Debo confesar con cierto rubor que las palabras intensivo y escuela siempre me han producido un ligero estreñimiento. Si uno no se libra de ellas antes de que sea demasiado tarde puede explotar y su cuesco es capaz de oírse en todas las galaxias del universo. Lo leí en un tratado de física anónimo chino de hace muchos más siglos que el descubrimiento del alma cuántica. Ahora mismo preferiría no tener que regresar al colegio y menos solo. Este curso mi mamá encontró un trabajo y ya no me acompaña nunca por la tardes. No entiendo por qué debe ir a trabajar para otro señor que se enriquecerá con su esfuerzo y tan solo le dará unas pocas monedas y la volverá estúpida. Porque eso es el Capitalismo, ¿no? Un mecanismo de idiotización en masa. Preferiría ser un caballito pony deprimido paseando por la llanura en invierno buscando su caja de valiums. O un asno masoquista que le gustara que le molieran a palos y que por las noches se fugara del establo para buscar luciérnagas en los prados. Todo menos esclavo de los burgueses. Pero mi mamá dice que si no trabaja no será una mujer moderna y el patriarcado será irreversible. O quizás lo leí en algún panfleto feminista… Yo lo único que sé es que no me gusta ver a mi mamá cansada por las noches y con ojos de zombie coqueto. Lo detesto y si fuera tan fuerte como un mamut aplastaría todas las fábricas y crearía una máquina de fisión nuclear que hiciera todo el trabajo del mundo. Mi mamá me mimaría y yo podría mimar a mi mamá. A mi papá le compraríamos una antena teledirigida con mando y circuito integrado de micropartículas para que pudiera mirar el balompié todo el día. ¡Seríamos tan felices! Pero nada, no hay más remedio que coger la mochila y los libros de texto y regresar a la prisión de Sing Sing. Y seguro que me estarán esperando esos trogloditas para pegarme. Y luego la profesora me reñirá si me río de su pelo de bruja y me echará de clase. Jo, voy a salir perdiendo de todas todas. Creo que tomaré varios paracetamoles e ibuprofenos concentrados y simpáticos. Mi mamá no cree en la homeopatía y dice que es cosa de progres, pero simpatía le sobra a raudales. Lo siento, no sé contar chistes y tampoco soy gracioso, ¿vale? Esto era una especie de introducción o recurso narrativo para aligerar un poco el tono de lo que les voy a contar a continuación. La historia de cómo me convertí en un asesino sin sueldo. Ese día tenía clase de gimnasia a primera hora y para ir entrenándome me dediqué a contar los pasos que daba y a andar como las modelos para ver si me mareaba o chocaba con alguna farola y me lesionaba el cerebro. En eso estaba cuando oí que mi nombre era pronunciado por la chispeante voz de Catalina, quien andaba dando vueltas a un semáforo como si fuera una india junto a su tótem. Tampoco quería ir a la escuela, me contó luego. No quiero ir a la escuela, las chicas me odian y los chicos sois todos muy feos y no me prestáis nada de atención. Yo me pongo un lacito en el pelo y ni caso. Me pongo purpurina en las mejillas y solo os fijáis en vuestros cromos de futbolistas en pantalones cortos. Llevo mis zapatos rojos de Domingo y me pisáis torpemente. Sois todos unos bobos… Jo, no hay quien la aguante a esta Sissi… Por cierto, acompáñame. No es un deseo, un capricho o un antojo. ¡Es una orden!… Peor que Sissi, parece Josefina… Cuando me encerró en el coche de su papá pensé que me querría enseñar su cosita y enseguida tuve ganas de… quiero decir que… ¡se me pasó el estreñimiento! Ella se puso furiosa y me gritó cosas feas y, en resumen, puso en duda mi virilidad. Por suerte tuve tiempo para apuntarlo en mi libreta junto con la fecha y lugar exactos. Cuando sea mayor y vaya al psicólogo entonces podré preguntarle si había algún mensaje oculto detrás de sus palabras, si escondían alguna frustración o si eran indicio de alguna demencia prematura. El caso es que no me quiso acompañar hasta el nogal del jardín y tan solo me regaló un poco de papier-toilette. Luego me contó que tenía un plan y que yo era el elegido para ejecutarlo. Eso me halagó y me ruboricé ligeramente. Cuando me detalló ese plan fue cuando del rojo pasé al blanco pálido tirando a blanco matado. Resumiendo un poco, quería que asesinara a su padre. Enseguida me vi convertido en el criminal más buscado por Scotland Yard, apareciendo mi rostro en las portadas de