5 junio 2010

Llevo toda la mañana encerrado en la habitación del hostal. La señora Y. dice que hasta que no pague mi deuda no tiene intención de lavarme la ropa ni de cambiarme la toalla ni las sábanas. Esto es mi perdición. Anoche tuve que escapar del restaurante sin pagar y me hice daño en la rodilla al caer desde la ventana de la toilette y seguro que se me infecta la herida. Encima, ahora ya no podré ir a visitar a las chicas del Narciso Negro y si no aprendo a fornicar bien, cuando regrese, Catalina no querrá hacer el amor conmigo por inexperto y encima arruinado. Esto es mi perdición. Además me temo que presiente algo porque le envié una carta hace casi un mes y aún no ha contestado. Y la última que recibí suya era de las cortas. Eres un mequetrefe y no paras de echarme las culpas de lo que tú hiciste a tu libre albedrío. Yo te expliqué que deseaba ver muerto a mi padre pero en ningún caso te ordené que le pegaras un tiro a sangre fría. Me repugna tu dialéctica sofista y estoy cansada de tus celos. Si piensas que te voy a contar los detalles de mi relación con el chico nuevo lo llevas crudo. No soy tu amante y nunca lo seré. Eres un mocoso y no estás a mi altura. Yo deseo un hombre que me adore como Severiano y que sea valiente como Ricardo Pollón de León. Tu como mucho te pareces a la hiena amiga de Leoncio el león. Y como no regreses pronto, daré detalles de tu escondrijo a tus padres y a los profesores. No veas la que has liado. Bueno, ya estoy cansada de escribir. Si vuelvo a recibir otra carta tuya llena de reproches y quejas, no esperes contestación. Además, estaré unos días fuera en casa de unos familiares de Dimitri –es que es ruso- así que no podré leerte durante un tiempo. Por cierto, si encuentras en el zoco alguna alhaja digna de mí, recuerda que gustosamente la aceptaré. Hasta pronto, pimpollo. Y sí, me ha puesto los cuernos. Está claro. Ese ruso debe tener un yate y acciones en la compañía estatal del gas, así que como no dé un pelotazo por aquí, no voy a poder hacerle sombra. Tenía razón mi abuelo, los comunistas terminarán arrebatándonos a nuestras mujeres como si fueran sabinas y no creo que ellas tomen ejemplo de las suplicantes… Esto es nuestra perdición… Creo que voy a leer un poco “Dafnis y Cloe” para tranquilizarme. Dafnis también se acuesta con una puta porque debe aprender los tejemanejes del asunto y Cloe no lo manda a paseo ni se va con otro. Yo pienso que la ciudad ha convertido al varón en una especie de simio bobo y hay que volver al campo como aconsejaba Thoreau y como hacen los de las agencias de publicidad y los agentes de bolsa, para criar ovejas y toros, cultivar nuestras verduras –todas menos la coliflor, claro- y nuestras frutas. Hay que ser bioorgánicos y regresar a los árboles, sobretodo teniendo en cuenta lo caro que está el alquiler… Pero ya prepararé un ensayo sobre el tema cuando se calme todo. Ahora no es el momento de pensar en el futuro y menos con el estómago vacío. Será mejor que vaya a por algo de kafta para llevar. El señor M. prepara uno muy rico y si le enseño mi cosita no me cobra nada. El libro ya lo retomaré por la noche. Y si aparece alguna perra del infierno, pienso recitar el conjuro que me enseñó Idrissia y su sangre no me manchará. Ah, es verdad, aún no les he presentado a mi amiga santa. En realidad, no debería contar nada porque es un poco un secreto y si lo cuento ya no lo será. Pero lo malo es que no sé guardar secretos, quedan avisados… Idrissia no tiene papá ni mamá y vive sola en un sitio cuyo nombre no puedo revelar porque es un secreto. Ya lo he dicho antes. Está cerca de unos jardines andalusíes en los que crecen algunas higueras. Y un día entresemana me acerqué para coger algunos higos porque estaba un poco mareado y tenía hambre y no quería que me vieran demasiadas personas. Y al regresar me perdí y di muchas vueltas y más vueltas aún por las estrechas calles, sin saber muy bien hacia donde dirigirme. Y había muchos callejones sin salida y era un rollo porque