30 marzo 2009

Aquella noche podía ser mi gran noche. El autillo sin duda era un enviado divino, aunque su mensaje no lo terminaba de comprender. Daba igual, tenía que escapar de aquella casa de locos por todos los medios. Sin embargo, antes decidí ayudar a Sososó en sus tareas de evacuación. Sabía lo que buscaba y lo encontré. Entre los vinilos del señor Erenhaus había un oscuro disco de culto que apenas era conocido por los rastreadores y coleccionistas más enterados y que, según me contó, lo había comprado a un vendedor ambulante en Benarés. La versión del sargento pimienta de los Beatles interpretada por la misteriosa Incredible Kafiristan Shankar Nibban Arkestra, formada por los susodichos escarabeidos colgados en ácido no cítrico, Ravi Shankar y su familia con pestazo a incienso acariciando los sitares, un Brian Jones que pasaba por allí poseído por el espíritu de Keith Richards con la sangre repleta de singlemaltscotch dándole al shehnai, unos hippies tocando el gamelán y Yoko Ono el theremin con los dedos de los pies y el kazoo con la boca. Se iba a enterar ese nerd de lo que es capaz un armenio con el Síndrome de Asperger y en abstinencia. Mientras los altavoces enviaban ondas con frecuencia ensordecedora y aquel capullo maldecía mis huesos y mis cartílagos, escapé por la ventana apoyándome sobre la mano paternal del arce de los Erenhaus. Tarareando “Downtown”, seguí el camino que pasaba por detrás de la casa hasta que llegué a la carretera, no sin antes haberme dado de bruces con la rama de un fresno. Apenas había tránsito y podía escuchar la sinfonía de los grillos en celo mientras las polillas y las mariposas peludas revoloteaban alrededor de las farolas en una danza prohibida que insultaba el sentido común de los transeúntes. Un grupo de mujeres filipinas que -como evidenciaba la figura de la Santa Virgen que una de ellas sostenía con mucha adoración- no venían de ninguna discoteca, me dio las buenas noches y luego me miró con cara de suegra gruñona. Por suerte, el señor Gustav no se encontraba en el bosque de Turingia cazando urogallos y su bar estaba abierto y dispuesto a darme la bienvenida. Unas cervecitas me iban a sentar como agua de mayo, ya lo estaba vislumbrando. Gustav me presentó a sus ardillas y conejos hechos con ramitas de brezo –sus criaturitas, decía él- y me felicitó por mi buen aspecto. Has engordado un poco, ya pareces un hombre hecho y derecho… Bueno, tengo treinta años. Jajaja, yo a tu edad ya andaba jorobado y tenía más pelo en la entrepierna que arriba… Yo me lo imaginaba con aquel bigote a lo Nietzsche, color zanahoria, persiguiendo a los urogallos y a las hijas del párroco y no podía evitar que mi diabólica sonrisa se dejara entrever. Me coloqué junto a la ventana, bajo la atenta mirada de la madre ardilla. Aquello realmente parecía el mundo de Beatrix Potter en versión teutona y yo me sentía como en un nido de alondra, desnudo y desprovisto de cualquier artificio. En otra mesa se encontraba un grupo de jóvenes charlando animosamente, comiendo salchichas y bebiendo cerveza. Reían y se hacían fotos. Parecían muy modernos, seguramente les gustaría la hierba artificial y las bebidas inteligentes. Y no digo más porque soy un bocazas y entre ellos se encontraba una chica con un vestido de noche negro a lo Holly Golightly y un collar de perlas que caía grácilmente sobre su escote que se parecía tanto a la muchacha misteriosa que sin duda era ella. Miré a Gustav y le hice señales para que me sacara de allí como si fuera la figura de algún gnomo antes de que me rompiera en pedazos y después alguna solterona caritativa los intentara juntar y se olvidara de colocar el más importante. Pero Gustav conversaba con la cabeza de un corzo y no me prestaba ninguna atención a pesar de mis esfuerzos casi sobrenaturales teniendo en cuenta mi estado catatónico. Si hubiera llevado mi cámara bolchevica y le hubiera robado el paquete de cigarrillos a Sososó, aún podría haberla impresionado pero dadas las circunstancias lo más aconsejable era la huida. Sin embargo, el perfume de violetas que se evaporaba de aquel delicado y marmóreo cuello empezaba a embriagarme y, como un sonámbulo, me acerqué a la Belle Haleine dispuesto a susurrarle al oído la canción del sapo partero en plan du duá. Temía su reacción, me ignoraría, me rechazaría, sus ojos serenos se tornarían estrellas incendiarias, apretaría mi nuca contra su mandíbula, introduciría su lengua en mi boca, me mordería el labio superior, su araña tatuada en el brazo me chuparía todo el plasma… Los algoritmos y los cálculos diferenciales concluían un resultado desastroso y ni tan siquiera la introducción del azar presuponía una manifestación a mi favor. Pero lo que nunca podía haber esperado era que mis átomos adoptaran una disposición molecular en formación de caramelo con chasquidos y lograran hacerme invisible a los humanos allí presentes. Así, mi adorada seguía iluminando aquel microcosmos con su encantadora sonrisa y sus abracadabrantes cejas iban dibujando algún poema visual en el espejo ovalado que, junto con los cuadros de caza, decoraba el horizonte. Aquella nueva situación me brindaba toda una serie de oportunidades inusitadas hasta ese momento, entre las que brillaba la posibilidad de disfrazarme de mayor von Crampas y abatir a mis adversarios. Sin embargo, temiendo que el hechizo desapareciera, opté por esconderme debajo de la mesa. Una vez allí, estando al amparo de la madera de abedul, me apoderé de uno de los pies de la muchacha y con el índice recorrí el borde de sus dedos y besé la punta de cada uno a traición. Si ella notó algo extraño, si sintió cosquillas, si su vello se erizó, si su vientre entró en combustión, nunca lo supe. Luego, apoyé mi mejilla sobre el dorso de aquella exótica península y me quedé dormido. Cuando me desperté, me encontraba en plena calle intentando no tragarme los adoquines y aprisionando el bello pie, a medida que mi melíade se dirigía hacia su reposo. La posibilidad de poder mirar si su lingerie llevaba muchos lacitos o no quedaba descartada dadas las circunstancias extremas. Y más aún cuando se abalanzó sobre mí un simpático Gran Danés buscando compañero de juegos, el cual encima debía ser homo porque me pegó un buen chupetón en la garganta que causó horror en la señora Ehrenhaus cuando la llamaron los enfermeros del hospital donde me tuvieron que ingresar aquella noche.

