El verano en Delaware no es tan caluroso como en otros lugares del país. Aquí los pumas no toman daiquiris para aliviar la sed ni los ciervos van a los grandes almacenes a comprar su helado favorito que, por si no lo saben, es el de mango. Los coyotes apenas consumen refrescos de guaraná y los mapaches solo beben su piña colada en ocasiones especiales como bodas, entierros y fiestas de graduación. Pero si ustedes son observadores y usan gafas de sol apropiadas muy probablemente podrán encontrar a algún topo disfrutando de un delicioso coco helado. Y es que estos animalitos tan misteriosos siempre han mostrado particularidades bien interesantes. Ya en el siglo XVIII el zoólogo Ludovic Von Bivant descubrió a un ejemplar que gracias a los tallos de las cañas realizaba esnórquel en el Rin, a la altura de Basilea. También en algunos tratados de quiropterología aparece la descripción que realizó un becario del Museo de Ciencias Naturales de Londres, a finales del XIX, de un topo que admiraba tanto a los rinolófidos que, después de participar en una sesión de ouija, creyó ser uno de ellos y fue encontrado a orillas del Támesis después de saltar desde lo alto del Big Ben. Y los medievalistas españoles han debatido durante años sobre la posibilidad que la Reina de Navarra siguiera las recomendaciones de un consejo de topos y mandara a los Templarios a la hoguera, acusados de herejía. Pero, de todos ellos, el más fascinante, sorprendente y requetefabuloso es sin duda el topo de nariz estrellada. Su población se calcula en unos 12.523 ejemplares, de los cuales unos 1.500,00213 habitan la costa este de los Estados Unidos de América. Y ya en el vigésimo-tercer congreso de la Asociación Panamericana de Expertos Insectívoros, celebrado en Duluth el año 2.001, prestigiosos genetistas moleculares y astrofísicos estelares acordaron que el mejor té es el de hibisco chino con agua de lluvia de las islas Fidji y que los topos de nariz estrellada evolucionaron filogenéticamente y topológicamente de un pariente lejano que habitaba los bosques de arce de Delaware hace 3 millones de años aproximadamente. Sin embargo, si visitan esta linda región algún verano -en invierno no se lo recomiendo a menos que sean aficionados al hockey sobre hielo- y preguntan a cualquier niño –a ser posible siempre y cuando no esté tomando un refresco o un helado, lo cual puede considerarse de muy mala educación- cuál es el origen de los topos con nariz estrellada, lo más probable estadísticamente y casuísticamente es que les cuente una historia muy distinta a la de los científicos de bata blanca. Imagínense que yo soy un niño y ustedes son unos turistas bielorrusos que se han visto atacados por unos ejemplares de Psorophora ciliata. Estoy leyendo un tebeo de superhéroes y en el momento en que el malvado prepara el ataque final ustedes se presentan ante mí bastante alarmados y gritando auxilio, dénos algún corticoide, nos han atacado unos demonios alados. Entonces yo les aconsejo que no se aflijan tanto, que no es la época adecuada para ello, y les pido que se sienten por favor. Ustedes obedecen –ya sé que es un caso muy hipotético y poco ajustado a la realidad- y yo les pregunto si desean que les cuente un cuento. Como no dicen nada y ponen cara de cefalópodo deshidratado, pues aprovecho para contarles la verdadera historia del origen del topo de nariz estrellada. Hace muchísimo tiempo, en algún paraje no demasiado identificado del estado de Delaware habitaba un topo que se llamaba Sr. Topo porque a nadie se le ocurrió un nombre mejor. Si ustedes son creativos y tienen alguna alternativa, siempre pueden enviar su propuesta a la gaceta local que más les agrade. El caso es que el Sr. Topo consumía sus días con la esperanza de casarse con alguna mamífera, a ser posible de alguna estirpe no demasiado alejada. Y como había heredado un pequeña gran fortuna, pensaba en comprar una casa junto a algún lago, levantarse al mediodía, pescar y tener topitos. No aspiraba a mucho más. Pero pasaba el tiempo, años, décadas, y no encontraba a su deseada pareja. Poco a poco iba abandonando las buenas costumbres y llegó a tomar el desayuno a la hora de la cena y a no asearse como es debido. Su ropa cada vez estaba más roída y las lentes