por acumular resignación que propiedades. Él sin duda sí que demuestra ser un zoquete. Espero que usted por lo menos no le supere. Es curioso, ¿sabe?, tiene los labios gruesos como los negros de las películas de aventuras. No será descendiente de zulús, ¿verdad? Ah, y usted como es pelirroja debe ser nieta de Deborah Kerr, claro. Pero le diré que ciertamente no anda muy desorientada, en realidad tengo antepasados armenios y mandingas. Estos últimos por si lo desconoce son un pueblo africano y sin duda la gran mayoría de personas los calificaría como negros. Qué interesante me resulta usted. Además, como indica mi frente prominente, soy descendiente de los antiguos soberanos que gobernaron el imperio durante siglos. Posteriormente llegaron ustedes los franceses y lo desarmaron todo. Colonización lo llaman. Bueno, bueno, no se ponga usted a la defensiva. Así que es un príncipe o algo así, fascinante… De todos modos, le estuve observando antes mientras nadaba y su estilo no es muy elegante y mucho menos magnificente. Cómo es que nada de espaldas con las piernas estiradas a modo de proa. Debe tragar más agua que un cachalote. Mire usted listilla, mi forma de nadar es heredada del mítico delfín blanco del Ganga. Tan solo unos pocos privilegiados son capaces de lograr con sumo esfuerzo imitar a esa bella criatura del Indostán. Pero qué gracioso que es, desconocía por completo que existiera un delfín que nadara de espaldas y encima blanco. No sabe cómo me gustan los delfines a mí, son muy nobles y gentiles, incluso uno salvó a Arión cuando lo lanzaron al mar. Yo amo la música y la poesía, comprende, y hasta escribo versos. Sino estaría todo el día haciéndome la manita y se cansa una. Por las noches, para que no me descubran mis padres recito versos dodecasílabos. A este paso voy a terminar recitando alejandrinos. Por cierto, no me ha preguntado aún usted cómo me llamo. Eso no es muy caballeroso por su parte, pienso yo. Y mire que iba a invitarlo a que me visitara esta noche. [Nínfula, más que nínfula, eres una lujuriosa y una viciosa]. Como no me dejes tranquilo, voy a hablar directamente con tus padres. Oh, no hará eso, ¿verdad? Mi nombre es Catalina. [Serpiente, víbora…] Le he oído. Me deja perpleja, encima de zoquete, es usted grosero e insolente. Y mire que ponerse ese bicho en la entrepierna, parece un seminarista o un místico indú. Jajaja, estése quieto que aún le va a lastimar con las pinzas. Un cangrejo cocotero, joder, no me malinterprete, como no sé nadar muy bien pensaba que unos cocos me ayudarían a flotar en caso de necesidad. Deje que le ayude, no sea bobo. ¡Fuera!, no me toques. Como quiera. Me marcho entonces que debo hacerme la pedicura y pintarme las uñas de los pies. Le espero a medianoche, golpee dos veces la ventana y recíteme unos versos de Jayyam. Nuestra habitación es la 603, Hotel Imperial. No lo olvide. Venga ya, y cómo espera que trepe al sexto piso del hotel, está usted loca. Y si encima nos descubre su padre… No iba a pensar que se lo pondría fácil, si me desea lo logrará. Bien trepó King Kong el Empire State Building y luchó contra los aeroplanos. Que pase una agradable tarde, tritoncito.

