3 julio 2011

En este pueblo la gente es boba, muy boba. El cura les roba los ahorros a las viejas y el alcalde les sube los impuestos de la basura a todos y luego se construye un chalet con piscina y se va de vacaciones al Caribe. Y encima se creen que el chupacabras les va a degollar a sus animales y que el sacaúntos se lleva por la noche a las personas mientras duermen. Y no es vedad. Los chupacabras no existen, yo solo he visto a los chotacabras que salen de entre los arbustos y vuelan ¡zas! como un avión reactor biplano pero bajo y se vuelven a esconder. Y sacaúntos no hay ninguno. Las viejas solas y las solteronas que han desaparecido no las ha secuestrado nadie, las he matado yo. Eso sí, con ternura y mucho tacto. Desde que nos mudamos a este lugar, el cementerio se ha convertido en el mayor de la comarca y han tenido que recalificar algunos terrenos, que constaban como no urbanizables, para construir más nichos y tumbas. El alcalde está muy enfadado y ha prohibido que los que no hayan nacido en el pueblo o lleven viviendo menos tiempo sean enterrados aquí. Por eso los chinos se están llevando a sus difuntos a su país junto con maletines cargados de billetes de los gordos y los moros han construido otro cementerio en una zona en la que había viñedos. Yo no lo he visitado aún pero el principal lo conozco muy bien, demasiado incluso. Por las noches tengo que vigilar que no se escapen los muertos y se chiven a la Guardia Civil. No me fío de ellos ni un pelo, vaya. Y mira que los mosquitos y las polillas y los escarabajos y las chinches y las luciérnagas y todos los malditos bichos diminutos no paran de fastidiarme. Cuando me ven salir por la azotea con mi farolillo, enseguida vienen a revolotear a mi alrededor y a picarme. Por su culpa, se me ha irritado el escroto de los nervios. ¡No me dejan trabajar tranquilo! Las lechuzas, en cambio, son más atentas y aprovechan para colarse en mi cuarto, pero nunca pueden atrapar a Grotto -mi cobaya- porque Camilo –mi gato- las persigue. A veces, el muy yonqui va hasta el culo de mescalina y no se entera de nada pero consigue que las lechuzas se asusten y los dejen tranquilos. Mi abuelo cuando era joven era una especie de trotamundos libertino y bebedor y en uno de sus viajes por el Nuevo Mundo consiguió muchas drogas y cartuchos de dinamita. Y los guardó en el desván antiguo y allí siguen porque nadie los ha descubierto aún. Bueno, Camilo y yo sí. También había un detonador pero lo regalamos a unos gitanos que vendían colchones en verano a cambio de tabaco. Durante todo este tiempo, he conseguido de mis víctimas mucho dinero, joyas y vestidos años 30 muy hermosos. Algún libro también. Mi familia es pobre, mi padre no tiene trabajo y se enoja con nosotros por naderías sin importancia. En el campo ya nadie trabaja porque las cosechas las pagan muy poco y los señores prefieren que las alimañas se lleven las hortalizas y las frutas en vez de recolectarlas. Además, en las ciudades la gente no las compra tampoco porque prefieren ahorrar y compran pastillas con vitaminas que son más baratas. También adquieren productos milagrosos que unos señores con traje y maletín llevan a las farmacias y a los centros de medicina oficiales y se supone que contienen esencias vegetales o algo así. Vaya, que ahora ya nadie come zanahorias, calabacines, pepinos ni naranjas. Por eso Grotto está cada vez más gordo y feliz, es un tipo listo. Pero bueno, lo que quería contarles es lo de los desaparecidos. En realidad, siguen en el pueblo, pasan de un sitio a otro, rollo teletransportación y yo me encargo de hacer de cicerone. Mi madre hace muchos años que no se compra ningún vestido y mucho menos un traje-chaqueta. Tampoco zapatos de charol ni botines ni pendientes y cosas así de mujeres. Entonces, un día yo pensé que si las señoras del pueblo que tenían todas esas cosas dormían un tiempo prudencial, yo podría reutilizar sus pertenencias y guardarlas para mi mamá. Y como con las damas y mujeres patricias del municipio me suelo llevar bien, aprovecho para que me inviten