más sucias, con lo cual tampoco tenía costumbre de salir de su madriguera. Un buen día, sintió la llamada de la selva o tuvo algún desajuste hormonal, y sacó su hocico por entre el montículo más alejado al noroeste. El bosque estaba dormido y sus habitantes, al parecer, también. No había nadie con quien charlar ni se podía jugar al pilla-pilla y la bolera estaba cerrada. Era un rollo y el Sr. Topo estaba deseando regresar a su escondite cuando en lo más alto del techo estelar descubrió a una maravillosa anémona galáctica que tenía unos tentáculos muy finos y de movimientos sinuosos y hechizantes. Chispitas, dijo el Sr. Topo. Qué estrella más hermosa. Quizás ella lo escuchó y por eso, al instante, sacudió los tentáculos con un ritmo exótico y empezó a desprender polvo de estrellas. Millones de partículas brillantes y diminutas aparecieron a su alrededor y ella se convirtió en una nebulosa maravillosa. Aquello parecía obra de alguna bruja o de la diosa lunar y el Sr. Topo sintió recelo y desapareció. Él jamás lo supo pero aquella noche, y la que siguió y la otra y la siguiente también, la estrella estuvo llorando y sus lágrimas eran verdes como mocos cósmicos. Ningún centro astronómico fue testigo de ello porque durante ese tiempo se jugaban las olimpiadas futbolísticas mundiales y los científicos estaban pendientes de los televisores. Semanas más tarde, el Sr. Topo empezó a sentirse mal, le dolía el estómago y sufría mareos y convulsiones muy raras. Los doctores le auscultaron, le practicaron gastroscopias y le sometieron a escaneados cerebrales, pero no pudieron detectar el origen de su enfermedad. Finalmente, una noche sufrió un ataque de ansiedad y creyó morir. Por suerte, salió de la madriguera y al encontrar a su estrella en el cielo, se sintió súbitamente mucho mejor. No le dijo nada porque era muy tímido pero en su diario personal la empezó a llamar Estrella Popotitos. Ella cada noche brillaba más y más y su rostro iluminaba la noche y ensombrecía a sus compañeras. Pero las estrellas no son celosas, todas tienen sus propios amantes y hasta les gusta chismorrear al respecto. El Sr. Topo la amaba y en sueños susurraba su nombre y le decía cosas dulces, como ustedes los adultos cuando hacen el amor y gritan “te amo cuchirrín”, pero con más elegancia y lirismo. Sin embargo, pasaban las semanas y no lograba declararse. Así, una noche de agosto apareció un huracán con boca de dragón y ojos temibles y lleno de furia hizo caer a todas las estrellas, una a una. La noche se hizo negra negrísima y no se veía nada de nada. El Sr. Topo tuvo mucho miedo y se refugió en su madriguera. Temía qué le podía haber pasado a su Estrella Popotitos y su corazón se rompió en bloques de hielo que nadaban desamparados a los largo de su estancia, como náufragos sin rumbo. Poco después, se desmayó. No sabemos cuánto tiempo estuvo inconsciente pero al despertarse se precipitó al exterior y la luz del sol lo cegó por un instante. Todos los animales hablaban al unísono y ello le provocaba más angustia. Cuando retomó la calma, se puso a buscar a su amada por los alrededores. Y así fue como detrás de un mirto, pálida y sin luz, encontró a su deseada estrella. Allí, desnuda y sin su vestido de gasa cósmica, parecía indefensa y gravemente herida. Su aliento había desaparecido pero aún así el Sr. Topo sintió ganas de besarla. Y intentarlo lo intentó. Sin embargo, no contaba con su larga nariz y como no tenía experiencia en la práctica del bisou, no lo logró. Lo único que consiguió es que su amada Popotitos se quedara adherida a la mucosa de la nariz y no pudiera desprenderse, cosa imposible también porque hacía días que había fallecido ahogada. Así, pasaron los años y después de comer muchas raíces de jengibre y lombrices logró sentirse menos desgraciado e infeliz, volvió a enamorarse y fue padre de unos lindos topitos de nariz estrellada, que a su vez se hicieron mayores y formaron su propia familia, hasta llegar a colonizar todo el país. Si no me creen, vayan a Delaware y pregunten. Quizás algún niño les explique también que por las noches los topos de nariz estrellada se dedican a perseguir a los cometas o que bailan con las estrellas para despistar a las aves migratorias, pero ya se sabe, son niños.