30 Marzo 2009

Aquella noche podía ser mi gran noche. El autillo sin duda era un enviado divino, aunque su mensaje no lo terminaba de comprender. Daba igual, tenía que escapar de aquella casa de locos por todos los medios. Sin embargo, antes decidí ayudar a Sososó en sus tareas de evacuación. Sabía lo que buscaba y lo encontré. Entre los vinilos del señor Erenhaus había un oscuro disco de culto que apenas era conocido por los rastreadores y coleccionistas más enterados y que, según me contó, lo había comprado a un vendedor ambulante en Benarés. La versión del sargento pimienta de los Beatles interpretada por la misteriosa Incredible Kafiristan Shankar Nibban Arkestra, formada por los susodichos escarabeidos colgados en ácido no cítrico, Ravi Shankar y su familia con pestazo a incienso acariciando los sitares, un Brian Jones que pasaba por allí poseído por el espíritu de Keith Richards con la sangre repleta de singlemaltscotch dándole al shehnai, unos hippies tocando el gamelán y Yoko Ono el theremin con los dedos de los pies y el kazoo con la boca. Se iba a enterar ese nerd de lo que es capaz un armenio con el Síndrome de Asperger y en abstinencia. Mientras los altavoces enviaban ondas con frecuencia ensordecedora y aquel capullo maldecía mis huesos y mis cartílagos, escapé por la ventana apoyándome sobre la mano paternal del arce de los Erenhaus. Tarareando “Downtown”, seguí el camino que pasaba por detrás de la casa hasta que llegué a la carretera, no sin antes haberme dado de bruces con la rama de un fresno. Apenas había tránsito y podía escuchar la sinfonía de los grillos en celo mientras las polillas y las mariposas peludas revoloteaban alrededor de las farolas en una danza prohibida que insultaba el sentido común de los transeúntes. Un grupo de mujeres filipinas que -como evidenciaba la figura de la Santa Virgen que una de ellas sostenía con mucha adoración- no venían de ninguna discoteca, me dio las buenas noches y luego me miró con cara de suegra gruñona. Por suerte, el señor Gustav no se encontraba en el bosque de Turingia cazando urogallos y su bar estaba abierto y dispuesto a darme la bienvenida. Unas cervecitas me iban a sentar como agua de mayo, ya lo estaba vislumbrando. Gustav me presentó a sus ardillas y conejos hechos con ramitas de brezo –sus criaturitas, decía él- y me felicitó por mi buen aspecto. Has engordado un poco, ya pareces un hombre hecho y derecho… Bueno, tengo treinta años. Jajaja, yo a tu edad ya andaba jorobado y tenía más pelo en la entrepierna que arriba… Yo me lo imaginaba con aquel bigote a lo Nietzsche, color zanahoria, persiguiendo a los urogallos y a las hijas del párroco y no podía evitar que mi diabólica sonrisa se dejara entrever. Me coloqué junto a la ventana, bajo la atenta mirada de la madre ardilla. Aquello realmente parecía el mundo de Beatrix Potter en versión teutona y yo me sentía como en un nido de alondra, desnudo y desprovisto de cualquier artificio. En otra mesa se encontraba un grupo de jóvenes charlando animosamente, comiendo salchichas y bebiendo cerveza. Reían y se hacían fotos. Parecían muy modernos, seguramente les gustaría la hierba artificial y las bebidas inteligentes. Y no digo más porque soy un bocazas y entre ellos se encontraba una chica con un vestido de noche negro a lo Holly Golightly y un collar de perlas que caía grácilmente sobre su escote que se parecía tanto a la muchacha misteriosa que sin duda era ella. Miré a Gustav y le hice señales para que me sacara de allí como si fuera la figura de algún gnomo antes de que me rompiera en pedazos y después alguna solterona caritativa los intentara juntar y se olvidara de colocar el más importante. Pero Gustav conversaba con la cabeza de un corzo y no me prestaba ninguna atención a pesar de mis esfuerzos casi sobrenaturales teniendo en cuenta mi estado catatónico. Si hubiera llevado mi cámara bolchevica y le hubiera robado el paquete de cigarrillos a Sososó, aún podría haberla impresionado pero dadas las circunstancias lo más aconsejable era la huida. Sin embargo, el perfume de violetas que se evaporaba de aquel delicado y marmóreo cuello empezaba a embriagarme y, como un sonámbulo, me acerqué a la Belle Haleine dispuesto a susurrarle al oído la canción del sapo partero en plan du duá. Temía su reacción, me ignoraría, me rechazaría, sus ojos serenos se tornarían estrellas incendiarias, apretaría mi nuca contra su mandíbula, introduciría su lengua en mi boca, me mordería el labio superior, su araña tatuada en el brazo me chuparía todo el plasma… Los algoritmos y los cálculos diferenciales concluían un resultado desastroso y ni tan siquiera la introducción del azar presuponía una manifestación a mi favor. Pero lo que nunca podía haber esperado era que mis átomos adoptaran una disposición molecular en formación de caramelo con chasquidos y lograran hacerme invisible a los humanos allí presentes. Así, mi adorada seguía iluminando aquel microcosmos con su encantadora sonrisa y sus abracadabrantes cejas iban dibujando algún poema visual en el espejo ovalado que, junto con los cuadros de caza, decoraba el horizonte. Aquella nueva situación me brindaba toda una serie de oportunidades inusitadas hasta ese momento, entre las que brillaba la posibilidad de disfrazarme de mayor von Crampas y abatir a mis adversarios. Sin embargo, temiendo que el hechizo desapareciera, opté por esconderme debajo de la mesa. Una vez allí, estando al amparo de la madera de abedul, me apoderé de uno de los pies de la muchacha y con el índice recorrí el borde de sus dedos y besé la punta de cada uno a traición. Si ella notó algo extraño, si sintió cosquillas, si su vello se erizó, si su vientre entró en combustión, nunca lo supe. Luego, apoyé mi mejilla sobre el dorso de aquella exótica península y me quedé dormido. Cuando me desperté, me encontraba en plena calle intentando no tragarme los adoquines y aprisionando el bello pie, a medida que mi melíade se dirigía hacia su reposo. La posibilidad de poder mirar si su lingerie llevaba muchos lacitos o no quedaba descartada dadas las circunstancias extremas. Y más aún cuando se abalanzó sobre mí un simpático Gran Danés buscando compañero de juegos, el cual encima debía ser homo porque me pegó un buen chupetón en la garganta que causó horror en la señora Ehrenhaus cuando la llamaron los enfermeros del hospital donde me tuvieron que ingresar aquella noche.

