22 octubre 2009

Según las historias que se cuentan en las sobremesas, los roedores pertenecientes a la categoría llamada lirón tienden a pasarse gran parte del día y de la noche durmiendo, especialmente durante los meses fríos. Pero este no era el caso de Ovidio. El comienzo del otoño, con sus lluvias y los tapizados de hojarasca, lo tenía atareado como gato en matanza. Su garçoniere parecía más bien una despensa y por todos los rincones se acumulaban grandes cantidades de bellotas, castañas, bayas, serbas y zarzamoras, junto a las ya habituales novelas detectivescas y los manuales de jardinería. También había recogido algunas luciérnagas, las cuales andaban medio drogadas con cloroformo y coñac, aprisionadas en tarros de cristal de Bohemia. Pero el aburrimiento y la monotonía ya empezaban a hacer mella en su espíritu, apenas iba a visitar a los amigos y ellos tampoco hacían lo propio. Así que mientras sus vecinos solían recibir a sus amistades a la hora del té, él que nunca se había considerado un buen anfitrión y tampoco era un gran conversador, pasaba las tardes sentado cómodamente en su sofá mientras sorbía a traguitos su cálida infusión con miel y leía la prensa de la tarde, sumido en sus románticas ensoñaciones. El silencio dominaba aquellas horas, más aún cuando los pajarillos ya se habían marchado de vacaciones a los balnearios pirenaicos o a la Costa Azul y las ranas ya no salían a lavar la ropa a los riachuelos. Los fines de semana eran otra cosa pues los humanos iban al bosque a buscar setas y armaban mucho barullo, especialmente los provenientes de latitudes inferiores. Y así Ovidio se encontraba aquella tarde merendando galletas y té perfumado con frutos del bosque, cuando unos golpes en la puerta lo aturdieron y pusieron su corazón a muchísimas revoluciones por minuto, más de las que ustedes puedan jamás imaginar. Él que andaba en robe de chambre y no se había cepillado los bigotes desde el alba fue a abrir la puerta. Un tejón le saludó y le contó que venía a entregarle una invitación de los señores Erenhaus, unos nuevos vecinos que habían llegado a finales del verano. Le pedían que les hiciera el honor de acompañarles al día siguiente en una soireé íntima. Ovidio pensó que aquello podía bien ser una cura de agitación, sobretodo teniendo en cuenta que los señores Erenhaus eran de la estirpe de los armiños y las comadrejas y según se contaba tenían cierto apetito hacia los roedores. Aquella noche tuvo extraños sueños que hicieron que se desvelara en varias ocasiones, pero su cama de musgo y plumas de ánsar calvo era tan confortable que cuando el influjo de la luna se volvió más tenue y despertó, se encontraba en una euforia indescriptible y tenía un saludable apetito. Después de desayunar fue a dar un paseo por entre los alisos y buscó algunas flores de ribera para obsequiar a la señora Erenhaus. Poco a poco la bruma se iba haciendo más espesa y un molesto come-come poseyó a nuestro lirón. Aquel mediodía no logró tomar bocado alguno y después de planchar con esmero su traje de domingo, la camisa y el chaleco, se dejó llevar por su sangre castellana e intentó hacer la siesta. Pero el viento se colaba por entre las ventanas y silbaba como si se tratara del grito de las langostas hirviendo, cada vez más intenso a los oídos de Ovidio. Las esquinas de su dormitorio parecían más cercanas y las luciérnagas emitían flashes incesantes. Providencialmente, desde el castaño del jardín se empezó a escuchar la melodía “A quitter never wins” de Williams & Watson que entonaba con júbilo y gallardía su amigo el autillo. Ovidio se sintió algo más aliviado al instante. Boris lo vio tan pálido y tembloroso que no pudo contener la risa pero al darse cuenta de la gravedad de la situación logró interiorizar su burlona emoción y le preguntó qué le ocurría. Ovidio le contó que estaba invitado aquella noche por los señores Erenhaus y temía que él fuera el postre. Sin duda, cabía esa posibilidad y más cuando empezaban a escasear los alimentos. Boris no contemplaba la retirada y más cuando se presentaba la ocasión de saborear un chispeante champagne y flotar sobre el atractivo perfume a verbenas de la señora Erenhaus. Además tenía una brillante idea y así se lo hizo saber. Ovidio se dejó convencer por su amigo y pocos minutos antes de la hora acordada llegó en su coupé a Villa Poewee. A pesar de que el disfraz de oso resultaba algo incómodo, lograba hacerle sentir como un caballero en su armadura. Además, si descubrían el engaño podía atribuirlo a un equívoco fruto de la cercanía de Halloween o sus ansias de asistir a una fiesta de disfraces. Mientras subía la gran escalera que daba al portón principal, el señor Erenhaus se dedicaba a asediar el castillo de los normandos con toda la artillería y la caballería. La resistencia, sin embargo, era agotadora y pensó en inspirarse contemplando la espesura del bosque circundante cuando aterrado vislumbró a un plantígrado que se acercaba a su confortable hogar. Al instante llamó al mayordomo y a su criado personal. Éstos, que estaban en la cocina aburridos esperando la llegada del invitado acudieron al instante, temerosos del carácter iracundo del señor. Sus órdenes fueron claras. Quedaba terminantemente prohibido atender a ese intruso y ya se disponía a lanzar a nuestro Ovidio una gran maceta de narcisos cuando atravesó la biblioteca como un trueno el grito de la señora Erenhaus. A la mañana siguiente, todas las tertulias de café giraban en torno al extraño suceso acontecido en Villa Poewee. Al parecer, vagaba por los alrededores un feroz oso adulto, probablemente muy hambriento, según los Erenhaus. Y aquella noche Ovidio se acostó temprano, sus sueños lo llevaron a un atolón de la Polinesia en brazos de una dulce y adorable chinchilla, atravesó en globo el Monte Fuji y cruzó en submarino el mar de los Sargazos y cuando despertó los jilgueros entonaban agradables melodías hawaianas.

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