25 enero 2009

Les dije hace un rato que mi vida era insignificante, una vida sin interés, una gran nadería. Pero lo cierto es que deberían ustedes imaginarla como un conjunto de nadas -nada por aquí, nada por allá-, un acúmulo de chatarra compuesta de vacío. Sin embargo, el vacío no siempre significa la ausencia de algo. También puede ser un suceso que espera a ser acontecido, un estado latente previo al despertar, un espacio que va a ser colonizado por los seres o sus extremidades. Así que tampoco quería hacerles creer que mis vivencias carecieron de interés, de emoción, de punch en su momento. Todo lo contrario. Yo las experimenté con la plena conciencia de que alguna cosa excitante iba a suceder. La tragedia se expresaría si les confesara que jamás conocí el final de la historia. Pudo tratarse de grandes quimeras o grandes farsas ideadas por un maldito farsante que se parecería tanto a mí que resultaría imposible distinguirnos. Quizás se trató de estímulos sensoriales transmitidos por conexiones neuronales caprichosas, que al chocar con aquello que llaman el alma la contaminaron de ilusiones y motivaciones. Grandes castillos impermeables al paso del tiempo y las inclemencias de los elementos que, sin embargo, ahora muestran sus grietas, sus heridas y, en definitiva, su decadencia. Qué pensará aquel insecto que una vez completada su metamorfosis tan solo conoce una vida efímera cuya duración es de una sola noche y un solo día. De acuerdo, él no intentará construir un refugio, ni buscar comida, ni dejar escrita su biografía en una hoja. Él únicamente querrá copular. Follar. Con suerte una vez pero quizás en más ocasiones. Por qué les hablo de un bicho insignificante, una criatura inferior, diminuta y frágil. No lo entienden verdad. Uno vive una vida de gusano defecador para luego tener que reconocer que encima es virgen. Maldita sea. Sí, nunca conocí otro sexo que el mío. Aquí sigue el pobre, el rey de la nada, esperando a salir al terreno de juego. Se entrena, el muy ingenuo, no podríamos decir que no se esfuerza. Todo los días ejercita el regate, la finta y el chute a portería. Es habilidoso, avispado, tiene ganas de marcar, su técnica es depurada. Todo un arquitecto entre sepultureros, como aquel primer centrocampista argentino que visitó a los súbditos de la reina Isabel II y dejó el mate por el te a las cinco. Cada vez lo veo con más claridad. Por lo menos, debo lograr fornicar con alguna homínida antes de que sea demasiado tarde. Debo, deber, qué palabra más repugnante y odiosa. El gran mazo de la nada, el martillo del orden, el garrote vil del verdugo, el agente químico castrante. A hacer puñetas con los deberes. Nada de fornicar. Lo mejor será que me autoengañe. No necesito copular. Además, no tengo ganas. Para qué malgastar mi preciada energía en algo tan poco productivo si total me quedan cuatro días de nada. No, no pienso tolerarlo. Si voy a morir lo haré como un ente inmaduro, orgulloso de su incapacidad para hacerse hombre, de su impotencia para progresar hacia una plenitud adulta, con mujer, hijos, hipoteca, segunda residencia y perro. ¡Viva el nopodermiento y el neoconservadurismo neoténico de raíz casta! Si alguna vez llega a hacerse realidad el Superhombre, deberá ser virgen y se hará sus necesidades encima. La cumbre del progreso de la especie pero al revés. Y ese Superhombre no puede ser otro que yo mismo. Debo asumir mis responsabilidades con esta especie. Démosle pues la bienvenida al auténtico e inigualable Superhombre.

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