Les dije hace un rato que mi vida era insignificante, una vida sin interés, una gran nadería. Pero lo cierto es que deberían ustedes imaginarla como un conjunto de nadas -nada por aquí, nada por allá-, un acúmulo de chatarra compuesta de vacío. Sin embargo, el vacío no siempre significa la ausencia de algo. También puede ser un suceso que espera a ser acontecido, un estado latente previo al despertar, un espacio que va a ser colonizado por los seres o sus extremidades. Así que tampoco quería hacerles creer que mis vivencias carecieron de interés, de emoción, de punch en su momento. Todo lo contrario. Yo las experimenté con la plena conciencia de que alguna cosa excitante iba a suceder. La tragedia se expresaría si les confesara que jamás conocí el final de la historia. Pudo tratarse de grandes quimeras o grandes farsas ideadas por un maldito farsante que se parecería tanto a mí que resultaría imposible distinguirnos. Quizás se trató de estímulos sensoriales transmitidos por conexiones neuronales caprichosas, que al chocar con aquello que llaman el alma la contaminaron de ilusiones y motivaciones. Grandes castillos impermeables al paso del tiempo y las inclemencias de los elementos que, sin embargo, ahora muestran sus grietas, sus heridas y, en definitiva, su decadencia. Qué pensará aquel insecto que una vez completada su metamorfosis tan solo conoce una vida efímera cuya duración es de una sola noche y un solo día. De acuerdo, él no intentará construir un refugio, ni buscar comida, ni dejar escrita su biografía en una hoja. Él únicamente querrá copular. Follar. Con suerte una vez pero quizás en más ocasiones. Por qué les hablo de un bicho insignificante, una criatura inferior, diminuta y frágil. No lo entienden verdad. Uno vive una vida de gusano defecador para luego tener que reconocer que encima es virgen. Maldita sea. Sí, nunca conocí otro sexo que el mío. Aquí sigue el pobre, el rey de la nada, esperando a salir al terreno de juego. Se entrena, el muy ingenuo, no podríamos decir que no se esfuerza. Todo los días ejercita el regate, la finta y el chute a portería. Es habilidoso, avispado, tiene ganas de marcar, su técnica es depurada. Todo un arquitecto entre sepultureros, como aquel primer centrocampista argentino que visitó a los súbditos de la reina Isabel II y dejó el mate por el te a las cinco. Cada vez lo veo con más claridad. Por lo menos, debo lograr fornicar con alguna homínida antes de que sea demasiado tarde. Debo, deber, qué palabra más repugnante y odiosa. El gran mazo de la nada, el martillo del orden, el garrote vil del verdugo, el agente químico castrante. A hacer puñetas con los deberes. Nada de fornicar. Lo mejor será que me autoengañe. No necesito copular. Además, no tengo ganas. Para qué malgastar mi preciada energía en algo tan poco productivo si total me quedan cuatro días de nada. No, no pienso tolerarlo. Si voy a morir lo haré como un ente inmaduro, orgulloso de su incapacidad para hacerse hombre, de su impotencia para progresar hacia una plenitud adulta, con mujer, hijos, hipoteca, segunda residencia y perro. ¡Viva el nopodermiento y el neoconservadurismo neoténico de raíz casta! Si alguna vez llega a hacerse realidad el Superhombre, deberá ser virgen y se hará sus necesidades encima. La cumbre del progreso de la especie pero al revés. Y ese Superhombre no puede ser otro que yo mismo. Debo asumir mis responsabilidades con esta especie. Démosle pues la bienvenida al auténtico e inigualable Superhombre.