andabas y andabas y no conseguías moverte del mismo lugar… como si estuvieras en un agujero negro, vaya. Y encontré unos niños que estaban jugando con unas raquetas. Y les pregunté en qué dirección se encontraba la mezquita y la única niña me explicó que no lo sabía pero que no debía seguir adelante. Se reían todos y tuve un poco de miedo. Hablaban en árabe y no lograba comprenderles bien. Después ella me explicó en francés que enfrente vivía una chica que estaba loca y que encima era una prostituta. Le di las gracias y escapé corriendo. Pero al atardecer, cuando los comerciantes cerraban sus establecimientos y los adultos iban a los salones de té, aproveché para acercarme a la casa de la loca. Me puse el albornoz y una cinta de embalaje con agujeros sobre los ojos. No sé por qué pero tenía la sensación de que así parecería un loco también. Entonces no era consciente del peligro que corría de ser encerrado en el hospital de locos. Al llegar, entré por un pasillo que daba a un patio interior con buganvillas y desde allí pude escuchar los gemidos de Idrissia, que son distintos a los de las chicas del Narciso negro. Ellas fingen y sobreactúan como los actores americanos. Pero Idrissia ríe y hace como si se ahogara en champagne francés. Me gusta escucharla pero no mirarla cuando está con los chicos. Ellos la sirven y tanto la desnudan como la ayudan a vestirse. Uno de ellos es el encargado de maquillarla y un día hasta vi como le maquillaba las areolas y los pezones, que son como aquellas setas pequeñas que se encuentran sobre las ramas de los robles. Sus senos se parecen a los de las negras de los documentales pero ella tiene la piel muy clara, casi transparente. Por eso se pueden apreciar los pelos de las piernas y de los brazos, aunque son muy finos, no como los de los hombres mayores. Y tiene algo de pelo también en el labio superior, aunque no por ello dejaría de besarla. Dice que algún día yo también seré su siervo pero antes debo convertirme en un comedor de serpientes o Jessavi. Los buenos musulmanes que viven a esa orilla del río la consideran Santa y para ellos es objeto de devoción, a pesar de que tiene una mirada que quema, y le traen flores y dulces. Yo no la conozco demasiado pero ella sí está enterada de que las perras del infierno quieren ajusticiarme y las detesta porque no persiguen a los que inflingieron dolor en su cuerpo. Como el delito no fue de sangre, no hay ninguna condena sobre ellos. No es justo.

13 marzo 2010

Los informadores que llegaban a la ciudad desde las lejanas regiones del imperio anunciaban el avance de los bárbaros y sangrientas batallas en las que densas nubes de polvo ocultaban el horror. El califa decidió reunir al consejo de sabios y a sus ministros y se acordó el envío inmediato de tropas a Oriente. Después de consultar a mi madre, vendí todas mis pertenencias y me alisté voluntario. El contingente de soldados tardó varios meses en llegar a la antigua Persia. Cada plenilunio nos deteníamos y aprovechábamos para hacer prácticas militares y descansar un poco. En una de esas estancias, recibimos la visita de un mendigo que los habitantes del lugar consideraban sabio. Era ciego y hablaba una mezcla de árabe y turco. Nos obsequió con algo de pólvora, cigarrillos y especies y nos aconsejó que no viajáramos a Bagdad si no queríamos ofrecer nuestras carnes a los buitres y chacales. Como alternativa, podríamos recobrar nuestro honor luchando contra los francos. Según una información que le había proporcionado una prostituta marsellesa, las tropas de Carlomagno pretendían aprovechar la tensión en Oriente para avanzar hacia el Sur y devolver a los cristianos los territorios perdidos. A pesar de su aviso, no hicimos caso a ese loco y reanudamos nuestro viaje. A los pocos días, varios soldados fueron emponzoñados y se les arrancó el corazón y el hígado. La desazón y el miedo invadió al resto e hizo que yo quedara al mando de la tropa formada por un único soldado, yo mismo. Viví varios años en Bagdad y allí