Cuando cierro los ojos, me encuentro paseando por la carretera sin asfaltar que surca la colina del norte de la ciudad. Oscurece y la brisa enfría mis temores. La misma figura de siempre sigue entre las tumbas del cementerio improvisado sobre las ruinas de la antigua fortaleza. Impasible ante mi presencia, el individuo desaparece detrás de los muros y sube la torre para divisar el océano de diminutos tejados. No recuerdo la primera vez que lo descubrí. Sin embargo, su voz resuena una y otra vez en la oscuridad de la noche. Dulce y compasivo, me exhorta a contemplar los designios de sus siervos. Un comerciante de la medina insulta a un mozo andrajoso que vende barquitos de cedro. Su ira se vuelve incandescente y de un estruendo se desploma el muchacho. Un charco de sangre baña a los navíos diminutos. En lo alto de la torre anida una pareja de grajos. Al ver a la figura de expresión deforme, emprenden el vuelo dejando tras ellos una nube de parásitos. El titiritero de almas devora con apetito esos ácaro, pulgas y garrapatas. Nunca le he visto alimentarse, comer. Se zampa esas nubes proteicas como las ballenas devoran pequeños crustáceos. Estira del hilo y un hombretón sujeta a un viejo en una de las callejas del barrio judío y le asesta una bala en el costado. El resto de almas se disipan, mientras un burro enloquece y tira su cargamento de basura al pavimento recién mojado. Regreso al hostal y cierro la ventana de mi habitación. Intento dormir pero entre la claridad que entra por el cristal, veo moverse una sombra esbelta y delgada. Los brazos como arpones me desgarran la piel del cuello y una hendidura atraviesa mi pecho. Sabe que estoy solo. Cada noche la herida es más profunda pero menos dolorosa afortunadamente. Cuando me atraviese por completo, dormiré con los señores de la colina. Él también es uno de ellos pero su pasado le impulsa a someter a los miserables y a los más débiles. No soporta el hedor de lo imperfecto ni el fracaso. Yo tampoco, por eso me atrae cada atardecer hacia su demostración de poder. Solo entonces me siento libre de la carga que soporta mi cabeza, el maldito tumor deja de enloquecer mi mente. Los de la casa de locos ya no me buscan, no soy peligroso, y encima me dan por muerto. Pero no estoy muerto. Mientras escriba mi diario seguiré entre los mortales y, a pesar de que no recuerde nada de mi pasado, soy libre de crear mi presente, inventar una nueva realidad a cada instante. No busco ser honesto porque nunca sabré si los sucesos que viajan junto a mí son meros sueños o fantasías. Puede que yo también haya matado a un hombre pero el impulso surgió de aquel que reina en lo alto de la ciudad. Nunca confiesa sus crímenes pero una noche encontré una nota en la mesilla de noche en la que estaba escrito con letra violeta: “un majuelo clavó las espinas en la armadura de tu amada y yo fui quien regó sus raíces: entrégate a mí”. El recuerdo de esas palabras hacen que los dedos de Catalina acaricien mi pecho y suban hasta mis labios, cálidos como los suyos. Un joven con uniforme de húsar, ojos claros y bigote arreglado, conversa con una chica en el paseo de los enamorados, ante la mirada de los nomeolvides. Ella lo acompaña disimulando su deseo. Las mujeres la observan con celo, él se ríe. Un niño se aproxima a la pareja y deja caer una carta a los pies del muchacho. La mañana siguiente, à l’heure bleue, en el paseo de los tilos, veinte metros le separarán de mi pistola.
Hace un instante me preguntaba qué sería de ella. Quizás viva en alguna remota región de la China o resida con su familia en algún país nórdico. Siempre sintió simpatía por el frío invernal y su mes favorito era noviembre, así que no puedo imaginarla en algún atolón de la Polinesia tomándose un cóctel de champagne. Cuando la conocí, ella estudiaba una de esas carreras que todos los padres desean que cursen sus hijos. Al comienzo me chocó que hiciera unos estudios tan serios, pues yo la veía pizpireta y jovial y no la imaginaba sentada frente a esos libros tan crípticos y densos. Con el tiempo creo que entendí por qué realmente estudió Derecho. Siempre me preguntaba “¿Qué tal estás?” o bien “¿Qué tal te encuentras?” y esas palabras sonaban sinceras y no a puro formalismo o cortesía. Enseguida supe que me iba a enamorar de ella y al final fue imposible evitarlo. Yo venía de una experiencia realmente turbulenta e intenté a toda costa esquivar los dardos envenenados, con lo cual al final le pedí no volver a saber de ella y las lágrimas empaparon nuestros ojos. Sin embargo, estábamos hechos el uno para el otro, o al menos eso creía entonces, y fue inevitable el retorno a sus tiernos abrazos. Cómo no iba a volver a ella si a su lado sentía que era capaz de alcanzar un rayo de luz y no dejarlo escapar. Mi amor era egoísta, la quería, la deseaba para mí y el hecho de pensar que otro ocupara todas las estancias de su corazón me partía el alma. No podía vivir sin ella y constantemente me preguntaba por qué no la había conocido antes, si las calles de mi ciudad y los lugares a los que frecuentaba la habían visto pasar tantas veces. Soñaba con sus dulces labios, con recorrerlos con la yema de mi dedo índice para terminar besándolos con furia y a traición. Ansiaba acariciar su bonito flequillo –“creo que no te gustará porque es cortito”, decía ingenuamente- y poder cortárselo con la excusa de penetrar en aquellos simpáticos ojos y no regresar jamás. Le pedí que se casara conmigo, ella era la mujer de mi vida y quería estar a su lado para siempre. También le comenté mi deseo de tener tres hijas y ponerles nombres shakesperianos, como Miranda, Cordelia y Ofelia, y milagrosamente no huyó despavorida. Y es que era una niña, la niña más bonita del patio del colegio, y me quería a mí, a mí. Le hacía gracia que le comentara que me gustaban sus senos, “¡si no me los has visto!” decía, con su voz infantil, llena de música celestial. Le gustaba hacerme muchas preguntas, era muy curiosa y eso me atraía poderosamente, pero ella era como La Petite Princesse que jamás imaginó Antoine de Saint Exupéry, y no solía responder a demasiadas, o al menos, a las preguntas que más me interesaban. Supongo que también Frances Hodgson Burnett hubiera pensado que era digna de su famoso personaje. Pero con el tiempo me fui dando cuenta que mi angustia vital y las aristas y oscuras esquinas de mi alma iban a marchitar aquella florecilla si no lo remediaba a tiempo. Tenía que protegerla, evitar que se viera expuesta a todo aquel aire malsano que me rodeaba, y te dije adiós, amor, tengo que marcharme, no me olvides, recuerda que te amo y te amaré siempre. Recogí todos los nomeolvides que pude encontrar en los montes y con ellos te compuse una guirnalda, ¿recuerdas? A pesar de ello, te enfadaste mucho y me llamaste bobo, tonto, idiota y todas las palabras feas, y me diste un pisotón muy fuerte y cinco mil pellizcos. Al final llegué a olvidarte pero creo que jamás he vuelto a sentir esa embriaguez ensoñadora que me alentaba y que empezaba cuando me decías, “buenas noches cuco”.