a merendar y luego las emponzoño con dulzura. Ellas llevan una vida aburrida; sí, coquetean con este y con aquel otro pero como nunca van a los bares es imposible que seduzcan a ningún hombre, porque los solteros están todos allí dándole al póquer y a la bebida. Ellas en cambio solo saben jugar a la brisca y beber anís o vino dulce. ¡Así no hay manera! Total, hay que reaprovechar la riqueza, pues estamos en tiempos difíciles y aún no se han inventado las redes sociales o engañabobos de la era moderna. Entonces es cuando me transformo en la mosca humana asesina poseída por el influjo de la hiedra venenosa y la luz iridiscente que quema. ¡Tachán! ¡Y no queda ni una! No puedo evitarlo, ya he intentado dejarlo pero cuando veo a mi querida mamá ir a hacer la compra con la ropa vieja y el pelo sin arreglar, me entra un no sé qué, me zumban los nervios y los pelos se me ponen como escarpias… Y vuelvo a hacerlo. Nadie sospecha nada, eso es lo curioso. Son mujeres chejovianas que a nadie importan, digo yo. El caso es que a mí ya me está bien, comprendan. Lo único que no me gusta es pasar la noche en el cementerio junto con los murciélagos y algunos jóvenes fogosos. Los primeros parecen pájaros torpes y a veces se quedan sujetos a mi ropa y no hay modo de deshacerse de ellos. Y son muy feos y de sus dientes se desprende un líquido sanguíneo, yo creo que les gustan las zarzamoras o la bebida de zarzaparrilla… Los chavales vienen a veces en parejas y gruñen como cerdos. Mi abuelo dice que las mozas a veces están poseídas y se le enganchan a uno como los murciélagos. Yo a mis compañeras de clase les tengo un poco de miedo porque algo raritas sí son. El caso es que no me aburro ni tengo tiempo para estudiar porque soy una persona atareada. ¡Viva la autosuficiencia y la autarquía en provincias!

11 julio 2010

El verano en Delaware no es tan caluroso como en otros lugares del país. Aquí los pumas no toman daiquiris para aliviar la sed ni los ciervos van a los grandes almacenes a comprar su helado favorito que, por si no lo saben, es el de mango. Los coyotes apenas consumen refrescos de guaraná y los mapaches solo beben su piña colada en ocasiones especiales como bodas, entierros y fiestas de graduación. Pero si ustedes son observadores y usan gafas de sol apropiadas muy probablemente podrán encontrar a algún topo disfrutando de un delicioso coco helado. Y es que estos animalitos tan misteriosos siempre han mostrado particularidades bien interesantes. Ya en el siglo XVIII el zoólogo Ludovic Von Bivant descubrió a un ejemplar que gracias a los tallos de las cañas realizaba esnórquel en el Rin, a la altura de Basilea. También en algunos tratados de quiropterología aparece la descripción que realizó un becario del Museo de Ciencias Naturales de Londres, a finales del XIX, de un topo que admiraba tanto a los rinolófidos que, después de participar en una sesión de ouija, creyó ser uno de ellos y fue encontrado a orillas del Támesis después de saltar desde lo alto del Big Ben. Y los medievalistas españoles han debatido durante años sobre la posibilidad que la Reina de Navarra siguiera las recomendaciones de un consejo de topos y mandara a los Templarios a la hoguera, acusados de herejía. Pero, de todos ellos, el más fascinante, sorprendente y requetefabuloso es sin duda el topo de nariz estrellada. Su población se calcula en unos 12.523 ejemplares, de los cuales unos 1.500,00213 habitan la costa este de los Estados Unidos de América. Y ya en el vigésimo-tercer congreso de la Asociación Panamericana de Expertos Insectívoros, celebrado en Duluth el año 2.001, prestigiosos genetistas moleculares y astrofísicos estelares acordaron que el mejor té es el de hibisco chino con agua de lluvia de las islas Fidji y que los topos de nariz estrellada evolucionaron filogenéticamente y topológicamente de un pariente lejano que habitaba los bosques de arce de Delaware hace 3 millones de años aproximadamente. Sin embargo, si visitan esta linda región algún verano -en invierno no se lo recomiendo a menos que sean