Estábamos solos en el lugar más hermoso del mundo. La lluvia caía suavemente sobre la jungla y borraba los sonidos musicales de los animales. Corrimos hacia nuestro improvisado refugio en las ruinas. Era primera hora de la tarde y quería aprovechar para poner en orden las notas de campo y oír algunas grabaciones que mi esposa había recogido. Mientras ella cantaba algunas melodías populares que escuchamos durante nuestra estancia en la hacienda cercana, tracé un mapa algo burdo de la zona alta de las montañas y redacté las observaciones de los indios acerca del paradero del endémico trogón borracho de cola larga y plumas brillantes. Cuando las nubes de tinta dejaron de acariciar el cielo sin pudor, salí con el rifle con la intención de cazar algo para la cena. Mi esposa que era vegetariana y ayunaba a menudo me miraba con cierto odio bajo la sombra de sus largas pestañas. Recorrí el templo principal rumbo hacia la zona suroeste y cuando iba a adentrarme en la zona densa de floresta cruzó ante mí un pavo de plumaje alba con tupé encarnado y alas negras. Impasible ante mi rifle, se quedó mirándome largo rato. Qué suerte la mía, pensaba. Apunté y le di caza. Al instante se escuchó un sonido áspero de lo alto de las copas de árboles y noté un fuerte golpe en mi cabeza. Cuando desperté me hallaba dentro de una especie de torre con una única abertura superior. Intenté escalar las paredes pero me sentía bastante débil y mis piernas temblaban. En vano sirvieron mis gritos y lamentos. Allí sentado y devorando algunos coleópteros curiosos esperé hasta desesperar. A medida que el crepúsculo avanzaba, por el extremo sur vi aparecer una estrella que en realidad no era tal, pues se trataba del planeta Venus. Ya de madrugada escuché por primera vez algunas voces y el sonido seco de algún tambor. No llevaba el rifle, como era de esperar, pero sí mi puñal y me preparé para lo peor. Un fuerte golpe sacudió la pared del lado contrario en el que me encontraba. Cayeron algunas piedras y como por un milagro apareció una muchacha joven ataviada con un simple vestido blanco de algodón y pulseras de semillas de cacao en los tobillos. Su pelo azabache brillaba con la luz del astro y daba a esa chica un aire de criatura de cuento de hadas victoriano. Con un gesto me indicó que la siguiera. Las sombras en el suelo indicaban que nos estaban observando desde lo alto. Anduvimos por un pasillo estrecho y no muy alto de forma trapezoidal al cual confluían otros más. Este laberinto intrincado parecía no tener fin. Durante todo el trayecto la chica no se giró ni una sola vez así que si hubiera querido podría haberla apuñalado allí mismo sin ningún problema. Unos indios de su misma tribu nos esperaban fuera pues la torre no era tal sino un pozo subterráneo. Hablaban una especie de dialecto español y gracias a mi ascendencia gallega pude entenderlos. Yo esperaba su hostilidad hacia mí, que me torturasen, degollasen y dieran de comer a los perros o con mucha suerte me dieran en ofrenda a sus dioses, pero no fue así. Empecé a creer que me consideraban una criatura mágica cuando me presentaron a un hombre que al parecer era el adivino, curandero o algo parecido. Me explicó que se sentían afortunados de recibir mi visita y que estaban contentos de tenerme como invitado. Bueno, era una manera diplomática de entender la situación… Le acompañé hasta una casucha que no tenía ventanas donde recogió unas jarras de cerámica policromada y unos vasos con máscaras de demonios. Una vez llegados hasta una ceiba monumental se sentó cruzando las piernas y mirándome fijamente como enloquecido bebió un trago de balché y me ofreció otro a mí. No pudiéndome negar y temiendo ser emponzoñado accedí y sorbí la bebida disimulando mis escrúpulos. Los primeros síntomas previos a mi delirio tropical fueron una total insensibilidad de las extremidades y una subida de presión en mi cabeza, que parecía expandirse poco a poco hasta que la noción de mi mente y el espacio se confundieron. Mi percepción visual poco a poco iba deformándose y las figuras de indios y árboles iban cruzándose en lenta procesión. Sin embargo, me vino a la memoria mi esposa, lozana y alegre, preguntándome si me gustaba su peinado recogido, mirándose a un espejo. Su reflejo la asustaba y me pedía si yo también había observado a la Muerte. Imperturbable, se marchaba susurrando una melodía lánguida. Escuchaba su voz alejarse cada vez más hasta desaparecer. Y reconocía luego el rostro del mago. Su rostro inexpresivo seguía allí. Una repentina sacudida y la hierba y hojarasca me nublaron por completo. Aún bajo los efectos del balché fui llevado hasta la plaza grande que había cruzado momentos antes. Sentados estaban varios indios comiendo tortillas de maíz y carne desmenuzada con diferentes salsas de