12 Marzo 2009

La señora Erenhaus conocía mi costumbre de levantarme tarde y cuando comprobó que no bajaba a almorzar no se molestó en esperar a que le hiciera compañía. Mi habitación era espaciosa y desde ella podía contemplar a las gaviotas y cormoranes sobrevolar el acantilado del extremo nordeste de la isla. El vecino estaba colocando la bandera nacional en la casita donde guardaba la leña mientras su perro ovejuno lo observaba. Era media tarde y tenía algo de hambre así que bajé a la cocina a prepararme algo que saciara mi selectivo apetito. Había pan de molde integral, huevos, mantequilla, leche, queso, mermelada, zumo de manzana, embutidos y cosas envueltas en bolsas de plástico. Exceptuando el zumo, todo parecía haber caducado hacía semanas, meses e incluso años. Pensé que una tortilla a la francesa no me supondría demasiado esfuerzo y, como no encontré el aceite, utilicé la mantequilla. Los huevos aún no habían eclosionado así que tampoco les hice ascos. Cuando terminé mi delicia culinaria, tiré las migas y las cáscaras por la ventana y fregué los platos. Luego, regresé a mi escondite. Me estiré en la cama, me puse a escuchar un poco de música chicle con mi reproductor estéreo portátil de fabricación china -como las pinzas de colores para la ropa- y tecnología californiana -como las nueces- y cogí mi cuaderno para leer la receta de la tarta de manzana que había copiado del libro de Simone. Anoté algo y dibujé otro tanto. Entonces mi barriga empezó a hincharse y a parecer le ballon rouge. La tortilla huevona se comportaba como una frívola y una sádica y en centésimas de nanosegundo alcancé el toilette emulando a la hormiga atómica. Una vez dentro y habiendo sellado previamente la puerta, me topé de cara con mi triste figura. Mis costillas flotantes habían desaparecido y apenas podía observarse mi pene. El pobre estaba asustado y se había escondido como una criatura marina en su escondite. Las chimeneas submarinas entraron súbitamente en erupción y una nube sulfurosa invadió el cofre. Me sentía miserable y desdichado. En un arrebato, empecé a alborotar mi pelo y cuando éste adquirió el aspecto de mis antepasados mandingas, golpeé el cráneo con mis ritmos afroamericanos favoritos. Me encontraba cantando canciones de soul en versión reggae y canciones de reggae en versión soul y bailando como un Piccaninny cuando escuché el coche del Doctor Erenhaus. No me preocupé demasiado y seguí disfrutando de mi guateque improvisado. La diosa de la noche coronaba la cúpula celeste, majestuosa y altanera, pero yo la ignoraba con una sonrisa maliciosa. Un golpe seco en el cristal del cuarto de baño me devolvió a la realidad e interrumpió mi interpretación de “Stop that train” de Keith & Tex. No tuve más remedio que sentarme en la taza del váter y esperar a que el misterio se resolviera por si solo. Aquello seguía allí fuera y su presencia iba acelerando mi pulso poco a poco. Notaba frío pero no me atrevía a moverme. Quizás fuera Sososó que estaba gastándome una de sus bromas. Harto de tanto jaleo, me limpié el cuculito, me puse polvos de talco y agua de lavanda, y me dirigí hacia la ventana ensanchando la dimensión temporal del espacio todo lo que pude. Una sombra juguetona intentaba amedrentarme. Cogí el pestillo como si se tratara del tambor de un revólver. Rápidamente lo abrí, coloqué una bala en él y después de cerrarlo disparé el gatillo sobre mi sien. Menudo sinvergüenza. Con sonrisa burlona y apenas teniéndose de pie, un joven autillo iba danzando sobre el marco de la ventana mientras tarareaba “Shop around” de los Miracles, interrumpida por un molesto hipo. El muy canalla iba borracho perdido y solo su chaqueta adornada con una chapa en la que aparecía un ala y el lema “Keeping the faith” conseguía mantener su dignidad casi intacta. Sososó también había regresado de su jornada laboral y esperaba detrás de la puerta. Ante su creciente nerviosismo y su sorna educada en los más distinguidos colegios, no tuve más remedio que coger al pajarraco por el pescuezo y animarlo a practicar la caída libre sin paracaídas. Suerte que la madre naturaleza les ha bendecido a algunos con un par de alas.

