23 diciembre 2011

Helena quiere que vayamos a ver una peli boba juntos. Lleva toda la tarde escuchando a Elliott Smith y ahora le apetece pagar unos boletos para la última comedia romántica de esa rubia que lleva una raya en medio del pelo. No es que me espere que quiera ir a ver una de cuatro horas de Rivette pero vaya… La balada del don nadie, el pelele, una y otra vez… Me gusta hacerla rabiar contándole cómo yo he visto en concierto a su cantautor y ella nunca lo verá jamás. Guapo y suicida. Como Kurt Cobain. Es genial vivir en una casa al lado de un lago componiendo canciones, saliendo a navegar en tu barquita, regresar cuando las ranas empiecen a croar. Le esperas con tus polvos masajeadores. Os empolváis y luego folláis. Un cigarro, hash, se duerme y de madrugada se levanta con el esternón ahogándole y busca la escopeta de caza. Sale al bosque, te preparas un té de azahar y lloras. Él anda por entre la espesura del matorral, no le duelen los arañazos porque ya no tiene tiempo de sentir más dolor. Helena no sabes lo patético que puede ser un tipo con tejanos rotos tocando una guitarra acústica. Tú estás en la barra del bar con un tipo bebido charlando de tías follables y él todo el rato a esa me la follo, y a aquella también… Y tú que piensas que quizás seas marica porque no te follarías a ninguna. Ni a la baterista. Pero el caso es que Helena lleva toda la tarde escuchando ese disco con título kierkegaardiano mientras pinta calaveras y animales monstruosos sobre cartón reciclado. Yo quiero escuchar a las Marvelettes, sobretodo su “I´ll keep holding on”. Ya, voy de retro. Él no. A la mierda Olympia y todos sus chicos perdidos. Jamás he podido pronunciar Seattle con acento gringo… hasta una vez conocí una francesa que lo lograba. Escuchamos juntos a Billy Butler en la buhardilla. Yo pensaba que se pondría caliente y que le podría tocar los senos pero se marchó a media tarde porque su madre la iba a regañar si llegaba tarde. No he vuelto a escuchar ese recopilatorio, me pone enfermo… El portero de casa de mis padres se acostó una vez con una francesa y al parecer fue algo memorable. Pero el caso es que Helena es rusa y judía. Y aunque se supone que las rusas son muy ardientes -creo haberlo leído en una novela de Bulgákov-, Helena vaya… parece más bien salida de un cuadro de Hopper. Supongo que por eso mismo la amo. Quizás algún día logre que se asemeje a las chicas de los cuadros de Renoir y entonces pueda decirle “quédate, nosotros pertenecemos a la Muerte”. Todas las tardes cuando llego de la facultad subo corriendo las escaleras temiendo abrir la puerta y encontrar la casa vacía. Te amo, flaco. Eso me dices. Y yo, joder. Pero un buen día se marcha con otro, un alemán fotógrafo –ella lo llama bohemio- y te lo presenta. Y él que te cuenta lo maravillosa que es la homeopatía y los jugos de frutas, que el jengibre es la hostia, y tú que lo miras y te dan ganas de romperle la nariz. Ella recoge sus cosas y los dos se hacen fotos como si hicieran el amor. Y él te cuenta lo buena que es la última peli del danés demente y tú que le recomiendas una peli boba. Helena ha dejado las novelas de Despentes y ahora lee a Nothomb. Pero qué coño está pasando aquí. Joder, siempre estoy con esta mierda de paranoia. Hasta me acabo de peer de solo pensarlo… Ella me mira con esa expresión de asco disimulado. No sé como describirla. Luego dice que me quiere. Venga, vayamos a ver esa peli. Invito yo.

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