2 abril 2011

Cuando cierro los ojos, me encuentro paseando por la carretera sin asfaltar que surca la colina del norte de la ciudad. Oscurece y la brisa enfría mis temores. La misma figura de siempre sigue entre las tumbas del cementerio improvisado sobre las ruinas de la antigua fortaleza. Impasible ante mi presencia, el individuo desaparece detrás de los muros y sube la torre para divisar el océano de diminutos tejados. No recuerdo la primera vez que lo descubrí. Sin embargo, su voz resuena una y otra vez en la oscuridad de la noche. Dulce y compasivo, me exhorta a contemplar los designios de sus siervos. Un comerciante de la medina insulta a un mozo andrajoso que vende barquitos de cedro. Su ira se vuelve incandescente y de un estruendo se desploma el muchacho. Un charco de sangre baña a los navíos diminutos. En lo alto de la torre anida una pareja de grajos. Al ver a la figura de expresión deforme, emprenden el vuelo dejando tras ellos una nube de parásitos. El titiritero de almas devora con apetito esos ácaro, pulgas y garrapatas. Nunca le he visto alimentarse, comer. Se zampa esas nubes proteicas como las ballenas devoran pequeños crustáceos. Estira del hilo y un hombretón sujeta a un viejo en una de las callejas del barrio judío y le asesta una bala en el costado. El resto de almas se disipan, mientras un burro enloquece y tira su cargamento de basura al pavimento recién mojado. Regreso al hostal y cierro la ventana de mi habitación. Intento dormir pero entre la claridad que entra por el cristal, veo moverse una sombra esbelta y delgada. Los brazos como arpones me desgarran la piel del cuello y una hendidura atraviesa mi pecho. Sabe que estoy solo. Cada noche la herida es más profunda pero menos dolorosa afortunadamente. Cuando me atraviese por completo, dormiré con los señores de la colina. Él también es uno de ellos pero su pasado le impulsa a someter a los miserables y a los más débiles. No soporta el hedor de lo imperfecto ni el fracaso. Yo tampoco, por eso me atrae cada atardecer hacia su demostración de poder. Solo entonces me siento libre de la carga que soporta mi cabeza, el maldito tumor deja de enloquecer mi mente. Los de la casa de locos ya no me buscan, no soy peligroso, y encima me dan por muerto. Pero no estoy muerto. Mientras escriba mi diario seguiré entre los mortales y, a pesar de que no recuerde nada de mi pasado, soy libre de crear mi presente, inventar una nueva realidad a cada instante. No busco ser honesto porque nunca sabré si los sucesos que viajan junto a mí son meros sueños o fantasías. Puede que yo también haya matado a un hombre pero el impulso surgió de aquel que reina en lo alto de la ciudad. Nunca confiesa sus crímenes pero una noche encontré una nota en la mesilla de noche en la que estaba escrito con letra violeta: “un majuelo clavó las espinas en la armadura de tu amada y yo fui quien regó sus raíces: entrégate a mí”. El recuerdo de esas palabras hacen que los dedos de Catalina acaricien mi pecho y suban hasta mis labios, cálidos como los suyos. Un joven con uniforme de húsar, ojos claros y bigote arreglado, conversa con una chica en el paseo de los enamorados, ante la mirada de los nomeolvides. Ella lo acompaña disimulando su deseo. Las mujeres la observan con celo, él se ríe. Un niño se aproxima a la pareja y deja caer una carta a los pies del muchacho. La mañana siguiente, à l’heure bleue, en el paseo de los tilos, veinte metros le separarán de mi pistola.

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