aficionados al hockey sobre hielo- y preguntan a cualquier niño –a ser posible siempre y cuando no esté tomando un refresco o un helado, lo cual puede considerarse de muy mala educación- cuál es el origen de los topos con nariz estrellada, lo más probable estadísticamente y casuísticamente es que les cuente una historia muy distinta a la de los científicos de bata blanca. Imagínense que yo soy un niño y ustedes son unos turistas bielorrusos que se han visto atacados por unos ejemplares de Psorophora ciliata. Estoy leyendo un tebeo de superhéroes y en el momento en que el malvado prepara el ataque final ustedes se presentan ante mí bastante alarmados y gritando auxilio, dénos algún corticoide, nos han atacado unos demonios alados. Entonces yo les aconsejo que no se aflijan tanto, que no es la época adecuada para ello, y les pido que se sienten por favor. Ustedes obedecen –ya sé que es un caso muy hipotético y poco ajustado a la realidad- y yo les pregunto si desean que les cuente un cuento. Como no dicen nada y ponen cara de cefalópodo deshidratado, pues aprovecho para contarles la verdadera historia del origen del topo de nariz estrellada. Hace muchísimo tiempo, en algún paraje no demasiado identificado del estado de Delaware habitaba un topo que se llamaba Sr. Topo porque a nadie se le ocurrió un nombre mejor. Si ustedes son creativos y tienen alguna alternativa, siempre pueden enviar su propuesta a la gaceta local que más les agrade. El caso es que el Sr. Topo consumía sus días con la esperanza de casarse con alguna mamífera, a ser posible de alguna estirpe no demasiado alejada. Y como había heredado un pequeña gran fortuna, pensaba en comprar una casa junto a algún lago, levantarse al mediodía, pescar y tener topitos. No aspiraba a mucho más. Pero pasaba el tiempo, años, décadas, y no encontraba a su deseada pareja. Poco a poco iba abandonando las buenas costumbres y llegó a tomar el desayuno a la hora de la cena y a no asearse como es debido. Su ropa cada vez estaba más roída y las lentes más sucias, con lo cual tampoco tenía costumbre de salir de su madriguera. Un buen día, sintió la llamada de la selva o tuvo algún desajuste hormonal, y sacó su hocico por entre el montículo más alejado al noroeste. El bosque estaba dormido y sus habitantes, al parecer, también. No había nadie con quien charlar ni se podía jugar al pilla-pilla y la bolera estaba cerrada. Era un rollo y el Sr. Topo estaba deseando regresar a su escondite cuando en lo más alto del techo estelar descubrió a una maravillosa anémona galáctica que tenía unos tentáculos muy finos y de movimientos sinuosos y hechizantes. Chispitas, dijo el Sr. Topo. Qué estrella más hermosa. Quizás ella lo escuchó y por eso, al instante, sacudió los tentáculos con un ritmo exótico y empezó a desprender polvo de estrellas. Millones de partículas brillantes y diminutas aparecieron a su alrededor y ella se convirtió en una nebulosa maravillosa. Aquello parecía obra de alguna bruja o de la diosa lunar y el Sr. Topo sintió recelo y desapareció. Él jamás lo supo pero aquella noche, y la que siguió y la otra y la siguiente también, la estrella estuvo llorando y sus lágrimas eran verdes como mocos cósmicos. Ningún centro astronómico fue testigo de ello porque durante ese tiempo se jugaban las olimpiadas futbolísticas mundiales y los científicos estaban pendientes de los televisores. Semanas más tarde, el Sr. Topo empezó a sentirse mal, le dolía el estómago y sufría mareos y convulsiones muy raras. Los doctores le auscultaron, le practicaron gastroscopias y le sometieron a escaneados cerebrales, pero no pudieron detectar el origen de su enfermedad. Finalmente, una noche sufrió un ataque de ansiedad y creyó morir. Por suerte, salió de la madriguera y al encontrar a su estrella en el cielo, se sintió súbitamente mucho mejor. No le dijo nada porque era muy tímido pero en su diario personal la empezó a llamar Estrella Popotitos. Ella cada noche brillaba más y más y su rostro iluminaba la noche y ensombrecía a sus compañeras. Pero las estrellas no son