5 Marzo 2009

Llegué a casa de los Erenhaus un viernes a la hora en que los peces descubren que el cielo es azul y se entretienen en morder las nubes. El viaje en ferry fue bastante plácido y no vomité ni una sola vez, a pesar de que me bebí media botella verde de Chartreuse mientras dibujaba en mi cuaderno el perfil de aquella chica. Soplaba un fuerte viento de levante y a pesar de que me escondí detrás del kiosco del puerto no conseguí controlar el sentido del líquido ureo clorofílico, con lo cual me meé encima de los pantalones. Por suerte, la señora Erenhaus no llevaba las gafas puestas cuando vino a abrirme. Qué sorpresa, señorito Augustus, pensábamos que nos iba a privar el fin de semana de su compañía. Qué tal se encuentra su padre. Y las orquídeas de su madre, siguen igual de bonitas… Por suerte, un herrerillo se posó sobre una de las ramas del arce que tenían los Erenhaus en el jardín y su canto me libró del interrogatorio de mi anfitriona. En el huerto llamaban mi atención unas acelgas que ponían a prueba a los caracoles con vértigo. En el suelo pude observar a los supervivientes que habían sido desahuciados y una gran pena me sobrevino de repente. Mientras la señora Erenhaus me explicaba sus planes para convencer a su marido de la necesidad de reparar el tejado, no debí caerle demasiado bien a los topos porque uno de ellos aprovechó un momento de distracción mío para hacerme tropezar y dadas las circunstancias escogí caer sobre los pensamientos antes que sobre los rosales. Con ello logré que mi anfitriona me invitara amablemente a entrar en su casa antes de que derribara alguno de los árboles y el señor Erenhaus no encontrara alternativa a la restauración del tejado. El suelo de madera crujía un poco y, temiendo que el tubérculo cerebral se apoderara de aquel sonido chirriante, logré neutralizarlo y convertirlo en un ritmo primitivo sobre el cual mis neuronas tarareaban una lánguida y campestre melodía de Farfisa. La señora Erenhaus me pidió que la acompañara y me invitó a desayunar con ella. Nos sentamos junto a la ventana que daba al portal y charlamos un rato de esto y aquello. Tenía una figura en porcelana de buda sobre el marco de la ventana y yo veía que me miraba y movía el brazo como los gatos chinos de la fortuna. El pobre debía vigilar porque estaba rodeado de esos cactus pequeños con formas caprichosas y podía pincharse sin querer. La señora Erenhaus me contaba que los vecinos eran muy ruidosos y que para cuidar su jardín utilizaban motosierras y demás aparatos contaminadores y que cada vez había más perros abandonados. Sabía lo de mi tumor pero ella insistía en que se trataba tan solo de un chichón. Pues su marido me diagnosticó un tumor. No le haga caso a Julian, tiene a veces unas ideas rocambolescas y es tan obstinado… Créame, eso tan solo es un golpe o algún mal de amores sin importancia que se le ha subido a la cabeza. Tumores tiene mi pobre roble, fíjese en las hojas, pobrecito arbolito. Tiene que previsualizarlos primero, son minúsculos. Yo no veía absolutamente nada. Bueno sí, un árbol con hojas verdes, pero nada más. El sol de mediodía se filtraba por entre las ramas y poco a poco lograba convertir mis nervios ópticos en caleidoscopios atómicos y las moléculas de dopamina de mi cerebro andaban a través de él como hormiguitas en una sinergia de placer y gozo que me resultaba extenuante, con lo cual me excusé y simulando un repentino dolor de cabeza le pedí a la señora Erenhaus que me mostrara mi habitación. Mientras subíamos por la escalera de espiral asimétrica, apareció Sososó con la bragueta abierta y sus gafas a lo Jad Fair llenas de polvo blanco, pelusa y ácaros barrigudos como él. Oye listo, mis gafas son como las de John Lennon. Oh, pues a mí me recuerdan a las de Jad Fair. No tienes ni idea Augustus. Eres un hortera y un moña que escucha los Beach Boys cuando los Beatles siempre han sido y serán el mejor grupo rock de la historia. Asúmelo. Da igual, no pienso discutir con un pipistrello como tú. Además yo ya no escucho música pop. Tan solo reggae antiguo y calypso, Maytals, Paragons, Ethiopians y grupos así. No me vengas ahora con esas. ¿Tú escuchando reggae? Y el siguiente paso cuál será… “Lo más es la música sufí y la música tradicional húngara”. Encima eres un snob de cuidado. Claro, no ves que soy clavado a David Bowie. Mira tío, a tu edad Bowie tenía grabados como mínimo cinco discos cojonudos, clásicos, obras maestras de puro rock. Pues Nico decía que era un mierda y un tipo superficial. Nico, Nico. Pero si esa tipa no sabía ni cantar, solo servía para que se la follaran los de la Factory y… Bueno, bueno, chicos. Cálmense. Señorito Paul, ¿verdad que se acordará de comprarme el abono líquido para las malvas y mi tinte color Rose du Barry electrizante cuando regrese del trabajo? Es que con este calor, andar en bicicleta supone todo un atrevimiento para mi edad. Venga, no pierda el tiempo que no quiero que llegue tarde… Y usted, señorito Augustus, no se enfade tanto y descanse un poco, que le voy a preparar zumo de manzana verde fresquito fresquito como le gusta. Y no sea gruñón, con lo guapo que está con esos pantalones vintage amarillos con destello de hierbabuena…

