Los días que siguieron a la noticia de mi enfermedad fluyeron con una extraña tranquilidad. Decidí no comunicárselo a nadie, ni a mis amigos, ni a mis compañeros de trabajo y mucho menos a mi familia. Cogí unos días de descanso con la excusa que me encontraba agotado y pedí que no me llamaran hasta que volviera. Tan solo me telefoneó el Doctor poco tiempo después para preguntarme si me apetecía pasar un fin de semana en su residencia de verano. Esa casa se encontraba a unos pocos kilómetros de la ciudad, en una de las pequeñas islas de la desembocadura del río. En ella solía acoger a algunos pacientes, los cuales tenían absoluta libertad hasta para usar la sauna. La esposa del Doctor se encargaba de todo mientras él pasaba horas en el estudio o navegando con su pequeña barca. Conocía bien ese sitio y sentía cariño por la señora Erenhaus, una mujer apacible que transmitía una serenidad balsámica con sus gestos y su mirada. Sin embargo, prefería la compañía de mi soledad, mis libros y mis discos, y me excusé cordialmente. Encerrado entre las paredes de mi hogar, el tiempo parecía paralizarse y la atmósfera se iba haciendo cada vez más densa y asfixiante. La rutina del día a día se convirtió en un desorden vital, al cual me fui acostumbrando poco a poco. Descuidé mi aspecto y mi rostro fue adquiriendo un tono rojizo, inflamable, en parte escondido por la cada vez más espesa barba. Mi cuerpo olía a sudor, excrementos y semen, pero al final me acostumbré a él. Me levantaba a primera hora de la tarde y lo primero que hacía era poner algo de música mientras me refrescaba la cara. Luego cogía cualquier novela y leía hasta que mi estómago y mi cerebro reclamaban algún alimento. A menudo solía ignorarlos y seguía con la lectura, impertérrito, desafiando las llamadas al orden y a la cordura, hasta que el sueño volvía a invadirme. Los gritos de los vecinos me despertaban entonces y sentía a la ameba más cerca que nunca. Su presencia mostraba toda la crueldad posible en esos momentos y conseguía así que mis lágrimas se dejasen caer no sin cierto temor. Cuando las paredes iban formando ángulos cada vez más oblicuos, permitía que mi angustia huyera o bien por la ventana del patio trasero o por la puerta principal. Al anochecer me gustaba observar los movimientos de los gatos sobre los tejados y las paredes de los vecinos y el tintineo de los cuerpos celestes. Normalmente no tenía demasiado interés en su conjunto pero siempre había sorpresas inesperadas. El alegre bullicio de unas muchachas que se arreglaban para salir de fiesta, con su efervescencia y su sensualidad latentes, el bello sigilo de la felina de piel blanca en su continuo deambular en busca de alguna presa, o bien el torpe vuelo de las polillas embriagadas de tenue luz. Sin embargo, el placer que me podía suponer todo ello enseguida era aniquilado por aquel dolor que parecía no querer despegarse de mi cabeza, con lo cual me volvía a encerrar en mi cubículo. Lo cierto es que apenas llegué a cruzar el límite que separaba mi paraíso envenenado del infierno agorafóbico. Pero una mañana me dediqué a sabotear mi nueva rutina y decidí dar un paseo matutino por mi barrio, tranquilo por aquel entonces cuando aún no rompía el viento ninguna rapaz de acero, seguida de los carroñeros de rigor. Temía cruzarme con algún vecino y esperé unos segundos antes de abrir la puerta para asegurarme que no hubiera nadie. Después cerré con llave y apenas había bajado unos escalones contemplé con asombro a una muchacha que descansaba sentada con la espalda apoyada en la barandilla de hierro forjado. Su presencia me produjo cierto espanto a pesar de que parecía rogar a gritos que alguien la abrazara calurosamente. Le pregunté si se encontraba bien y respondió que sí, pero no llegó a mirarme a los ojos. Llevaba un bonito jersey de mohair color crema y una falda corta que caía liviana sobre sus rodillas, protegidas estas con recelo por unas manos inseguras. Su cuerpo era el de una gacela, delgado pero vigoroso a su vez, con unas piernas que parecían esconderse por entre las sombras. La piel clara, de aspecto casi enfermizo, le daba además un aire etéreo, irreal, enfatizado por su pelo azabache de corte geométrico como si se tratara del casco de Atenea. Insistí y quise saber si esperaba a alguien. Sí, me dijo con unos oscuros ojos acuosos y llenos de misterio, te esperaba a ti. Pude seguir el movimiento de sus labios color carmesí con un temblor que amenazaba con hacerme desfallecer. Por su aspecto cansado podía haber permanecido varias horas en aquella escalera, pero preferí no saberlo. Quería escapar de aquella situación, el dolor llegaba a enturbiar mi vista y ésta proyectaba en mi mente la imagen de la muchacha desnuda con la piel manchada de esperma y llena de rasguños, mientras yo la levantaba por el busto como en aquel cuadro de Henry Lévy llamado “La jeune fille et la mort”. En realidad, su jersey sí tenía algunas roturas y algún que otro rasguño rompía la armonía de su rostro. ¿Quién era ella? ¿Por qué deseaba verme? Preguntas y más preguntas acudían a mí sin respuesta alguna. Sólo había una posible salida. Le prometí que iría a buscar ayuda pero no regresé.