celosas, todas tienen sus propios amantes y hasta les gusta chismorrear al respecto. El Sr. Topo la amaba y en sueños susurraba su nombre y le decía cosas dulces, como ustedes los adultos cuando hacen el amor y gritan “te amo cuchirrín”, pero con más elegancia y lirismo. Sin embargo, pasaban las semanas y no lograba declararse. Así, una noche de agosto apareció un huracán con boca de dragón y ojos temibles y lleno de furia hizo caer a todas las estrellas, una a una. La noche se hizo negra negrísima y no se veía nada de nada. El Sr. Topo tuvo mucho miedo y se refugió en su madriguera. Temía qué le podía haber pasado a su Estrella Popotitos y su corazón se rompió en bloques de hielo que nadaban desamparados a los largo de su estancia, como náufragos sin rumbo. Poco después, se desmayó. No sabemos cuánto tiempo estuvo inconsciente pero al despertarse se precipitó al exterior y la luz del sol lo cegó por un instante. Todos los animales hablaban al unísono y ello le provocaba más angustia. Cuando retomó la calma, se puso a buscar a su amada por los alrededores. Y así fue como detrás de un mirto, pálida y sin luz, encontró a su deseada estrella. Allí, desnuda y sin su vestido de gasa cósmica, parecía indefensa y gravemente herida. Su aliento había desaparecido pero aún así el Sr. Topo sintió ganas de besarla. Y intentarlo lo intentó. Sin embargo, no contaba con su larga nariz y como no tenía experiencia en la práctica del bisou, no lo logró. Lo único que consiguió es que su amada Popotitos se quedara adherida a la mucosa de la nariz y no pudiera desprenderse, cosa imposible también porque hacía días que había fallecido ahogada. Así, pasaron los años y después de comer muchas raíces de jengibre y lombrices logró sentirse menos desgraciado e infeliz, volvió a enamorarse y fue padre de unos lindos topitos de nariz estrellada, que a su vez se hicieron mayores y formaron su propia familia, hasta llegar a colonizar todo el país. Si no me creen, vayan a Delaware y pregunten. Quizás algún niño les explique también que por las noches los topos de nariz estrellada se dedican a perseguir a los cometas o que bailan con las estrellas para despistar a las aves migratorias, pero ya se sabe, son niños.

22 enero 2010

Y si los justos de los que hablaba Borges, que justifican el dolor que les ha sido infringido, vinieran a este bar a tomarse unas cervezas con implantes de gas, de qué hablarían. Encontrarían a las chicas de siempre, a las artistas, a las bohemias, a las perdidas… Se toparían con el poeta con barba de dos días y ojeras de lector nocturno. La muchacha de la barra, con gafas de empollona, pinchando vinilos entre servicio y servicio. Me verían quizás a mí. De qué hablaríamos. Nos toparíamos con algún grafitero, chicos con corbata recién salidos de la oficina, músicos de tres al cuarto, serios todos ellos. Prohibido vomitar. Si aparece el criticucho de la tele le echamos la bilis por encima, mientras tanto a aguantarse. No me sienta bien este sitio. Aunque por lo menos aquí nadie me reconoce. Gracias mamá por comprar el libro, seguro que te gusta. Son relatos, ya sabes, cuentos. Sí. Salen animales que hablan. A todos les gustan las historias de bichos. No, no, no son fábulas. No hay moraleja ni enseñanza alguna. ¿Cómo te encuentras? No puedes moverte ni andar apenas. Jo, pues vaya. ¿Y papá? Mejor, ¿no? Sí, tengo mucho trabajo. El editor no para de joder. De llamarme, quería decir. Vale, que tienes que preparar la cena. Es tarde, tranquila. Seguro que el desgraciado me llama el domingo por la mañana y yo con la resaca. Y aún no he terminado el maldito libro. Por qué le prometí más de lo mismo. Seguro que será un éxito. Nada de chorradas deprimentes ni existencialistas. Como no me acepten de articulista estoy bien listo. La otra, claro, escribe sobre la “cachopolla” de su chico y todos tan contentos. Yo hablaría de mi micropene y de los ponies cachondos que corren por las tierras del medio oeste persiguiendo una polla con piernas de ñandú. Les encantará a los lectores. Se levantarán temprano para