15 Febrero 2009

Supongo que a estas alturas de la narración Augustus ya les habrá hablado de mí, aunque si ustedes me permiten dudaré de si su relato me habrá hecho justicia o no. El pobre siempre creyó que su Doctor se había beneficiado a su queridísima madre y nunca llegó a perdonarme. Lástima porque si bien no les negaré que ello siempre ha formado parte de mis planes, les puedo asegurar que jamás he tenido la ocasión de consumar mis deseos. Qué mujer, la señora Acerián, sin duda una bella dama, desaprovechada y llena de convencionalismos, como casi todas las de su generación, pero con esa mirada llena de voluptuosidad tan seductora. Ya me comprenden… Su hijito decidió cortar los hilos que lo mantenían con vida y se cayó como una marioneta, y aquí me tienen a mí salvándole la papeleta. El muy gilipollas no comprendió mi cura de agitación y realmente se creyó lo del tumor. Qué miradas de desaprobación, cuánta ira puede esconder la naturaleza humana, cuánta impertinencia, por favor. Yo que les quería invitar a penetrar un poco más en la vida amorosa de su héroe, tan conmovedora, llena de sensibilidad y pasión… Bueno, la palabra amor no sé si sería apropiada para describir los sentimientos que despertó en él su “cuca”. Sinceramente, siempre dudé que aquel desgraciado supiera lo que significa amar. Todo lo que él conoció fueron historias de amor sacadas de noveluchas, peliculitas y canciones cursis, nada más. Él les dirá que amó a esta chica, a la otra, pero tuvo suerte que ellas no le correspondieran. Sinceramente, eso pienso. Bueno, una sí lo hizo y entonces la historia terminó como saben de modo trágico y fatal, lo cual era de esperar. Porque en realidad no fui yo quien le dio el empujoncito, fue su estúpida idea del amor verdadero la que le supuso una encerrona de la cual no supo salir. Pero no nos precipitemos aún. Dejémosle al señorito Augustus que nos lo cuente. Por ahora, nos conformaremos con un extracto de una carta que jamás llegó a enviarse. Iba dirigida a su “cuca” y por motivos que uno intuye al leerla, nunca tuvo el coraje de hacerlo. Ustedes no lo comprenderán –por ahora- porque me he permitido la osadía de omitir los párrafos comprometedores pero sí les diré que el mentiroso ni era virgen como les hizo creer ni entendió que el amor se construye a partir de las diferencias ni tampoco supo admitir que en el amor hay siempre un equilibrio de fuerzas de atracción y repulsión. Para amar, primero hay que saber detestar a la persona que amamos, y esa idea nunca le entró en su cabecita.


Las pocas personas que conocen mis sentimientos hacia ti no comprenden y hasta dudan que alguien pueda amar a otro que ni tan siquiera ha visto. Claro que conozco y guardo celosamente algunas fotografías tuyas, pero en ellas, mi amor, apenas aparece tu bello y cándido rostro. No tengo ni idea ni de cómo es tu ombligo ni he visto jamás tus manos, y por alguna razón intuyo que tus piernas son como las de las bailarinas. Pero qué sé yo. A pesar de ello, yo te amo como si fueras la muchacha más bonita del mundo y, aunque fueras calva y olieras a pescado –como me dijiste una vez en broma, digo yo-, te seguiría amando igual. Pero yo deseo amar tu cuerpo, no quiero conformarme con un amor platónico, y en mis sueños beso con ardor tus labios y todos los rincones de tu cuerpo. Sé que tu piel es tersa y morena y su tacto me excita, a pesar de que la conozco en otras personas y no en ti. También tengo memorizado tu perfume y cuando me cruzo por la calle con alguna chica que lo lleva, todo mi cuerpo entra en un éxtasis casi salvaje. De algún modo, siempre termino pensando en ti como alguien físico y eso me hace temer que tú no seas como yo imagino. Ai, Ana, si conocieras el poder real que ejerces sobre mí…

[…]

Y cada vez tengo más claro que no solo debo amarte más sino también más en serio. No hay vuelta atrás Ana, estando tú nadie puede ocupar mi corazón, nadie. Un futuro sin ti me aterra y no lo deseo. Yo respetaré siempre tus sentimientos y evitaré mostrarte mis celos, pero nunca me pidas que te olvide o busque a otra persona porque eso no sucederá jamás. Te amo y quiero que tú me dejes amarte, que no te alejes por temor a hacerme daño ni me olvides.

[…]

Te adoro, te abrazo como a una niña, te beso hasta donde me dejas y ahora, después de acostarme, en sueños, toda.


Como han podido comprobar, la típica carta de amor a cargo de nuestro egoísta romántico. No me negarán que no es para partirse de risa. Además está mal fechada, qué descuido… Bueno, me tendrán que disculpar pero mi función termina por ahora. Sin embargo, no lo haré sin antes estropearles el final. Sí, se llegaron a conocer en persona después de un año y algo más de intensa correspondencia; y no, jamás llegó a acostarse con ella. Hasta la próxima.