aderezo. Junto a ellos pude observar la figura de alguien con uniforme al cual llamaban “El Generalito”. No comía como el resto y su mirada pura inalterable le daba un aire de joven aparecido. Su bigote corto añadía algo de gallardía a su porte chaparro. Le pregunté al anfitrión quién era aquel tipo y su respuesta fue breve: era un señor español que había sido enterrado vivo en la Madre Patria. Cómo había llegado hasta allí aquel no muerto era todo un misterio para mí. La conversa de los indios era animada pero nunca alzaban demasiado la voz y cuando se referían a “El Generalito” lo hacían con indisimulada reverencia. Este seguía pétreo e inmutable. Pude observar que la piel de sus manos se desprendía especialmente en los dedos, que se cruzaban a la altura del pecho. Llevábamos largo rato platicando sobre los invasores, que así es como llamaban a los cazadores de tesoros y los buscadores de oro, cuando hizo acto de presencia un hombre de cara enjuta con barba blanca y uniforme de jesuita. Aquello ya me parecía demasiado bizarro pero por si acaso yo seguí comiendo aquella carne picosa que añadía más presión a mis tímpanos y a mis intestinos. Me presentaron al hombre anciano y al instante noté que mi presencia le incomodaba. Sentose al lado del tipo con bigote corto y en silencio se puso a comer como el resto de indios. De repente, una tos seca los interrumpió y acto seguido se escuchó una voz grave y solemne: “Yo, El Generalísimo, Caballero de la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, aquí presente por los siglos de los siglos y más todavía, os exhorto a dar un paso adelante para frenar esta barbarie. Hay que terminar con las hordas rojas y los enemigos de la Iglesia Católica, incluyendo a los masones. La Guerra no ha terminado y vosotros hijos del Imperio Español estáis obligados a exhortar a los vuestros a que dobleguen al enemigo y actuar en consecuencia con valor y firmeza. Por vuestra culpa, vuestros pecados, ellos han llegado hasta nuestras tierras y es vuestro deber expulsarlos como impíos judíos. ¡Alzaos de una vez, cabrones! ¡Muerte a los mugrosos y los leprosos! ¡¡Viva la ensaladilla nacional y el Escorial!! ¡¡Viva el Águila Imperial y el Quetzal!! ¡¡¡Arriba la Maña!!!… ¡¡¡España!!!… joder, ¡¡¡Maya!!!”. Los indios imperturbables seguían comiendo sin hacer demasiado caso a la cháchara del jesuita y yo, sin temer las consecuencias, me bebí otro trago de balché.
Cuando me detuvieron, el 23 de julio, me encontraba de expedición en la selva amazónica, cerca de Leticia. El museo de ciencias naturales había prescindido de mis servicios porque a su entender pasaba demasiadas horas encerrado en el retrete y mi tesis sobre la evolución del cráneo en los trogones se había limitado por el momento a postular que la cabeza del trogón jacinto devorador de papayas era demasiado dura para las herramientas de perforación del laboratorio. Mis superiores aceptaron como atenuante el listado que les presenté de deficiencias ergonómicas del inodoro, el mal estado del material científico y la fuga del único ejemplar de trogón del aviario con una cotorra argentina de mala vida, y gracias a la mediación de mi tutor, el Sr. Erenhaus, conseguí que me enviaran por correo ordinario a la zona selvática colombiana, sin la aprobación de mi doctora de cabecera quien desaconsejó el viaje porque según ella en un examen rutinario al cual me sometieron el verano de 1994 había dado positivo en el test de alergia al sudor y a la humedad, además del de los ácaros, pelo de gato, fresas salvajes, chocolate suizo y matemáticas. El calor allí era sofocante y uno tenía la sensación que una boa constrictor trepase por su espalda y se encaprichase de su pescuezo. El único alivio consistía en hacer uso de algunas drogas no recetadas por los chamanes pero bastante eficaces como el salbutamol, el omeprazol, el diazepam, el tetrazepam, el tenozicam, el diclofenaco, el naproxeno y similares. Sin embargo, mi nueva aventura tampoco empezó con buen pie. Nada más bajar de la avioneta tuve la mala suerte de pisar un escarabajo coprófago y de entre la densa vegetación aparecieron algunos indígenas –varios centenares según la versión oficial- armados con rifles y la emprendieron a balazos con el piloto, la azafata y el científico junior. Nunca me quedó claro si su reacción fue motivada por el insecticidio o la presencia del hombre blanco, aunque quiero pensar que fue lo primero ya que después de escribir un breve obituario en arawá, gracias a un traductor automático todo sea dicho, cesaron las hostilidades y los autóctonos desaparecieron como ocelotes en matanza. A pesar del susto, la incursión en la selva fue muy provechosa y fructífera para el mundo científico, ya que la señora Rose, la azafata, descubrió un ejemplar de helecho que se creía