comprar el periódico antes de desayunar y volverán corriendo a casa para leerlo con calma. Lo malo es que tendré que ver la jodida tele para comentar los noticiarios, los anuncios, los programas basura, los labios operados de la presentadora de turno, los periodistas prostituidos, el alcalde y todo eso. Aunque como no baje al bar de la esquina o compre una antena que funcione lo llevo crudo. La pinchadiscos no está mal por suerte. Este tema es de los pezones rebeldes. Siempre me molaron. Gran grupo. Pondré una canción suya en la recopilación que le prometí a la amiga de Sososó. Nada de temas de amor. Porque como se entere Helena tendré que aguantar sus quejas y sus reproches. Y la otra, encima, me hace esperar casi dos mil segundos y luego dice que no entiende por qué tanto cabreo. Qué simpático eres, me haces quedar frente al puesto de helados una fría mañana de sábado para ir al museo de arte moderno. Claro, por eso me haces tú contemplar a los abedules del parque con una sonrisa de estúpido que le gusta que le den plantón. Además, no confundamos las cosas. Tú fuiste quien insistió que te apetecería charlar conmigo sobre la nueva vanguardia. Yo no tengo ni puñetera idea de arte y jamás te incité a que me acompañaras. Yo amo a Helena, aunque nunca te haya hablado de ella. Si te acompañé hasta tu cama y te di las buenas noches aquel día fue porque no me apetecía estar solo y encima borracho a esas horas. Oh Jaimito, me rompiste el corazón, yo que creía que te conocía bien. Mierda de grupo. No puedes poner algo más post algo o chicos de San Diego desquiciados en vez de esta muerma… Ahora debes de estar despierta leyendo o charlando con el chico de turno. Y claro, le estarás contando aquello de que cuando él estaba enamorado de mí yo no y luego él dejó de estarlo y yo me volví loca por él. Entonces me abandonó y adelgacé muchísimo. Claro que no le dirás nada de que yo estuve a punto de cortarme las venas después de tus desaires y tu caprichoso deseo. Pero no te preocupes. Me encuentro mucho mejor aunque no he engordado nada. Helena me va enseñar a autolesionarme con rebanadas de pan de molde por si acaso se me ocurre imitar a Jean-Pierre Léaud en una peli finlandesa. Oh, no te alegres. Tampoco va a funcionar lo nuestro. Pero cuando se termine, entonces compondré una canción para ti y te la grabaré en una cinta imitando la voz de tu cantautor asturiano favorito. Y te la regalaré cuando se cumplan cincuenta años de nuestra primera vez. Tú invitarás a tus amigos pintores, fotógrafos, escritores malditos y hablaréis de malditismo. Yo os escucharé y me cortaré las venas con una rebanada de pan y con la otra mano brindaré por vuestra salud. Y pasará como en las pelis malas. Al final solo quedarán los buenos.

12 marzo 2009

La señora Erenhaus conocía mi costumbre de levantarme tarde y cuando comprobó que no bajaba a almorzar no se molestó en esperar a que le hiciera compañía. Mi habitación era espaciosa y desde ella podía contemplar a las gaviotas y cormoranes sobrevolar el acantilado del extremo nordeste de la isla. El vecino estaba colocando la bandera nacional en la casita donde guardaba la leña mientras su perro ovejuno lo observaba. Era media tarde y tenía algo de hambre así que bajé a la cocina a prepararme algo que saciara mi selectivo apetito. Había pan de molde integral, huevos, mantequilla, leche, queso, mermelada, zumo de manzana, embutidos y cosas envueltas en bolsas de plástico. Exceptuando el zumo, todo parecía haber caducado hacía semanas, meses e incluso años. Pensé que una tortilla a la francesa no me supondría demasiado esfuerzo y, como no encontré el aceite, utilicé la mantequilla. Los huevos aún no habían eclosionado así que tampoco les hice ascos. Cuando terminé mi delicia culinaria, tiré las migas y las cáscaras por la ventana y fregué los platos. Luego, regresé a mi escondite. Me estiré en la cama, me puse a escuchar un poco de música chicle con mi reproductor estéreo portátil de fabricación china -como las pinzas de colores para la ropa- y tecnología californiana -como