En mi huida tuve que recorrer muchos valles, parajes áridos y escarpados, maquias, páramos y ciénagas. Crucé cordilleras nevadas y mares desconocidos. Me escondí en cuevas heladas y me perdí en bosques en los que apenas se percibía un rayo de luz. Mi esperanza era poder olvidar el crimen que había cometido y evitar que me reconocieran los humanos. Aprendí el comportamiento de los oseznos y logré con mucho esfuerzo atrapar a los salmones con caña de pescar. No hibernaba pero dormía muchas horas durante los meses de frío. Los animales no me temían pero tampoco me hice amigo de ninguno. Mi disfraz de oso me abrigaba lo suficiente y no era necesario llevar calzoncillos ni calcetines. Descansando sobre un talud cubierto de hojas de haya húmedas y de tonos ámbar, se me acercó un grajo ceniciento y estuvo largo rato observándome. Tú no eres un oso de verdad, ¿no? Eres un fugitivo, ¿cierto? Probablemente lleves varios días perdido en este bosque y estés hambriento, sediento y ofuscado. Habrás pensado en quitarte la vida comiendo setas venenosas o haciéndole muecas a una víbora. Lógico. Por las noches habrás visto en sueños a las diosas del inframundo persiguiéndote y al despertar habrás contemplado con pavor como los astros caían sobre ti. Tembloroso ansiabas que llegara el amanecer pero a lo lejos, en el horizonte, te esperaba el portador de la Aurora. Qué cruel es el destino. Tú, frágil y temeroso, andas por este mundo deseando que llegue tu final, quizás pienses en la reencarnación del alma, pero no eres tonto y sabes que la eternidad solo existe para unos pocos privilegiados. Yo podría hacerte compañía hasta que llegues al precipicio. Por suerte tengo una preciosas alas que me permitirían contemplar tu caída al vacío donde te esperarían los seres abismales. ¿No oyes el llanto del Sol al morir? Él es un niño que no quiere acostarse y llora apenado. Por suerte, él es inmortal. Tú no, ya sabes… Adiós amigo, cuídate mucho. Una vez se hubo ido, me levanté y contemplé a los astros por si se caían pero seguían allí titilando y haciéndose cosquillas entre ellos. Todo parecía tranquilo. Los pájaros estarían contemplando el noticiario temiendo el fin de la veda. Sin darme cuenta pisé unos cuerpos esféricos que parecían trufas y un polvo denso cubrió el aire. La niebla duró mucho rato y cuando despejó vi frente a mí un grupo de lobos que pasaba corriendo. Aullaban al unísono. Tras su paso el viento parecía más helado y el silencio aterrador. De debajo la hojarasca surgían sapos parteros cuyo canto metálico y discordante brotaba de la tierra. Temía que me mordieran y lleno de curiosidad decidí seguirles. Cualquier niño hubiera hecho lo mismo, sino pregunten. La procesión parecía seguir la llamada de una voz humana, lánguida y espectral. Huye del frío hayedo. Huye, lobo, huye de las hojas muertas. Antes de que llegue el invierno y nieve. Ven junto a mí. Poco a poco la melodía se escuchaba más clara a través de la gélida noche. Las ramas de las hayas iban dejando paso a las de los abedules. Como alambres que surcaran los cielos, formaban una cúpula amenazante que parecía que iba a desplomarse en cualquier momento. Apreté a correr y al poco llegué cerca de una cima en la que se podía divisar una antigua cabaña de pastor cubierta de hiedra y madreselva. Los lobos seguían aullando pero a los sapos ya no se les escuchaba. Una muchacha estaba subida encima de la casita y llevaba una corona de hiedra blanca. Se cubría con una túnica roja que dejaba entrever un vestido de cintura alta y color marfil. Una gargantilla de oro adornaba su cuello y unos aros también de oro sus tobillos. Yo creía estar soñando cuando me despertó la voz de ultratumba del grajo. Bueno, tú por aquí. Hermosa la señorita, ¿no te parece? Es la diosa del Díndimo en persona. Y las lobas son sus sacerdotisas. Más te vale no llamar su atención porque de lo contrario serás devorado al instante. Los sapitos están todos castrados y le tienen mucho miedo por eso no croan. ¿No ves a la luna como está celosa y llena de furia? No se soportan. Cosas de mujeres, ya me entiendes. Ahora debe estar acompañada de algún amante porque cuando se siente sola hace sonar los cuernos crecientes y te aseguro que jamás habrás oído algo tan pavoroso. Euohé! Gritó el grajo antes de emprender el vuelo y marchar junto a su amiga selenita. Yo me limité a desmayarme poco después al ser avistado por las lobas. Cuando desperté, la diosa me estaba mirando. Yo había leído en un libro que a las señoritas había que hablarles como si fueran diosas y tratarlas como si fueran niñas. Pero ahora lo tenía fácil, porque a mi lado se encontraba una niña que además era diosa. ¿Cómo te llamas, oh diosa del dínamo? Yo soy Augustus. ¿Eres descendiente del emperador que desterró a Ovidio? Espero que no, por tu bien. Yo me llamo Camamila de Burundi y pasé mi infancia en este país hasta que me cansé y huí de la tiranía de mi padre. Por suerte, pude recibir las enseñanzas de la hechicera de Cólquide y la poetisa de Metilene y aquí me tienes, soberana del monte Díndimo. Yo no entendía nada de nada, pero mientras no me echara a los lobos yo le seguía la corriente. Así que puedes hacer magia y brujería… Bobadas, yo no soy una vulgar bruja. Claro que si quisiera te podría convertir en lobezno pero con mis poderes hasta soy capaz de levantar a los muertos de su sepultura. Por cierto, por qué andabas disfrazado de oso. ¡Contesta! Vaya mandona, filibustera y vilipendiadora está hecha esta adivina, hechicera o lo que sea, que encima no tiene ni idea de que soy un fugitivo de la justicia. Aproveché mi ventaja y le conté un bulo y se lo creyó. Resulta que mi profesora del colegio quiso celebrar el carnaval llevándonos de excursión. Yo le pedí a mi mamá que me hiciera un disfraz de oso, qué oso me preguntó, cualquiera menos el oso amoroso, le sugerí. Luego pasó que estando en el bosque me puse a perseguir una liebre y me perdí. Entonces tú también eres una fugitiva, también como… vaya, como el Dr. Kimble… Siempre meto la pata, ya lo sé… ¿Y dónde está tu país, princesa? Creo que hasta lo pronuncié como los galanes de las pelis… Futura emperatriz, para ser exactos. Pues se encuentra al oeste del lago Victoria, en territorio bantú. ¡Córcholis! Yo tengo antepasados mandingas de Tombuctú, ¡eso está cerca de tu país! Además los dos llevamos el pelo rizado. A ella los rizos le llegaban hasta las tiernas corvas y brillaban como si fueran de chocolate glacé. No pude decir nada más porque, sin saber cómo, la hice enfurecer y después de recitar un conjuro me convirtió en un sapito partero con disfraz de oso. Vaya suerte la mía…