9 Febrero 2009

Regresé del fin de semana en la casa de descanso de los Erenhaus con la sensación que la muchacha me estaba siguiendo. No quería volverme paranoico pero de algún modo notaba su oscura presencia. Una vez recobré la seguridad de mi hogar, me quité el abrigo que estaba empapado de lluvia y lo colgué en el perchero. La abeja yacía junto a la mariposa peluda en su aposento sobre la máquina de coser de pedal. En la calle se oía a una niña cantar una canción pegadiza que decía algo así como “tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte, tenía tanto amor, guardado para tiiiii”. Algo iba mal, lo presentía. El embotamiento cráneo-encefálico mutó en una parálisis transitoria de los músculos estomacales y ello supuso la excusa perfecta para que el intestino se volviera aún más perezoso. El maldito croissant chocó con el azucarillo y éste clavó sus aristas en sus tiernas paredes. De repente el croissant empezó a crecer y a crecer dentro de mi tripa. Me estiré en el suelo y me puse a hacer abdominales, uno, dos, tres, cuatro, cinco, nueve, catorce, veintidós, ya está. Entonces decidí que me acostaría hasta que se despertara mi intestino. Pero cuando encendí la luz de mi dormitorio pude comprobar que había un cuerpo bajo las sábanas. Andando a gatas despacito sin hacer ruido me fui aproximando hacia él. El azucarillo se deslizó por entre los pantalones y al caer se partió en un estruendo amplificado por el silencioso abandono de aquel cuerpo. Por un momento pensé que sería aquella niña estúpida pero al destapar al intruso descubrí a la jeune fille que dormía plácidamente guardando mi pijama en su regazo. Su desnudez me excitó bastante y temiendo que despertara y descubriera mi debilidad me alejé tan rápido como mis rodillas me lo permitieron. Pero sus pestañas me seguían con sigilo; y detrás, aquellos labios; y luego venían sus nalgas; y tras ellos, esos ojos que parecían galaxias lejanas. Una vez cerrada la puerta del salón me sentí más tranquilo y sosegado. En el sofá descansaba mi edición de “Las traquinias” y ella había subrayado el comienzo cuando Deyanira dice aquello de “hasta que uno se haya muerto, nadie sabe si su vida ha resultado buena o ha resultado mala”. No eches en falta tu bonsái, estaba muy amarillo y como me daba pena lo he reciclado. Cómo. De su puño y letra, tal cual, un postick sobre la lámpara. El giradiscos a 45 rpm y la aguja sobre el vinilo con la canción “You Ain’t Woman Enough (To Take My Man)” de Loretta Lynn dando vueltas y vueltas. Ella había profanado mi santuario, dormía en mi cama, había desordenado mis discos y mis libros, mi bonsái había desaparecido… Pensé en llamar un taxi y pedirle al taxista que se la llevara tan lejos como le fuera posible. Pero era tan bella y su piel tan delicada y quizás estuviera soñando conmigo… Mejor me calmaba un poco y me fumaba un cigarrillo. Pero quizás le molestara el humo del tabaco. Así que abrí la ventana que daba al patio de la casera y mientras el polvo de las estrellas excitaba mis electrones, encendí un mentolado. Todo parecía tan sencillo bajo aquella nada coqueta y juguetona. La gatita blanca descansaba sobre un calcetín azul con rayos amarillos. Pero bueno, ese calcetín es mío, será bribona la tía. Miau. Sí, miau. Serás frívola y verbenera. Como Dalila sin su Sansón, acudía a reírse del bobo del chucho de la casera, dormido en el patio junto a la palmera y con la cabeza aplastada por un tiesto. La sangre coagulada formando junto con los sesos una masa vomitiva a la cual acudirían las moscas una vez tuvieran las alas calentitas. Otra vez me volvía a encontrar mal, aquello no podía terminar felizmente, lo presentía.

8 Febrero 2009

Esta noche me ha despertado la tormenta mientras la visión de aquella muchacha invadía mi mente. Aturdido y desconcertado no he vuelto a conciliar el sueño hasta que la señora Erenhaus me ha llamado para desayunar. La jeune fille me reclamaba y cuando acudía a su encuentro la encontraba con un vestido de primera comunión que se deslizaba por su cuerpo angélico, ligeramente andrógino, dejando entrever su piel lívida adornada por fantasmagóricos tatuajes. La erección era inmediata y violenta. Había penetrado en mi deseo como Juana en Jargeau y se reía. Mientras me masturbaba con mano segura y severa, ella ponía los pies en el cuenco que mi casera llenaba con leche todas las mañanas, obligada por el rugir de su gata blanca. Cuando mi sexo caía flácido después de regar las hortensias, me ordenaba que le limpiara los pies. Yo me arrodillaba y miraba sus ojos llenos de ternura y bondad. Vamos, boquerón. De repente, su mirada se volvía inmisericorde y cruel. Cogía con delicadeza su pie izquierdo, la leche rezumaba nívea, y el contacto de mis yemas con aquella piel suave me excitaba de nuevo. Entonces ella se liberaba de mis garras y posaba el pie sobre mi cuello, presionando con fuerza, y yo me dejaba someter. Tallo de luz, bebe, ordenaba. Hundida mi cabeza casi al completo temía ahogarme. Mi verga volvía a eyacular y un hilillo de esperma caía sobre el césped. Con su mano impura también se masturbaba ella y podía oírla jadear. Aquella pantera de las nieves iba a matarme allí mismo y en absoluto parecía importarle. Sus gritos de placer me estremecían y sentía un fuerte dolor en los testículos. A su vez notaba que la leche iba volviéndose agria poco a poco y, cuando su sabor resultaba insoportable, ella me liberaba finalmente bajo una lluvia de orina que caía por entre sus largas piernas dóricas.

