6 septiembre 2009

Creo que los veranos que más me gustan son los que terminan con lágrimas. Era mi último día de las vacaciones y decidí pasarlo cerca del mar. Salí del hotel y le dije al taxista lléveme a la playa, qué playa, cualquiera. Y allí estaba yo de rodillas en la arena luchando contra el oleaje. Todo indicaba que aquella tarde el monstruo marino no aparecería. El sol se iba a poner y no existía indicio alguno de la criatura. Una sombra me cubrió y yo temí que fuera él que me atacara por sorpresa. Buenas tardes señor. Puedo permitirme la osadía de preguntarle qué está usted haciendo postrado así de rodillas. Es una postura poco favorecedora y bien absurda, no lo negará. Perdone mocoso, le informo que estoy aguardando al Tritón y corríjame pero yo no recuerdo haberlo llamado. Oh, eso ya lo sé, no es usted nada original. También añadiré que es sumamente improbable que un anfibio aparezca en esta playa, debería consultarlo con la enciclopedia animal pero creo no andar errado. Sería una revolución para la ciencia, sin duda. Bueno, usted sabrá, yo solo creí necesario advertirle. Adiós. Una vez había desaparecido la hormiga exploradora apareció la hormiga soldado. Válgame Dios, está usted aún aquí. Me ha comentado mi hermano que había estado conversando con un ingenuo y un soñador, o lo que es lo mismo, un zoquete. Y como estaba aburrida de tomar el sol y el libro que cogí de la biblioteca es un tostón, pensé que sería interesante conocerle. Puede creer usted que un sabio diga que es de ineptos escuchar los consejos de las mujeres y que es más rico alguien por acumular resignación que propiedades. Él sin duda sí que demuestra ser un zoquete. Espero que usted por lo menos no le supere. Es curioso, ¿sabe?, tiene los labios gruesos como los negros de las películas de aventuras. No será descendiente de zulús, ¿verdad? Ah, y usted como es pelirroja debe ser nieta de Deborah Kerr, claro. Pero le diré que ciertamente no anda muy desorientada, en realidad tengo antepasados armenios y mandingas. Estos últimos por si lo desconoce son un pueblo africano y sin duda la gran mayoría de personas los calificaría como negros. Qué interesante me resulta usted. Además, como indica mi frente prominente, soy descendiente de los antiguos soberanos que gobernaron el imperio durante siglos. Posteriormente llegaron ustedes los franceses y lo desarmaron todo. Colonización lo llaman. Bueno, bueno, no se ponga usted a la defensiva. Así que es un príncipe o algo así, fascinante… De todos modos, le estuve observando antes mientras nadaba y su estilo no es muy elegante y mucho menos magnificente. Cómo es que nada de espaldas con las piernas estiradas a modo de proa. Debe tragar más agua que un cachalote. Mire usted listilla, mi forma de nadar es heredada del mítico delfín blanco del Ganga. Tan solo unos pocos privilegiados son capaces de lograr con sumo esfuerzo imitar a esa bella criatura del Indostán. Pero qué gracioso que es, desconocía por completo que existiera un delfín que nadara de espaldas y encima blanco. No sabe cómo me gustan los delfines a mí, son muy nobles y gentiles, incluso uno salvó a Arión cuando lo lanzaron al mar. Yo amo la música y la poesía, comprende, y hasta escribo versos. Sino estaría todo el día haciéndome la manita y se cansa una. Por las noches, para que no me descubran mis padres recito versos dodecasílabos. A este paso voy a terminar recitando alejandrinos. Por cierto, no me ha preguntado aún usted cómo me llamo. Eso no es muy caballeroso por su parte, pienso yo. Y mire que iba a invitarlo a que me visitara esta noche. [Nínfula, más que nínfula, eres una lujuriosa y una viciosa]. Como no me dejes tranquilo, voy a hablar directamente con tus padres. Oh, no hará eso, ¿verdad? Mi nombre es Catalina. [Serpiente, víbora…] Le he oído. Me deja perpleja, encima de zoquete, es usted grosero e insolente. Y mire que ponerse ese bicho en la entrepierna, parece un seminarista o un místico indú. Jajaja, estése quieto que aún le va a lastimar con las pinzas. Un cangrejo cocotero, joder, no me malinterprete, como no sé nadar muy bien pensaba que unos cocos me ayudarían a flotar en caso de necesidad. Deje que le ayude, no sea bobo. ¡Fuera!, no me toques. Como quiera. Me marcho entonces que debo hacerme la pedicura y pintarme las uñas de los pies. Le espero a medianoche, golpee dos veces la ventana y recíteme unos versos de Jayyam. Nuestra habitación es la 603, Hotel Imperial. No lo olvide. Venga ya, y cómo espera que trepe al sexto piso del hotel, está usted loca. Y si encima nos descubre su padre… No iba a pensar que se lo pondría fácil, si me desea lo logrará. Bien trepó King Kong el Empire State Building y luchó contra los aeroplanos. Que pase una agradable tarde, tritoncito.