conocí muchos gozos y me entregué a placeres desconocidos para un joven recién licenciado. Disfrutaba de los favores del califa y de su séquito, a los cuales vendía informes sobre las distintas tribus de la región a cambio de eximirme de luchar en el frente noreste, y también de su protección. En un viaje rutinario que realicé a Lahore, conocí a un poeta místico que vivía a orillas de un río y fue él quien me habló por primera vez de la jataka. Años más tarde supe que pertenecía a una secta prohibida que abrazaba las creencias de los países del Indostán. Después de hacerle varias preguntas de carácter filosófico, se puso furioso y me obligó a que lo acompañara hasta la ribera poblada de sauces. Una vez allí rompió una ramita y la lanzó al río. Antes de que se hundiera en sus aguas, surgió una criatura con mandíbulas alargadas y cuerpo delgado. Mi compañero le instó a que se presentara y aquel monstruo se dispuso a hablarnos con cierto desasosiego. Nos contó como siglos atrás había sido gobernador de una región de Cachemira y temeroso de las revueltas prohibió cualquier culto. A los disidentes los mandaba descuartizar y colocaba sus restos en los antiguos templos para escarnio de sus familias. Hasta que un día conoció a una mujer muy atractiva que resultó ser la Reina Madre del Gran Palacio de la Estrella Polar y ésta lo sedujo llevándolo hasta la gran puerta amarilla del palacio y lo convirtió en algo peor que una alimaña. Para consolarlo, le obsequiamos con un cóctel de gambas y representamos la danza de la mangosta hechicera. Con la llegada de la primavera, mi amigo el borrachuzo me animó a conocer la bonita ciudad de Peshawar y pensamos que el monstruo del río podría acompañarnos. Lo vestimos con un albornoz, gafas de sol y alpargatas y nos pusimos en marcha los tres. Allí nos queríamos reunir con la bodhisattva de los Mares del Sur, al parecer una sirena que había conocido una vez al gran Tathagata mientras este disfrutaba de unas vacaciones en tierras tropicales e impresionada por su sabiduría y su sensual samadhi decidió seguir el camino hacia la iluminación. En una cueva cercana a la ciudad vivía la gran bodhisattva misericordiosa y nosotros nos proponíamos pedirle que devolviera a nuestra bestia a su antigua apariencia. Después de esperar más de lo deseado y viendo como el crepúsculo abrazaba las colinas y el valle, pensamos en regresar a la ciudad y esperar a la mañana siguiente. Pero mientras nos estábamos refrescando en una de las fuentes, un grupo de macacos nos asaltó y después de hostiarnos como unos bárbaros nos llevaron a rastras hasta su dueña. Vestida con una túnica de damasco rojo y cubierto su rostro con una voilette negra, se dispuso a recibirnos. Ante una belleza tan inesperada, nuestro semblante sufrió una transformación milagrosa y nos pusimos en pie de inmediato. Nos pidió que le acompañásemos hasta el salón de primavera y sus criados nos sirvieron comida y bebida en abundancia. Le presentamos nuestras disculpas por semejante aspecto y procedimos a plantearle nuestro problema. Mientras exponíamos nuestra demanda, ella nos escuchaba recostada en una chaise longue de jade cubierta de pieles de pantera de las nieves. Nuestro amigo el gobernador, por su lado, devoraba con deleite el primoroso ágape y nosotros poco a poco íbamos notando como nuestra sangre hervía viendo como la bodhisattva se desprendía de su túnica primero y después de sus enaguas, vistiendo tan solo un portaligas con estampado de elefantes, unas ligas perfumadas de loto y unas medias de seda de sirena estampadas con versos del sutra del corazón. Ella finalmente accedió a nuestras súplicas y acordamos que el gobernador regresara a las aguas de su morada hasta que yo hubiera aprendido el vinaya, los sastras y los sutras de la mano de los monges del Templo de la Cascada Púrpura. Lo que acordaron la señorita y el místico sólo lo saben ellos mismos y quizás nos lo expliquen en un próximo capítulo.

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