2 Febrero 2009

Los días que siguieron a la noticia de mi enfermedad fluyeron con una extraña tranquilidad. Decidí no comunicárselo a nadie, ni a mis amigos, ni a mis compañeros de trabajo y mucho menos a mi familia. Cogí unos días de descanso con la excusa que me encontraba agotado y pedí que no me llamaran hasta que volviera. Tan solo me telefoneó el Doctor poco tiempo después para preguntarme si me apetecía pasar un fin de semana en su residencia de verano. Esa casa se encontraba a unos pocos kilómetros de la ciudad, en una de las pequeñas islas de la desembocadura del río. En ella solía acoger a algunos pacientes, los cuales tenían absoluta libertad hasta para usar la sauna. La esposa del Doctor se encargaba de todo mientras él pasaba horas en el estudio o navegando con su pequeña barca. Conocía bien ese sitio y sentía cariño por la señora Erenhaus, una mujer apacible que transmitía una serenidad balsámica con sus gestos y su mirada. Sin embargo, prefería la compañía de mi soledad, mis libros y mis discos, y me excusé cordialmente. Encerrado entre las paredes de mi hogar, el tiempo parecía paralizarse y la atmósfera se iba haciendo cada vez más densa y asfixiante. La rutina del día a día se convirtió en un desorden vital, al cual me fui acostumbrando poco a poco. Descuidé mi aspecto y mi rostro fue adquiriendo un tono rojizo, inflamable, en parte escondido por la cada vez más espesa barba. Mi cuerpo olía a sudor, excrementos y semen, pero al final me acostumbré a él. Me levantaba a primera hora de la tarde y lo primero que hacía era poner algo de música mientras me refrescaba la cara. Luego cogía cualquier novela y leía hasta que mi estómago y mi cerebro reclamaban algún alimento. A menudo solía ignorarlos y seguía con la lectura, impertérrito, desafiando las llamadas al orden y a la cordura, hasta que el sueño volvía a invadirme. Los gritos de los vecinos me despertaban entonces y sentía a la ameba más cerca que nunca. Su presencia mostraba toda la crueldad posible en esos momentos y conseguía así que mis lágrimas se dejasen caer no sin cierto temor. Cuando las paredes iban formando ángulos cada vez más oblicuos, permitía que mi angustia huyera o bien por la ventana del patio trasero o por la puerta principal. Al anochecer me gustaba observar los movimientos de los gatos sobre los tejados y las paredes de los vecinos y el tintineo de los cuerpos celestes. Normalmente no tenía demasiado interés en su conjunto pero siempre había sorpresas inesperadas. El alegre bullicio de unas muchachas que se arreglaban para salir de fiesta, con su efervescencia y su sensualidad latentes, el bello sigilo de la felina de piel blanca en su continuo deambular en busca de alguna presa, o bien el torpe vuelo de las polillas embriagadas de tenue luz. Sin embargo, el placer que me podía suponer todo ello enseguida era aniquilado por aquel dolor que parecía no querer despegarse de mi cabeza, con lo cual me volvía a encerrar en mi cubículo. Lo cierto es que apenas llegué a cruzar el límite que separaba mi paraíso envenenado del infierno agorafóbico. Pero una mañana me dediqué a sabotear mi nueva rutina y decidí dar un paseo matutino por mi barrio, tranquilo por aquel entonces cuando aún no rompía el viento ninguna rapaz de acero, seguida de los carroñeros de rigor. Temía cruzarme con algún vecino y esperé unos segundos antes de abrir la puerta para asegurarme que no hubiera nadie. Después cerré con llave y apenas había bajado unos escalones contemplé con asombro a una muchacha que descansaba sentada con la espalda apoyada en la barandilla de hierro forjado. Su presencia me produjo cierto espanto a pesar de que parecía rogar a gritos que alguien la abrazara calurosamente. Le pregunté si se encontraba bien y respondió que sí, pero no llegó a mirarme a los ojos. Llevaba un bonito jersey de mohair color crema y una falda corta que caía liviana sobre sus rodillas, protegidas estas con recelo por unas manos inseguras. Su cuerpo era el de una gacela, delgado pero vigoroso a su vez, con unas piernas que parecían esconderse por entre las sombras. La piel clara, de aspecto casi enfermizo, le daba además un aire etéreo, irreal, enfatizado por su pelo azabache de corte geométrico como si se tratara del casco de Atenea. Insistí y quise saber si esperaba a alguien. Sí, me dijo con unos oscuros ojos acuosos y llenos de misterio, te esperaba a ti. Pude seguir el movimiento de sus labios color carmesí con un temblor que amenazaba con hacerme desfallecer. Por su aspecto cansado podía haber permanecido varias horas en aquella escalera, pero preferí no saberlo. Quería escapar de aquella situación, el dolor llegaba a enturbiar mi vista y ésta proyectaba en mi mente la imagen de la muchacha desnuda con la piel manchada de esperma y llena de rasguños, mientras yo la levantaba por el busto como en aquel cuadro de Henry Lévy llamado “La jeune fille et la mort”. En realidad, su jersey sí tenía algunas roturas y algún que otro rasguño rompía la armonía de su rostro. ¿Quién era ella? ¿Por qué deseaba verme? Preguntas y más preguntas acudían a mí sin respuesta alguna. Sólo había una posible salida. Le prometí que iría a buscar ayuda pero no regresé.

