Regresé del fin de semana en la casa de descanso de los Erenhaus con la sensación que la muchacha me estaba siguiendo. No quería volverme paranoico pero de algún modo notaba su oscura presencia. Una vez recobré la seguridad de mi hogar, me quité el abrigo que estaba empapado de lluvia y lo colgué en el perchero. La abeja yacía junto a la mariposa peluda en su aposento sobre la máquina de coser de pedal. En la calle se oía a una niña cantar una canción pegadiza que decía algo así como “tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte, tenía tanto amor, guardado para tiiiii”. Algo iba mal, lo presentía. El embotamiento cráneo-encefálico mutó en una parálisis transitoria de los músculos estomacales y ello supuso la excusa perfecta para que el intestino se volviera aún más perezoso. El maldito croissant chocó con el azucarillo y éste clavó sus aristas en sus tiernas paredes. De repente el croissant empezó a crecer y a crecer dentro de mi tripa. Me estiré en el suelo y me puse a hacer abdominales, uno, dos, tres, cuatro, cinco, nueve, catorce, veintidós, ya está. Entonces decidí que me acostaría hasta que se despertara mi intestino. Pero cuando encendí la luz de mi dormitorio pude comprobar que había un cuerpo bajo las sábanas. Andando a gatas despacito sin hacer ruido me fui aproximando hacia él. El azucarillo se deslizó por entre los pantalones y al caer se partió en un estruendo amplificado por el silencioso abandono de aquel cuerpo. Por un momento pensé que sería aquella niña estúpida pero al destapar al intruso descubrí a la jeune fille que dormía plácidamente guardando mi pijama en su regazo. Su desnudez me excitó bastante y temiendo que despertara y descubriera mi debilidad me alejé tan rápido como mis rodillas me lo permitieron. Pero sus pestañas me seguían con sigilo; y detrás, aquellos labios; y luego venían sus nalgas; y tras ellos, esos ojos que parecían galaxias lejanas. Una vez cerrada la puerta del salón me sentí más tranquilo y sosegado. En el sofá descansaba mi edición de “Las traquinias” y ella había subrayado el comienzo cuando Deyanira dice aquello de “hasta que uno se haya muerto, nadie sabe si su vida ha resultado buena o ha resultado mala”. No eches en falta tu bonsái, estaba muy amarillo y como me daba pena lo he reciclado. Cómo. De su puño y letra, tal cual, un postick sobre la lámpara. El giradiscos a 45 rpm y la aguja sobre el vinilo con la canción “You Ain’t Woman Enough (To Take My Man)” de Loretta Lynn dando vueltas y vueltas. Ella había profanado mi santuario, dormía en mi cama, había desordenado mis discos y mis libros, mi bonsái había desaparecido… Pensé en llamar un taxi y pedirle al taxista que se la llevara tan lejos como le fuera posible. Pero era tan bella y su piel tan delicada y quizás estuviera soñando conmigo… Mejor me calmaba un poco y me fumaba un cigarrillo. Pero quizás le molestara el humo del tabaco. Así que abrí la ventana que daba al patio de la casera y mientras el polvo de las estrellas excitaba mis electrones, encendí un mentolado. Todo parecía tan sencillo bajo aquella nada coqueta y juguetona. La gatita blanca descansaba sobre un calcetín azul con rayos amarillos. Pero bueno, ese calcetín es mío, será bribona la tía. Miau. Sí, miau. Serás frívola y verbenera. Como Dalila sin su Sansón, acudía a reírse del bobo del chucho de la casera, dormido en el patio junto a la palmera y con la cabeza aplastada por un tiesto. La sangre coagulada formando junto con los sesos una masa vomitiva a la cual acudirían las moscas una vez tuvieran las alas calentitas. Otra vez me volvía a encontrar mal, aquello no podía terminar felizmente, lo presentía.
