En este pueblo la gente es boba, muy boba. El cura les roba los ahorros a las viejas y el alcalde les sube los impuestos de la basura a todos y luego se construye un chalet con piscina y se va de vacaciones al Caribe. Y encima se creen que el chupacabras les va a degollar a sus animales y que el sacaúntos se lleva por la noche a las personas mientras duermen. Y no es vedad. Los chupacabras no existen, yo solo he visto a los chotacabras que salen de entre los arbustos y vuelan ¡zas! como un avión reactor biplano pero bajo y se vuelven a esconder. Y sacaúntos no hay ninguno. Las viejas solas y las solteronas que han desaparecido no las ha secuestrado nadie, las he matado yo. Eso sí, con ternura y mucho tacto. Desde que nos mudamos a este lugar, el cementerio se ha convertido en el mayor de la comarca y han tenido que recalificar algunos terrenos, que constaban como no urbanizables, para construir más nichos y tumbas. El alcalde está muy enfadado y ha prohibido que los que no hayan nacido en el pueblo o lleven viviendo menos tiempo sean enterrados aquí. Por eso los chinos se están llevando a sus difuntos a su país junto con maletines cargados de billetes de los gordos y los moros han construido otro cementerio en una zona en la que había viñedos. Yo no lo he visitado aún pero el principal lo conozco muy bien, demasiado incluso. Por las noches tengo que vigilar que no se escapen los muertos y se chiven a la Guardia Civil. No me fío de ellos ni un pelo, vaya. Y mira que los mosquitos y las polillas y los escarabajos y las chinches y las luciérnagas y todos los malditos bichos diminutos no paran de fastidiarme. Cuando me ven salir por la azotea con mi farolillo, enseguida vienen a revolotear a mi alrededor y a picarme. Por su culpa, se me ha irritado el escroto de los nervios. ¡No me dejan trabajar tranquilo! Las lechuzas, en cambio, son más atentas y aprovechan para colarse en mi cuarto, pero nunca pueden atrapar a Grotto -mi cobaya- porque Camilo –mi gato- las persigue. A veces, el muy yonqui va hasta el culo de mescalina y no se entera de nada pero consigue que las lechuzas se asusten y los dejen tranquilos. Mi abuelo cuando era joven era una especie de trotamundos libertino y bebedor y en uno de sus viajes por el Nuevo Mundo consiguió muchas drogas y cartuchos de dinamita. Y los guardó en el desván antiguo y allí siguen porque nadie los ha descubierto aún. Bueno, Camilo y yo sí. También había un detonador pero lo regalamos a unos gitanos que vendían colchones en verano a cambio de tabaco. Durante todo este tiempo, he conseguido de mis víctimas mucho dinero, joyas y vestidos años 30 muy hermosos. Algún libro también. Mi familia es pobre, mi padre no tiene trabajo y se enoja con nosotros por naderías sin importancia. En el campo ya nadie trabaja porque las cosechas las pagan muy poco y los señores prefieren que las alimañas se lleven las hortalizas y las frutas en vez de recolectarlas. Además, en las ciudades la gente no las compra tampoco porque prefieren ahorrar y compran pastillas con vitaminas que son más baratas. También adquieren productos milagrosos que unos señores con traje y maletín llevan a las farmacias y a los centros de medicina oficiales y se supone que contienen esencias vegetales o algo así. Vaya, que ahora ya nadie come zanahorias, calabacines, pepinos ni naranjas. Por eso Grotto está cada vez más gordo y feliz, es un tipo listo. Pero bueno, lo que quería contarles es lo de los desaparecidos. En realidad, siguen en el pueblo, pasan de un sitio a otro, rollo teletransportación y yo me encargo de hacer de cicerone. Mi madre hace muchos años que no se compra ningún vestido y mucho menos un traje-chaqueta. Tampoco zapatos de charol ni botines ni pendientes y cosas así de mujeres. Entonces, un día yo pensé que si las señoras del pueblo que tenían todas esas cosas dormían un tiempo prudencial, yo podría reutilizar sus pertenencias y guardarlas para mi mamá. Y como con las damas y mujeres patricias del municipio me suelo llevar bien, aprovecho para que me inviten a merendar y luego las emponzoño con dulzura. Ellas llevan una vida aburrida; sí, coquetean con este y con aquel otro pero como nunca van a los bares es imposible que seduzcan a ningún hombre, porque los solteros están todos allí dándole al póquer y a la bebida. Ellas en cambio solo saben jugar a la brisca y beber anís o vino dulce. ¡Así no hay manera! Total, hay que reaprovechar la riqueza, pues estamos en tiempos difíciles y aún no se han inventado las redes sociales o engañabobos de la era moderna. Entonces es cuando me transformo en la mosca humana asesina poseída por el influjo de la hiedra venenosa y la luz iridiscente que quema. ¡Tachán! ¡Y no queda ni una! No puedo evitarlo, ya he intentado dejarlo pero cuando veo a mi querida mamá ir a hacer la compra con la ropa vieja y el pelo sin arreglar, me entra un no sé qué, me zumban los nervios y los pelos se me ponen como escarpias… Y vuelvo a hacerlo. Nadie sospecha nada, eso es lo curioso. Son mujeres chejovianas que a nadie importan, digo yo. El caso es que a mí ya me está bien, comprendan. Lo único que no me gusta es pasar la noche en el cementerio junto con los murciélagos y algunos jóvenes fogosos. Los primeros parecen pájaros torpes y a veces se quedan sujetos a mi ropa y no hay modo de deshacerse de ellos. Y son muy feos y de sus dientes se desprende un líquido sanguíneo, yo creo que les gustan las zarzamoras o la bebida de zarzaparrilla… Los chavales vienen a veces en parejas y gruñen como cerdos. Mi abuelo dice que las mozas a veces están poseídas y se le enganchan a uno como los murciélagos. Yo a mis compañeras de clase les tengo un poco de miedo porque algo raritas sí son. El caso es que no me aburro ni tengo tiempo para estudiar porque soy una persona atareada. ¡Viva la autosuficiencia y la autarquía en provincias!
