La señora Erenhaus conocía mi costumbre de levantarme tarde y cuando comprobó que no bajaba a almorzar no se molestó en esperar a que le hiciera compañía. Mi habitación era espaciosa y desde ella podía contemplar a las gaviotas y cormoranes sobrevolar el acantilado del extremo nordeste de la isla. El vecino estaba colocando la bandera nacional en la casita donde guardaba la leña mientras su perro ovejuno lo observaba. Era media tarde y tenía algo de hambre así que bajé a la cocina a prepararme algo que saciara mi selectivo apetito. Había pan de molde integral, huevos, mantequilla, leche, queso, mermelada, zumo de manzana, embutidos y cosas envueltas en bolsas de plástico. Exceptuando el zumo, todo parecía haber caducado hacía semanas, meses e incluso años. Pensé que una tortilla a la francesa no me supondría demasiado esfuerzo y, como no encontré el aceite, utilicé la mantequilla. Los huevos aún no habían eclosionado así que tampoco les hice ascos. Cuando terminé mi delicia culinaria, tiré las migas y las cáscaras por la ventana y fregué los platos. Luego, regresé a mi escondite. Me estiré en la cama, me puse a escuchar un poco de música chicle con mi reproductor estéreo portátil de fabricación china -como las pinzas de colores para la ropa- y tecnología californiana -como las nueces- y cogí mi cuaderno para leer la receta de la tarta de manzana que había copiado del libro de Simone. Anoté algo y dibujé otro tanto. Entonces mi barriga empezó a hincharse y a parecer le ballon rouge. La tortilla huevona se comportaba como una frívola y una sádica y en centésimas de nanosegundo alcancé el toilette emulando a la hormiga atómica. Una vez dentro y habiendo sellado previamente la puerta, me topé de cara con mi triste figura. Mis costillas flotantes habían desaparecido y apenas podía observarse mi pene. El pobre estaba asustado y se había escondido como una criatura marina en su escondite. Las chimeneas submarinas entraron súbitamente en erupción y una nube sulfurosa invadió el cofre. Me sentía miserable y desdichado. En un arrebato, empecé a alborotar mi pelo y cuando éste adquirió el aspecto de mis antepasados mandingas, golpeé el cráneo con mis ritmos afroamericanos favoritos. Me encontraba cantando canciones de soul en versión reggae y canciones de reggae en versión soul y bailando como un Piccaninny cuando escuché el coche del Doctor Erenhaus. No me preocupé demasiado y seguí disfrutando de mi guateque improvisado. La diosa de la noche coronaba la cúpula celeste, majestuosa y altanera, pero yo la ignoraba con una sonrisa maliciosa. Un golpe seco en el cristal del cuarto de baño me devolvió a la realidad e interrumpió mi interpretación de “Stop that train” de Keith & Tex. No tuve más remedio que sentarme en la taza del váter y esperar a que el misterio se resolviera por si solo. Aquello seguía allí fuera y su presencia iba acelerando mi pulso poco a poco. Notaba frío pero no me atrevía a moverme. Quizás fuera Sososó que estaba gastándome una de sus bromas. Harto de tanto jaleo, me limpié el cuculito, me puse polvos de talco y agua de lavanda, y me dirigí hacia la ventana ensanchando la dimensión temporal del espacio todo lo que pude. Una sombra juguetona intentaba amedrentarme. Cogí el pestillo como si se tratara del tambor de un revólver. Rápidamente lo abrí, coloqué una bala en él y después de cerrarlo disparé el gatillo sobre mi sien. Menudo sinvergüenza. Con sonrisa burlona y apenas teniéndose de pie, un joven autillo iba danzando sobre el marco de la ventana mientras tarareaba “Shop around” de los Miracles, interrumpida por un molesto hipo. El muy canalla iba borracho perdido y solo su chaqueta adornada con una chapa en la que aparecía un ala y el lema “Keeping the faith” conseguía mantener su dignidad casi intacta. Sososó también había regresado de su jornada laboral y esperaba detrás de la puerta. Ante su creciente nerviosismo y su sorna educada en los más distinguidos colegios, no tuve más remedio que coger al pajarraco por el pescuezo y animarlo a practicar la caída libre sin paracaídas. Suerte que la madre naturaleza les ha bendecido a algunos con un par de alas.