extinto desde el Paleozoico tardío –lástima que arrancara la única hoja verde para abanicarse- y yo obtuve una fotografía en infrarrojo de un perezoso defecando sobre un nido de temibles hormigas rojas, por la cual National Geographic llegó a pagar una suma equivalente a mi número de celular –sin los últimos tres dígitos- en wons. Pero lo que realmente me jodió fue que yo no vi ni un céntimo de esa cantidad pues el piloto y la azafata se apropiaron de mi cámara analógica rusa y huyeron una noche de luna llena dejándome solo en el campamento que habíamos improvisado en un recodo del río Putumayo, que en las imágenes de satélite siempre se encuentra cubierto de una nube en forma de madalena. Según la bibliografía sobre el tema, el libro “Vida y aventuras de un experto en trogónidos” de Lord Herbert Lassie publicado en 1847, “Trogones del Nuevo Mundo: comportamiento sexual y alimentación” de Francis G. Auch publicado en 1923, “Caza y captura de los trogones con explosivos” del Coronel Arthur MacLangus publicado en 1777 y “Recetas sabrosas de trogón y otras aves plumíferas” de Véronique Persée de Cheval publicado en 1845, me encontraba en la región geográfica habitada por el raro y majestuoso trogón soberbio de la Reina Bruni, del cual no se sabía nada desde 1949. Mi instinto científico me decía que para capturar algún ejemplar debía atraerlo con algún alimento exótico propio de la cultura capitalista y aprovechando que llevaba una máquina “pop corn” –además de otros artículos básicos como una guía de supervivencia para boy-scouts, un cepillo de dientes, un cortaúñas, un desfibrilador de segunda mano, la biografía ilustrada de Sasha Rose y una navaja suiza- fui sembrando la hojarasca de palomitas de maíz recién hechas. Durante varios días estuve en vela esperando escuchar su gorjeo pero, entre las conversaciones de los monos aulladores, los jaguares, los tapires y las chinches gigantes, me resultó imposible. El maldito trogón a pesar de ser un glotón también era muy desconfiado y bajaba algunos metros de su nido en lo alto del ficus para posarse sobre alguna rama, siempre inalcanzable a mi cazamariposas plegable. Todo transcurría con esa monotonía y esa serena tensión, cuando una mañana apareció en el río una criatura misteriosa, parecida a Nessie, que dadas mis facultades de biólogo animal y experto taxónomo, pude clasificar dentro de la especie de periscopio submarino. No cabía la menor duda, aquello era un ser inerte, básicamente porque era imposible que se reprodujera de ningún modo –quizás por transplante tipo geranio- y no llevaba branquias. Yo pensé que se trataría de algún tipo de turismo alternativo o turismo activo, como se llame, y montado sobre una tortuga algo avejentada intenté acercarme hasta ellos. El “testudo”, a pesar de no ser testarudo tampoco era imbécil, y rápidamente se dio cuenta del peligro -especialmente cuando se abrieron las compuertas de los mísiles- y emprendió la huida a velocidad crucero hacia la orilla más cercana. Así fue como me salvé del ataque de los narcotraficantes, lástima que no pudiera agradecerle a la tortuga sus servicios gratuitos de socorrismo. Pero mis problemas no terminaron aquí, ni mucho menos. Después de una larga y penosa travesía por la selva, alimentándome básicamente de palomitas, logré llegar hasta Leticia. Lo primero que hice fue buscar un hostal para poder ducharme y descansar. Me hospedé en el Hostal Tacano porque era el más barato y aunque no incluía desayuno tampoco tenía cucarachas ni demás bichejos noctámbulos. Con lo que no contaba yo es que la policía militar andara tras de mí porque alguien les había dado un chivatazo. Esa misma noche, de madrugada, entraron en la habitación unos agentes y me detuvieron acusado de tráfico de estupefacientes. Yo les informé sobre las drogas que llevaba, todas legales en Europa, y les mostré mi equipaje pero no me creyeron. Suerte tuve que el Sr. Erenhaus pudo hablar con el embajador de Colombia en Pekín, lugar donde se encontraba por razones que ignoro, y después de una breve charla y un pequeño maletín quedé en libertad bajo la prohibición de regresar al país en un periodo de treinta años. Mucho más tarde y tras la desclasificación de papeles de la CIA, supe que los agentes estadounidenses tenían un plan de introducción de aves espía en las regiones controladas por los narcotraficantes. Una vez se les había leído la Constitución, se procedía a introducirles bajo la epidermis un receptor de navegación por satélite, una antena de radio y un modulador de voz de baja frecuencia que transformaba su gorjeo en un lenguaje cifrado mediante el cual informaban a la Central de la presencia de cualquier primate bípedo que se les acercara. Y así fue como el ratón cazó al gato. ¡Maldito trogón cabrón, mata hari imperialista!