2 Febrero 2009

Hace un instante me preguntaba qué sería de ella. Quizás viva en alguna remota región de la China o resida con su familia en algún país nórdico. Siempre sintió simpatía por el frío invernal y su mes favorito era noviembre, así que no puedo imaginarla en algún atolón de la Polinesia tomándose un cóctel de champagne. Cuando la conocí, ella estudiaba una de esas carreras que todos los padres desean que cursen sus hijos. Al comienzo me chocó que hiciera unos estudios tan serios, pues yo la veía pizpireta y jovial y no la imaginaba sentada frente a esos libros tan crípticos y densos. Con el tiempo creo que entendí por qué realmente estudió Derecho. Siempre me preguntaba “¿Qué tal estás?” o bien “¿Qué tal te encuentras?” y esas palabras sonaban sinceras y no a puro formalismo o cortesía. Enseguida supe que me iba a enamorar de ella y al final fue imposible evitarlo. Yo venía de una experiencia realmente turbulenta e intenté a toda costa esquivar los dardos envenenados, con lo cual al final le pedí no volver a saber de ella y las lágrimas empaparon nuestros ojos. Sin embargo, estábamos hechos el uno para el otro, o al menos eso creía entonces, y fue inevitable el retorno a sus tiernos abrazos. Cómo no iba a volver a ella si a su lado sentía que era capaz de alcanzar un rayo de luz y no dejarlo escapar. Mi amor era egoísta, la quería, la deseaba para mí y el hecho de pensar que otro ocupara todas las estancias de su corazón me partía el alma. No podía vivir sin ella y constantemente me preguntaba por qué no la había conocido antes, si las calles de mi ciudad y los lugares a los que frecuentaba la habían visto pasar tantas veces. Soñaba con sus dulces labios, con recorrerlos con la yema de mi dedo índice para terminar besándolos con furia y a traición. Ansiaba acariciar su bonito flequillo –“creo que no te gustará porque es cortito”, decía ingenuamente- y poder cortárselo con la excusa de penetrar en aquellos simpáticos ojos y no regresar jamás. Le pedí que se casara conmigo, ella era la mujer de mi vida y quería estar a su lado para siempre. También le comenté mi deseo de tener tres hijas y ponerles nombres shakesperianos, como Miranda, Cordelia y Ofelia, y milagrosamente no huyó despavorida. Y es que era una niña, la niña más bonita del patio del colegio, y me quería a mí, a mí. Le hacía gracia que le comentara que me gustaban sus senos, “¡si no me los has visto!” decía, con su voz infantil, llena de música celestial. Le gustaba hacerme muchas preguntas, era muy curiosa y eso me atraía poderosamente, pero ella era como La Petite Princesse que jamás imaginó Antoine de Saint Exupéry, y no solía responder a demasiadas, o al menos, a las preguntas que más me interesaban. Supongo que también Frances Hodgson Burnett hubiera pensado que era digna de su famoso personaje. Pero con el tiempo me fui dando cuenta que mi angustia vital y las aristas y oscuras esquinas de mi alma iban a marchitar aquella florecilla si no lo remediaba a tiempo. Tenía que protegerla, evitar que se viera expuesta a todo aquel aire malsano que me rodeaba, y te dije adiós, amor, tengo que marcharme, no me olvides, recuerda que te amo y te amaré siempre. Recogí todos los nomeolvides que pude encontrar en los montes y con ellos te compuse una guirnalda, ¿recuerdas? A pesar de ello, te enfadaste mucho y me llamaste bobo, tonto, idiota y todas las palabras feas, y me diste un pisotón muy fuerte y cinco mil pellizcos. Al final llegué a olvidarte pero creo que jamás he vuelto a sentir esa embriaguez ensoñadora que me alentaba y que empezaba cuando me decías, “buenas noches cuco”.