20 enero 2009

Una abeja atrapada en un ovillo de hilos, pelos y polvo. Llegué a casa tarde después de haber andado durante horas y haber visitado todos los lavabos públicos que me encontraba por el camino y aquella fue la primera imagen que tuve de mi destino. Un leve zumbido penetraba por mis orejas, un triste aletear de insecto grandullón. Encendí la luz y allí al fondo, junto a la ventana, se encontraba el pobre animal, luchando por deshacerse de la inmensa bola de nieve. Una patita restaba atrapada y la abeja se preguntaba de dónde habría salido ese monstruo asesino. La lucha no parecía dar esperanzas de salvación, vueltas y más vueltas sin resultado alguno. Ya estaba hasta las narices de la maldita abeja. Pero por qué todos los insectos tienen que venir a mi hogar a (des)fallecer. Mi cabeza parecía soportar toda la gravedad de este planeta. Cabezón, que eres un cabezón. Aquel bulto, protuberancia o lo que fuera seguía allí. Suave como el glande, se me aparecía en forma de ameba penetrando por el tegumento cabezoidal. Notaba como surcaba los tejidos neuronales y el plasma craneal. El Doctor lo llamaba tumor. Un tumor, se trataba de eso. Pero cómo sabe que es un tumor, le pregunté. Porque tiene forma de salchicha deshidratada, como la Tierra. A mí me habían enseñado que el planeta éste era esférico, imperfecto pero esférico. Por un lado más que por los otros debido a los campos magnéticos y al choque con los asteroides. Una salchicha, eso es lo que es la Tierra, decía el Doctor. Tenía una salchicha incrustada en el encéfalo, concretamente en el lóbulo derecho. Los escáneres y las fotocomposiciones así lo mostraban. Tiene usted un cáncer de la hostia en el “encefalo”. Está bien claro. Yo creía que los médicos llamaban al cerebro encéfalo pero según me contó el Doctor, había personas que tenían encéfalo y otras -particularmente, los hombres- tenían encefalo. Como comprenderán dada la gravedad de mi situación no insistí en este tema. El Doctor me mostró unas placas en las que aparecía mi calavera, pelos y cosas viscosas por en medio. A un lado se podía apreciar una mancha muy fea, eso era el resultado de la ameba y sus excrementos. Tres meses para que el bicho atravesara el cráneo de lado a lado y se habría terminado todo. Cuando digo todo me refiero a Todo. Es decir, a la Nada. Porque este es el único acontecimiento relevante en mi miserable existencia. Me pregunté cómo era posible que entre todas las fobias -psicomatosas o no-, delirios -justificados o no-, paranoias -reales o no-, embotamientos -neurasténicos o no- y miedos -castradores o no-, aquel hombre decrépito, tostoso y ambivalente se hubiera fijado en una maldita mancha. Vuelva la próxima semana o si lo prefiere en tres meses, que ya sabe que hay muchos pacientes esperando en la salita. Esto es el final de mis sueños y mis ambiciones, adiós a mi colección de vinilos de antes del 68, adiós a mi prometedora carrera como articulista mensual, adiós a mi tesis sobre la necrofilia en los patos, adiós a esos labios heridas ardientes del coraje [metáfora copiada tal cual de un poeta francés judío polaco], adiós al descanso bucólico y a la contemplación pasiva. El final, eso creía yo por aquel entonces. Pero lo cierto es que, en realidad, solo fue el comienzo.

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