los periódicos de todas las ideologías y colores, mi madre regando los geranios con sus lágrimas, mi papá dándole al orujo y todo ello en un bucle elipsoidal tendiendo al círculo cerrado, cada vez más cerrado además. Si no colaboras conmigo, por las noches cuando estés a punto de dormirte vendrán a buscarte los Siete Demonios del Gran Palacio de la Garganta de Tritón y te secuestrarán. Aquello no sonaba nada alentador y peor era lo otro. Y si logras evitarlos, entonces te visitará la Gran Emperatriz del Álamo Partido y te arrancará tu colita. No solo te dolerá más que un bono anual para el dentista sino que deberás practicar la retención taoísta de por vida. ¿Te queda claro “Hanky Panky”? Pasaron unos segundos, quizás minutos, en los que me entraron ganas de hacer pipí y finalmente lo hice mojando los pantalones lo justo y la tapicería bastante. Sinceramente, me preguntaba qué era peor: un grupo de niños malcriados y maleducados con matrículas de coche esperándome en la puerta del colegio para adiestrarme en las maravillosas artes de los faquires o el estar encerrado con una loca ninfa con impulsos asesinos y perfume barato robado muy probablemente en el supermercado del barrio. Como no tenía otra escapatoria, acepté el homicidio a modo de redención de mis penas. Sus bonitas rodillas también ayudaron a decidirme. Me hubiera gustado poder tocar una de ellas, durante unos segundo nada más. Si se me alegraba la colita quizás a ella también se le pusiera contenta la cosita. ¿Qué sucedería a continuación? Me hubiera gustado resolver aquel misterio pero cuando levanté la mirada encontré el rostro de Catalina a escasos centímetros del mío. Cada vez eran más escasísimos esos centímetros y poco a poco se iban convirtiendo en milímetros de poquísima distancia. Como ya había mojado antes los pantalones de pana no me preocupé nada y esperé impaciente con los ojos cerrados. Vi al Todopoderoso que paseaba montado en un cometa de competición y me guiñaba el ojo y las estrellas brillaban más que nunca, de un color azulado que se tornaba en rosado, y había pompas de jabón por el espacio y yo y ella íbamos saltando por la lunas de Júpiter y el disco de vinilo de Saturno emitía notas de una bonita bossa nova y… Me besó la frente y cuando abrí los ojos ella parecía una lechuza y mi respiración empezó a descontrolarse y yo no la podía controlar porque el sistema nervioso simpático se hacía el gracioso y notaba mi diafragma a la altura de la garganta y tan solo pude pronunciar su nombre a modo de pregunta o quizás fue una exclamación, no recuerdo… Ella se hizo rápidamente la tonta y empezó a buscar algo en la guantera del coche. Era el revólver. Madre mía, allí estaba el arma, brillante y amenazante. Me gustaría buscar un tercer adjetivo pero eso solo lo logran los grandes narradores, así que con dos bastará por el momento. ¡Toma, valiente! Madre mía, está cargada. Ten cuidado por favor, Catalina, que esto no es un juguete… Su padre estaba en el despacho, trabajando creo. Llamé al timbre varias veces, quería que saliera cuanto antes y terminar con todo de una vez. Y salió. No había pensado qué decirle así que le pregunté si se encontraba Catalina en casa. Lo noté ligeramente molesto seguramente porque lo había interrumpido en sus labores y tenía un cierto tic en el ojo derecho. Me miraba también como si le sonara mi cara pero no terminara de reconocerme. Me presenté y él me preguntó por qué no me encontraba en la escuela a esas horas. Ya esperaba que dijera eso y me molestó un poco. No soporto las personas previsibles y menos las mayores. Saqué el revólver del bolsillo trasero de mi pantalón y apuntando a su ombligo le pegué fuego. Después del trueno, la camisa empezó a mojarse de color rojo. Era bonito como la tinta iba avanzado centrífugamente por todos los lados y al mismo tiempo el cuerpo de aquel hombre empezaba a palidecer y en sus ojos los capilares se hinchaban cada vez más. Luego se puso de cuclillas y se tumbó en el césped. No decía nada. Si hubiera dicho algo, habría llamado a una ambulancia quizás. Pero parecía un animal asustado, con la camisa manchada de sangre. El perro del vecino seguía ladrando cada vez más fuerte. Sentí miedo. Vi que el padre de Catalina se movía un poco y, como no quería que sufriera más, acerqué el revólver a su cabeza y volví a disparar. Bang.