las nueces- y cogí mi cuaderno para leer la receta de la tarta de manzana que había copiado del libro de Simone. Anoté algo y dibujé otro tanto. Entonces mi barriga empezó a hincharse y a parecer le ballon rouge. La tortilla huevona se comportaba como una frívola y una sádica y en centésimas de nanosegundo alcancé el toilette emulando a la hormiga atómica. Una vez dentro y habiendo sellado previamente la puerta, me topé de cara con mi triste figura. Mis costillas flotantes habían desaparecido y apenas podía observarse mi pene. El pobre estaba asustado y se había escondido como una criatura marina en su escondite. Las chimeneas submarinas entraron súbitamente en erupción y una nube sulfurosa invadió el cofre. Me sentía miserable y desdichado. En un arrebato, empecé a alborotar mi pelo y cuando éste adquirió el aspecto de mis antepasados mandingas, golpeé el cráneo con mis ritmos afroamericanos favoritos. Me encontraba cantando canciones de soul en versión reggae y canciones de reggae en versión soul y bailando como un Piccaninny cuando escuché el coche del Doctor Erenhaus. No me preocupé demasiado y seguí disfrutando de mi guateque improvisado. La diosa de la noche coronaba la cúpula celeste, majestuosa y altanera, pero yo la ignoraba con una sonrisa maliciosa. Un golpe seco en el cristal del cuarto de baño me devolvió a la realidad e interrumpió mi interpretación de “Stop that train” de Keith & Tex. No tuve más remedio que sentarme en la taza del váter y esperar a que el misterio se resolviera por si solo. Aquello seguía allí fuera y su presencia iba acelerando mi pulso poco a poco. Notaba frío pero no me atrevía a moverme. Quizás fuera Sososó que estaba gastándome una de sus bromas. Harto de tanto jaleo, me limpié el cuculito, me puse polvos de talco y agua de lavanda, y me dirigí hacia la ventana ensanchando la dimensión temporal del espacio todo lo que pude. Una sombra juguetona intentaba amedrentarme. Cogí el pestillo como si se tratara del tambor de un revólver. Rápidamente lo abrí, coloqué una bala en él y después de cerrarlo disparé el gatillo sobre mi sien. Menudo sinvergüenza. Con sonrisa burlona y apenas teniéndose de pie, un joven autillo iba danzando sobre el marco de la ventana mientras tarareaba “Shop around” de los Miracles, interrumpida por un molesto hipo. El muy canalla iba borracho perdido y solo su chaqueta adornada con una chapa en la que aparecía un ala y el lema “Keeping the faith” conseguía mantener su dignidad casi intacta. Sososó también había regresado de su jornada laboral y esperaba detrás de la puerta. Ante su creciente nerviosismo y su sorna educada en los más distinguidos colegios, no tuve más remedio que coger al pajarraco por el pescuezo y animarlo a practicar la caída libre sin paracaídas. Suerte que la madre naturaleza les ha bendecido a algunos con un par de alas.

5 marzo 2009

Llegué a casa de los Erenhaus un viernes a la hora en que los peces descubren que el cielo es azul y se entretienen en morder las nubes. El viaje en ferry fue bastante plácido y no vomité ni una sola vez, a pesar de que me bebí media botella verde de Chartreuse mientras dibujaba en mi cuaderno el perfil de aquella chica. Soplaba un fuerte viento de levante y a pesar de que me escondí detrás del kiosco del puerto no conseguí controlar el sentido del líquido ureo clorofílico, con lo cual me meé encima de los pantalones. Por suerte, la señora Erenhaus no llevaba las gafas puestas cuando vino a abrirme. Qué sorpresa, señorito Augustus, pensábamos que nos iba a privar el fin de semana de su compañía. Qué tal se encuentra su padre. Y las orquídeas de su madre, siguen igual de bonitas… Por suerte, un herrerillo se posó sobre una de las ramas del arce que tenían los Erenhaus en el jardín y su canto me libró del interrogatorio de mi anfitriona. En el huerto llamaban mi atención unas acelgas que ponían a prueba a los caracoles con vértigo. En el suelo pude observar a los supervivientes que habían sido desahuciados y una gran pena me sobrevino de repente. Mientras la señora Erenhaus