Esta noche me ha despertado la tormenta mientras la visión de aquella muchacha invadía mi mente. Aturdido y desconcertado no he vuelto a conciliar el sueño hasta que la señora Erenhaus me ha llamado para desayunar. La jeune fille me reclamaba y cuando acudía a su encuentro la encontraba con un vestido de primera comunión que se deslizaba por su cuerpo angélico, ligeramente andrógino, dejando entrever su piel lívida adornada por fantasmagóricos tatuajes. La erección era inmediata y violenta. Había penetrado en mi deseo como Juana en Jargeau y se reía. Mientras me masturbaba con mano segura y severa, ella ponía los pies en el cuenco que mi casera llenaba con leche todas las mañanas, obligada por el rugir de su gata blanca. Cuando mi sexo caía flácido después de regar las hortensias, me ordenaba que le limpiara los pies. Yo me arrodillaba y miraba sus ojos llenos de ternura y bondad. Vamos, boquerón. De repente, su mirada se volvía inmisericorde y cruel. Cogía con delicadeza su pie izquierdo, la leche rezumaba nívea, y el contacto de mis yemas con aquella piel suave me excitaba de nuevo. Entonces ella se liberaba de mis garras y posaba el pie sobre mi cuello, presionando con fuerza, y yo me dejaba someter. Tallo de luz, bebe, ordenaba. Hundida mi cabeza casi al completo temía ahogarme. Mi verga volvía a eyacular y un hilillo de esperma caía sobre el césped. Con su mano impura también se masturbaba ella y podía oírla jadear. Aquella pantera de las nieves iba a matarme allí mismo y en absoluto parecía importarle. Sus gritos de placer me estremecían y sentía un fuerte dolor en los testículos. A su vez notaba que la leche iba volviéndose agria poco a poco y, cuando su sabor resultaba insoportable, ella me liberaba finalmente bajo una lluvia de orina que caía por entre sus largas piernas dóricas.
