1 agosto 2010

Cuando me detuvieron, el 23 de julio, me encontraba de expedición en la selva amazónica, cerca de Leticia. El museo de ciencias naturales había prescindido de mis servicios porque a su entender pasaba demasiadas horas encerrado en el retrete y mi tesis sobre la evolución del cráneo en los trogones se había limitado por el momento a postular que la cabeza del trogón jacinto devorador de papayas era demasiado dura para las herramientas de perforación del laboratorio. Mis superiores aceptaron como atenuante el listado que les presenté de deficiencias ergonómicas del inodoro, el mal estado del material científico y la fuga del único ejemplar de trogón del aviario con una cotorra argentina de mala vida, y gracias a la mediación de mi tutor, el Sr. Erenhaus, conseguí que me enviaran por correo ordinario a la zona selvática colombiana, sin la aprobación de mi doctora de cabecera quien desaconsejó el viaje porque según ella en un examen rutinario al cual me sometieron el verano de 1994 había dado positivo en el test de alergia al sudor y a la humedad, además del de los ácaros, pelo de gato, fresas salvajes, chocolate suizo y matemáticas. El calor allí era sofocante y uno tenía la sensación que una boa constrictor trepase por su espalda y se encaprichase de su pescuezo. El único alivio consistía en hacer uso de algunas drogas no recetadas por los chamanes pero bastante eficaces como el salbutamol, el omeprazol, el diazepam, el tetrazepam, el tenozicam, el diclofenaco, el naproxeno y similares. Sin embargo, mi nueva aventura tampoco empezó con buen pie. Nada más bajar de la avioneta tuve la mala suerte de pisar un escarabajo coprófago y de entre la densa vegetación aparecieron algunos indígenas –varios centenares según la versión oficial- armados con rifles y la emprendieron a balazos con el piloto, la azafata y el científico junior. Nunca me quedó claro si su reacción fue motivada por el insecticidio o la presencia del hombre blanco, aunque quiero pensar que fue lo primero ya que después de escribir un breve obituario en arawá, gracias a un traductor automático todo sea dicho, cesaron las hostilidades y los autóctonos desaparecieron como ocelotes en matanza. A pesar del susto, la incursión en la selva fue muy provechosa y fructífera para el mundo científico, ya que la señora Rose, la azafata, descubrió un ejemplar de helecho que se creía extinto desde el Paleozoico tardío –lástima que arrancara la única hoja verde para abanicarse- y yo obtuve una fotografía en infrarrojo de un perezoso defecando sobre un nido de temibles hormigas rojas, por la cual National Geographic llegó a pagar una suma equivalente a mi número de celular –sin los últimos tres dígitos- en wons. Pero lo que realmente me jodió fue que yo no vi ni un céntimo de esa cantidad pues el piloto y la azafata se apropiaron de mi cámara analógica rusa y huyeron una noche de luna llena dejándome solo en el campamento que habíamos improvisado en un recodo del río Putumayo, que en las imágenes de satélite siempre se encuentra cubierto de una nube en forma de madalena. Según la bibliografía sobre el tema, el libro “Vida y aventuras de un experto en trogónidos” de Lord Herbert Lassie publicado en 1847, “Trogones del Nuevo Mundo: comportamiento sexual y alimentación” de Francis G. Auch publicado en 1923, “Caza y captura de los trogones con explosivos” del Coronel Arthur MacLangus publicado en 1777 y “Recetas sabrosas de trogón y otras aves plumíferas” de Véronique Persée de Cheval publicado en 1845, me encontraba en la región geográfica habitada por el raro y majestuoso trogón soberbio de la Reina Bruni, del cual no se sabía nada desde 1949. Mi instinto científico me decía que para capturar algún ejemplar debía atraerlo con algún alimento exótico propio de la cultura capitalista y aprovechando que llevaba una máquina “pop corn” –además de otros artículos básicos como una guía de supervivencia para boy-scouts, un cepillo de dientes, un cortaúñas, un desfibrilador de segunda mano, la biografía ilustrada de Sasha Rose y una navaja suiza- fui sembrando la hojarasca de palomitas de maíz recién hechas. Durante varios días estuve en vela esperando escuchar su gorjeo pero, entre las conversaciones de los monos aulladores, los jaguares, los tapires y las chinches gigantes, me resultó imposible. El maldito trogón a pesar de ser un glotón también era muy desconfiado y bajaba algunos metros de su nido en lo alto del ficus para posarse sobre alguna rama, siempre inalcanzable a mi cazamariposas plegable. Todo transcurría con esa monotonía y esa serena tensión, cuando una mañana apareció en el río una criatura misteriosa, parecida a Nessie, que dadas mis facultades de biólogo animal y experto taxónomo, pude clasificar dentro de la especie de periscopio submarino. No cabía la menor duda, aquello era un ser inerte, básicamente porque era imposible que se reprodujera de ningún modo –quizás por transplante tipo geranio- y no llevaba branquias. Yo pensé que se trataría de algún tipo de turismo alternativo o turismo activo, como se llame, y montado sobre una tortuga algo avejentada intenté acercarme hasta ellos. El “testudo”, a pesar de no ser testarudo tampoco era imbécil, y rápidamente se dio cuenta del peligro -especialmente cuando se abrieron las compuertas de los mísiles- y emprendió la huida a velocidad crucero hacia la orilla más cercana. Así fue como me salvé del ataque de los narcotraficantes, lástima que no pudiera agradecerle a la tortuga sus servicios gratuitos de socorrismo. Pero mis problemas no terminaron aquí, ni mucho menos. Después de una larga y penosa travesía por la selva, alimentándome básicamente de palomitas, logré llegar hasta Leticia. Lo primero que hice fue buscar un hostal para poder ducharme y descansar. Me hospedé en el Hostal Tacano porque era el más barato y aunque no incluía desayuno tampoco tenía cucarachas ni demás bichejos noctámbulos. Con lo que no contaba yo es que la policía militar andara tras de mí porque alguien les había dado un chivatazo. Esa misma noche, de madrugada, entraron en la habitación unos agentes y me detuvieron acusado de tráfico de estupefacientes. Yo les informé sobre las drogas que llevaba, todas legales en Europa, y les mostré mi equipaje pero no me creyeron. Suerte tuve que el Sr. Erenhaus pudo hablar con el embajador de Colombia en Pekín, lugar donde se encontraba por razones que ignoro, y después de una breve charla y un pequeño maletín quedé en libertad bajo la prohibición de regresar al país en un periodo de treinta años. Mucho más tarde y tras la desclasificación de papeles de la CIA, supe que los agentes estadounidenses tenían un plan de introducción de aves espía en las regiones controladas por los narcotraficantes. Una vez se les había leído la Constitución, se procedía a introducirles bajo la epidermis un receptor de navegación por satélite, una antena de radio y un modulador de voz de baja frecuencia que transformaba su gorjeo en un lenguaje cifrado mediante el cual informaban a la Central de la presencia de cualquier primate bípedo que se les acercara. Y así fue como el ratón cazó al gato. ¡Maldito trogón cabrón, mata hari imperialista!

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