7 octubre 2011
No soporto el mes de septiembre. Siempre tengo que inventar algo para la maldita redacción de clase. ¿Qué hiciste en el verano? Qué hice en el puto verano. Pues lo mismo que cada puto verano, lo mismo que el jodido verano pasado y exactamente igual que lo que hice el anterior. Y el profesor me mirará y me preguntará, qué tal lo pasó señorito D por Normandía, con mirada escrutadora. Estupendamente, hicimos una apuesta a ver quién le reventaba la cabeza a más marines yankees y perdieron todos porque les volé los sesos a cada uno de esos putos imbéciles vendidos a su puta bandera. Y luego se interesará por mis lecturas de verano creyendo que soy un cateto y no leo nada. Y, claro, como la biblioteca del colegio es tan estupenda y tiene un catálogo de libros tan amplio tendré que confesarle que no tuve tiempo de leer demasiado porque por las mañanas iba a jugar a tenis con los amigos y por la tarde me invitaban a su piscina y nos fumábamos unos porros a la salud de nuestros profesores. Eso sí, ojeé la prensa internacional y leí una recopilación de cuentos que tenía mi padre pero no me gustaron nada, el escritor judío ese no sabía narrar, tenían razón los nazis en querer liquidarlo. Pediré permiso para poder levantarme. ¿Sabe? No soporto su estúpido peluquín y encima lleva los zapatos sucios. Si fuera uno de sus alumnos preferidos me tomaría la molestia de lamérselos pero como usted me odia y yo aún más será mejor que me ausente de su clase. Me cabreará que en el árbol junto a la fuente del patio se suba un pavo real, en ese justo momento. ¿Comprenden? De entre todas las aves, tendrá que aparecer el más marica de todos, ¡un puto pavo real! Debo advertirles que no soporto esta imagen, si no termino con ello en este instante no creo que tenga el valor en otra ocasión. Noto el peso del arma debajo de los calzoncillos. ¡Los calzoncillos que me compró mi madre! Ella guarda el revólver sin que se dispare. Entonces, le miro a la cara a ese mamarracho por primera vez y siento náuseas, no puedo apuntar bien. Hijo de puta, acabaría gustosamente contigo si no fueras tan patético. Grita un instante y se fija en su pie izquierdo bañado de sangre. Todos se echan al suelo, algunos parecen desafiantes y se disponen a abalanzarse sobre mí. Lo lamento por vosotros, disparo gustosamente sobre vuestro pecho y gritáis de horror. Salgo corriendo y nadie me detiene. Siento que paseo por el Brooklyn Bridge a primera hora de la mañana, un día cualquiera de verano. Estoy eufórico, como si hubiera esnifado pegamento o algo así. Alguien salta al agua y deja atrás el hedor de su pestilente sobaco. Supongo que en ese sitio crecerán azaleas en el futuro, recordando su templanza o su atrevimiento. Si fuera el Gran Río le acompañaría pero no quiero morir en una ciudad llena de hipsters. Como el excelentísimo Director le advirtió una vez a mi madre, yo nunca voy a realizar nada meritorio.