me explicaba sus planes para convencer a su marido de la necesidad de reparar el tejado, no debí caerle demasiado bien a los topos porque uno de ellos aprovechó un momento de distracción mío para hacerme tropezar y dadas las circunstancias escogí caer sobre los pensamientos antes que sobre los rosales. Con ello logré que mi anfitriona me invitara amablemente a entrar en su casa antes de que derribara alguno de los árboles y el señor Erenhaus no encontrara alternativa a la restauración del tejado. El suelo de madera crujía un poco y, temiendo que el tubérculo cerebral se apoderara de aquel sonido chirriante, logré neutralizarlo y convertirlo en un ritmo primitivo sobre el cual mis neuronas tarareaban una lánguida y campestre melodía de Farfisa. La señora Erenhaus me pidió que la acompañara y me invitó a desayunar con ella. Nos sentamos junto a la ventana que daba al portal y charlamos un rato de esto y aquello. Tenía una figura en porcelana de buda sobre el marco de la ventana y yo veía que me miraba y movía el brazo como los gatos chinos de la fortuna. El pobre debía vigilar porque estaba rodeado de esos cactus pequeños con formas caprichosas y podía pincharse sin querer. La señora Erenhaus me contaba que los vecinos eran muy ruidosos y que para cuidar su jardín utilizaban motosierras y demás aparatos contaminadores y que cada vez había más perros abandonados. Sabía lo de mi tumor pero ella insistía en que se trataba tan solo de un chichón. Pues su marido me diagnosticó un tumor. No le haga caso a Julian, tiene a veces unas ideas rocambolescas y es tan obstinado… Créame, eso tan solo es un golpe o algún mal de amores sin importancia que se le ha subido a la cabeza. Tumores tiene mi pobre roble, fíjese en las hojas, pobrecito arbolito. Tiene que previsualizarlos primero, son minúsculos. Yo no veía absolutamente nada. Bueno sí, un árbol con hojas verdes, pero nada más. El sol de mediodía se filtraba por entre las ramas y poco a poco lograba convertir mis nervios ópticos en caleidoscopios atómicos y las moléculas de dopamina de mi cerebro andaban a través de él como hormiguitas en una sinergia de placer y gozo que me resultaba extenuante, con lo cual me excusé y simulando un repentino dolor de cabeza le pedí a la señora Erenhaus que me mostrara mi habitación. Mientras subíamos por la escalera de espiral asimétrica, apareció Sososó con la bragueta abierta y sus gafas a lo Jad Fair llenas de polvo blanco, pelusa y ácaros barrigudos como él. Oye listo, mis gafas son como las de John Lennon. Oh, pues a mí me recuerdan a las de Jad Fair. No tienes ni idea Augustus. Eres un hortera y un moña que escucha los Beach Boys cuando los Beatles siempre han sido y serán el mejor grupo rock de la historia. Asúmelo. Da igual, no pienso discutir con un pipistrello como tú. Además yo ya no escucho música pop. Tan solo reggae antiguo y calypso, Maytals, Paragons, Ethiopians y grupos así. No me vengas ahora con esas. ¿Tú escuchando reggae? Y el siguiente paso cuál será… “Lo más es la música sufí y la música tradicional húngara”. Encima eres un snob de cuidado. Claro, no ves que soy clavado a David Bowie. Mira tío, a tu edad Bowie tenía grabados como mínimo cinco discos cojonudos, clásicos, obras maestras de puro rock. Pues Nico decía que era un mierda y un tipo superficial. Nico, Nico. Pero si esa tipa no sabía ni cantar, solo servía para que se la follaran los de la Factory y… Bueno, bueno, chicos. Cálmense. Señorito Paul, ¿verdad que se acordará de comprarme el abono líquido para las malvas y mi tinte color Rose du Barry electrizante cuando regrese del trabajo? Es que con este calor, andar en bicicleta supone todo un atrevimiento para mi edad. Venga, no pierda el tiempo que no quiero que llegue tarde… Y usted, señorito Augustus, no se enfade tanto y descanse un poco, que le voy a preparar zumo de manzana verde fresquito fresquito como le gusta. Y no sea gruñón, con lo guapo que está con esos pantalones vintage amarillos con destello de hierbabuena…

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