21 agosto 2011
Sobre mis escritos el Dr. Erenhaus ha dicho que eran el producto de una mente masturbatoria y paranoica. En ellos se encuentra el germen de un pedófilo en potencia incapaz de asumir su fijación por la fase anal, también dijo según creo recordar. Bien, hasta ahora he escrito mucho sobre mí pero poco sobre ese petimetre sádico e inmoral. Lo que les voy a relatar parecerá el sueño de un erotómano decadente, por lo menos las señoritas así lo creerán, pero lo cierto es que todo lo que aconteció aquel verano del amor –según palabras del Doctor- supera la idea que ustedes tienen de depravación y yo lo único que intentaré es que se hagan una ligera idea. Herr Erenhaus tendría por entonces unos treinta años, había presentado su trabajo de investigación acerca de los ritos de iniciación de la tribu Chagga en la Universidad de Siracusa y hacía poco que había conocido a su futura esposa en un café del Greenwich Village. Mientras ella descansaba encinta en casa de sus padres, cerca de Boston, él aceptó la invitación de un colega de la Universidad de Praga para dar una serie de conferencias. Esta es la versión oficial. Sin embargo, lo que le movía hacia el Viejo Continente era su interés por las checoslovacas. En uno de sus viajes a Etiopía había coincidido con una joven investigadora originaria de los Cárpatos eslovacos. Una noche calurosa en la que no podía conciliar el sueño fue a dar un paseo por el campamento y en una de las tiendas en las que se encontraba la enfermería pudo contemplar a la eslovaca con un grupo de negros que la penetraban por todos los orificios menos por la nariz y las orejas. Aquella imagen de la joven, cuya piel brillaba como la de una pitón, rodeada de una nube de cachipollas lo dejó muy turbado. La melena rubia se deslizaba de un lado a otro, con fuertes sacudidas, y sus pezones erectos se clavaban como flechas en los ojos del Doctor. Los negros se estimulaban el ano mientras esperaban su turno con la muchacha y ella les gritaba “dirty, dirty”. El pobre Doctor quedó tan impresionado que juró que algún día viajaría hasta Checoslovaquia para investigar el despertar sexual de esas amazonas de ojos como topacios y esmeraldas. Mientras tanto, aprovechó para visionar películas pornográficas en las que aparecían actrices de ese país. Incluso llegó a abrazar ideas comunistas pero pronto se diluyeron en el éter. Cuando llegó a Praga, aquel verano, en lugar de buscar el Golem lo que hizo fue ir a todos los lupanares que pudo y a algún antro de jazz. Copuló con todas las jóvenes que se parecían a aquella investigadora y a todas les enseñó su miembro circuncidado. Se sentía liberado y se reía de Portnoy, aquello era la antítesis del puritanismo estadounidense, y el sueño de toda la generación hippy hecho realidad. Una de las putas incluso lo invitó a comer a su casa y le presentó a su madre. Increíble, ¿verdad? En uno de los cafés había escuchado hablar de un castillo a las afueras de Praga, donde vivía un conde perteneciente a la familia Báthory amante del cuero y el látigo, pero ningún taxista quería acompañarlo y le daban excusas increíbles. Sin embargo, encontró uno que llevaba una cinta para el pelo como Björn Borg y tenía una bola de cristal en el taxi que giraba al ritmo del “Dancing queen” que lo acompañó mientras exclamaba “catastrof” durante todo el recorrido. Una vez llegados al destino, el taxista discotequero se animó a entrar junto con Herr Erenhaus. Este, por aprensión o por curiosidad, inicialmente se quedó en la sala de la biblioteca y se indignó al encontrar libros de Goethe y Schiller. Por suerte, había algunos aprovechables como “Un yanqui en la corte del Rey Arturo” y obras de Shakespeare. Cuando lo llamaron le entró un impulso desenfrenado por quitarse la ropa y ello provocó que el criado lo reprendiera severamente y lo llevara a la sala en la que se encontraban los baños turcos. Unos tunantes disfrazados de superhéroes o algo parecido le esperaban. Eran miembros de la guardia de los castrados, una organización militar que se remonta al Imperio Austrohúngaro, con cinturones de penes deformes. Por respeto a la familia Erenhaus prefiero avanzar en la narración y obviar los detalles de aquella violenta orgía que llevó al Doctor a abandonar Praga. Durante unos días pensó en regresar a los seguros EUA pero antes quiso conocer el pueblo en el que había nacido la muchacha que lo había perturbado. Mientras buscaba alojamiento en la campiña conoció a una viajera belga que había vivido un tiempo en Buenos Aires. Llevaba un vestido blanco y brazaletes. Comía muchos especuloos, tenía aspecto de chuparla bien y leía a Pierre Louÿs en francés. Aquella noche durmieron en un antigua escuela de chicas judía que los nazis habían saqueado después de violar a todas sus ocupantes. Parecía más bien un hospital abandonado y los fluorescentes daban una luz mortecina que obligaba a arrastrarse al placer carnal. En aquella habitación con cama estrecha, lavamanos, cómoda y silla pasaron una semana hablando de los surrealistas, los simbolistas y los auteurs. A ella le gustaba que el Doctor se corriera en su ombligo porque le hacía cosquillas y a él le gustaba que le despertaran durante la siesta con la mirada trémula y los labios helados. Una mañana, él se levantó tarde y ella ya no estaba. En el cuarto de baño había pelos de su pubis recién afeitados. Días más tarde tomó un tren camino a Timisoara y en su compartimento coincidió con dos estudiantes del conservatorio. Aquellos pelos tan fascinantes y unos versos de Catulo encendieron los fuegos fatuos y después de los gritos y espasmos el Doctor temió despertar entre ahorcados. Sin embargo, pudo contemplar la aurora reflejada en los ojos de un vulgar revisor, el cual le exigió una compensación en forma de billetes por los desórdenes. Ya en Bucarest y sin dinero vio como todas las invitaciones a lupanares que le obsequiaban camareros y el recepcionista del hotel donde se hospedaba terminaban en la papelera. Pero su infierno de posesión carnal desorbitada no cesó en la capital tampoco. En una librería de viejo, mientras ojeaba entre los estantes de humorismo y sexo, conoció a una señorita marroquí que vivía junto a su marido turco cerca del bulevar y había adquirido un libro inglés que satirizaba las costumbres francesas. Su invitación a almorzar despertó en él viejos prejuicios y algún que otro dilema moral y religioso pero ante la insistencia de la anfitriona y después de escuchar como le daban el día libre a la criada, pensó que un poco de exotismo no le podía sentar mal. La comida fue más bien frugal y durante la sobremesa la curiosidad y el misterio de Adán y Eva los llevó directamente al diván y finalmente a la alfombra persa, donde al atardecer los descubrió el propio esposo. Una vez operado de urgencia, Herr Erenhaus decidió dar por terminado el “verano del amor” y regresar junto a su familia. Todos creyeron que la apendicitis no había respetado al pobre Doctor pero tanto ustedes como un servidor sabemos que su cicatriz en el costado izquierdo podría contarnos una historia bien distinta.
