Los informadores que llegaban a la ciudad desde las lejanas regiones del imperio anunciaban el avance de los bárbaros y sangrientas batallas en las que densas nubes de polvo ocultaban el horror. El califa decidió reunir al consejo de sabios y a sus ministros y se acordó el envío inmediato de tropas a Oriente. Después de consultar a mi madre, vendí todas mis pertenencias y me alisté voluntario. El contingente de soldados tardó varios meses en llegar a la antigua Persia. Cada plenilunio nos deteníamos y aprovechábamos para hacer prácticas militares y descansar un poco. En una de esas estancias, recibimos la visita de un mendigo que los habitantes del lugar consideraban sabio. Era ciego y hablaba una mezcla de árabe y turco. Nos obsequió con algo de pólvora, cigarrillos y especies y nos aconsejó que no viajáramos a Bagdad si no queríamos ofrecer nuestras carnes a los buitres y chacales. Como alternativa, podríamos recobrar nuestro honor luchando contra los francos. Según una información que le había proporcionado una prostituta marsellesa, las tropas de Carlomagno pretendían aprovechar la tensión en Oriente para avanzar hacia el Sur y devolver a los cristianos los territorios perdidos. A pesar de su aviso, no hicimos caso a ese loco y reanudamos nuestro viaje. A los pocos días, varios soldados fueron emponzoñados y se les arrancó el corazón y el hígado. La desazón y el miedo invadió al resto e hizo que yo quedara al mando de la tropa formada por un único soldado, yo mismo. Viví varios años en Bagdad y allí conocí muchos gozos y me entregué a placeres desconocidos para un joven recién licenciado. Disfrutaba de los favores del califa y de su séquito, a los cuales vendía informes sobre las distintas tribus de la región a cambio de eximirme de luchar en el frente noreste, y también de su protección. En un viaje rutinario que realicé a Lahore, conocí a un poeta místico que vivía a orillas de un río y fue él quien me habló por primera vez de la jataka. Años más tarde supe que pertenecía a una secta prohibida que abrazaba las creencias de los países del Indostán. Después de hacerle varias preguntas de carácter filosófico, se puso furioso y me obligó a que lo acompañara hasta la ribera poblada de sauces. Una vez allí rompió una ramita y la lanzó al río. Antes de que se hundiera en sus aguas, surgió una criatura con mandíbulas alargadas y cuerpo delgado. Mi compañero le instó a que se presentara y aquel monstruo se dispuso a hablarnos con cierto desasosiego. Nos contó como siglos atrás había sido gobernador de una región de Cachemira y temeroso de las revueltas prohibió cualquier culto. A los disidentes los mandaba descuartizar y colocaba sus restos en los antiguos templos para escarnio de sus familias. Hasta que un día conoció a una mujer muy atractiva que resultó ser la Reina Madre del Gran Palacio de la Estrella Polar y ésta lo sedujo llevándolo hasta la gran puerta amarilla del palacio y lo convirtió en algo peor que una alimaña. Para consolarlo, le obsequiamos con un cóctel de gambas y representamos la danza de la mangosta hechicera. Con la llegada de la primavera, mi amigo el borrachuzo me animó a conocer la bonita ciudad de Peshawar y pensamos que el monstruo del río podría acompañarnos. Lo vestimos con un albornoz, gafas de sol y alpargatas y nos pusimos en marcha los tres. Allí nos queríamos reunir con la bodhisattva de los Mares del Sur, al parecer una sirena que había conocido una vez al gran Tathagata mientras este disfrutaba de unas vacaciones en tierras tropicales e impresionada por su sabiduría y su sensual samadhi decidió seguir el camino hacia la iluminación. En una cueva cercana a la ciudad vivía la gran bodhisattva misericordiosa y nosotros nos proponíamos pedirle que devolviera a nuestra bestia a su antigua apariencia. Después de esperar más de lo deseado y viendo como el crepúsculo abrazaba las colinas y el valle, pensamos en regresar a la ciudad y esperar a la mañana siguiente. Pero mientras nos estábamos refrescando en una de las fuentes, un grupo de macacos nos asaltó y después de hostiarnos como unos bárbaros nos llevaron a rastras hasta su dueña. Vestida con una túnica de damasco rojo y cubierto su rostro con una voilette negra, se dispuso a recibirnos. Ante una belleza tan inesperada, nuestro semblante sufrió una transformación milagrosa y nos pusimos en pie de inmediato. Nos pidió que le acompañásemos hasta el salón de primavera y sus criados nos sirvieron comida y bebida en abundancia. Le presentamos nuestras disculpas por semejante aspecto y procedimos a plantearle nuestro problema. Mientras exponíamos nuestra demanda, ella nos escuchaba recostada en una chaise longue de jade cubierta de pieles de pantera de las nieves. Nuestro amigo el gobernador, por su lado, devoraba con deleite el primoroso ágape y nosotros poco a poco íbamos notando como nuestra sangre hervía viendo como la bodhisattva se desprendía de su túnica primero y después de sus enaguas, vistiendo tan solo un portaligas con estampado de elefantes, unas ligas perfumadas de loto y unas medias de seda de sirena estampadas con versos del sutra del corazón. Ella finalmente accedió a nuestras súplicas y acordamos que el gobernador regresara a las aguas de su morada hasta que yo hubiera aprendido el vinaya, los sastras y los sutras de la mano de los monges del Templo de la Cascada Púrpura. Lo que acordaron la señorita y el místico sólo lo saben ellos mismos y quizás nos lo expliquen en un próximo capítulo.
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