30 marzo 2009

Aquella noche podía ser mi gran noche. El autillo sin duda era un enviado divino, aunque su mensaje no lo terminaba de comprender. Daba igual, tenía que escapar de aquella casa de locos por todos los medios. Sin embargo, antes decidí ayudar a Sososó en sus tareas de evacuación. Sabía lo que buscaba y lo encontré. Entre los vinilos del señor Erenhaus había un oscuro disco de culto que apenas era conocido por los rastreadores y coleccionistas más enterados y que, según me contó, lo había comprado a un vendedor ambulante en Benarés. La versión del sargento pimienta de los Beatles interpretada por la misteriosa Incredible Kafiristan Shankar Nibban Arkestra, formada por los susodichos escarabeidos colgados en ácido no cítrico, Ravi Shankar y su familia con pestazo a incienso acariciando los sitares, un Brian Jones que pasaba por allí poseído por el espíritu de Keith Richards con la sangre repleta de singlemaltscotch dándole al shehnai, unos hippies tocando el gamelán y Yoko Ono el theremin con los dedos de los pies y el kazoo con la boca. Se iba a enterar ese nerd de lo que es capaz un armenio con el Síndrome de Asperger y en abstinencia. Mientras los altavoces enviaban ondas con frecuencia ensordecedora y aquel capullo maldecía mis huesos y mis cartílagos, escapé por la ventana apoyándome sobre la mano paternal del arce de los Erenhaus. Tarareando “Downtown”, seguí el camino que pasaba por detrás de la casa hasta que llegué a la carretera, no sin antes haberme dado de bruces con la rama de un fresno. Apenas había tránsito y podía escuchar la sinfonía de los grillos en celo mientras las polillas y las mariposas peludas revoloteaban alrededor de las farolas en una danza prohibida que insultaba el sentido común de los transeúntes. Un grupo de mujeres filipinas que -como evidenciaba la figura de la Santa Virgen que una de ellas sostenía con mucha adoración- no venían de ninguna discoteca, me dio las buenas noches y luego me miró con cara de suegra gruñona. Por suerte, el señor Gustav no se encontraba en el bosque de Turingia cazando urogallos y su bar estaba abierto y dispuesto a darme la bienvenida. Unas cervecitas me iban a sentar como agua de mayo, ya lo estaba vislumbrando. Gustav me presentó a sus ardillas y conejos hechos con ramitas de brezo –sus criaturitas, decía él- y me felicitó por mi buen aspecto. Has engordado un poco, ya pareces un hombre hecho y derecho… Bueno, tengo treinta años. Jajaja, yo a tu edad ya andaba jorobado y tenía más pelo en la entrepierna que arriba… Yo me lo imaginaba con aquel bigote a lo Nietzsche, color zanahoria, persiguiendo a los urogallos y a las hijas del párroco y no podía evitar que mi diabólica sonrisa se dejara entrever. Me coloqué junto a la ventana, bajo la atenta mirada de la madre ardilla. Aquello realmente parecía el mundo de Beatrix Potter en versión teutona y yo me sentía como en un nido de alondra, desnudo y desprovisto de cualquier artificio. En otra mesa se encontraba un grupo de jóvenes charlando animosamente, comiendo salchichas y bebiendo cerveza. Reían y se hacían fotos. Parecían muy modernos, seguramente les gustaría la hierba artificial y las bebidas inteligentes. Y no digo más porque soy un bocazas y entre ellos se encontraba una chica con un vestido de noche negro a lo Holly Golightly y un collar de perlas que caía grácilmente sobre su escote que se parecía tanto a la muchacha misteriosa que sin duda era ella. Miré a Gustav y le hice señales para que me sacara de allí como si fuera la figura de algún gnomo antes de que me rompiera en pedazos y después alguna solterona caritativa los intentara juntar y se olvidara de colocar el más importante. Pero Gustav conversaba con la cabeza de un corzo y no me prestaba ninguna atención a pesar de mis esfuerzos casi sobrenaturales teniendo en cuenta mi estado catatónico. Si hubiera llevado mi cámara bolchevica y le hubiera robado el paquete de cigarrillos a Sososó, aún podría haberla impresionado pero dadas las circunstancias lo más aconsejable era la huida. Sin embargo, el perfume de violetas que se evaporaba de aquel delicado y marmóreo cuello empezaba a embriagarme y, como un sonámbulo, me acerqué a la Belle Haleine dispuesto a susurrarle al oído la canción del sapo partero en plan du duá. Temía su reacción, me ignoraría, me rechazaría, sus ojos serenos se tornarían estrellas incendiarias, apretaría mi nuca contra su mandíbula, introduciría su lengua en mi boca, me mordería el labio superior, su araña tatuada en el brazo me chuparía todo el plasma… Los algoritmos y los cálculos diferenciales concluían un resultado desastroso y ni tan siquiera la introducción del azar presuponía una manifestación a mi favor. Pero lo que nunca podía haber esperado era que mis átomos adoptaran una disposición molecular en formación de caramelo con chasquidos y lograran hacerme invisible a los humanos allí presentes. Así, mi adorada seguía iluminando aquel microcosmos con su encantadora sonrisa y sus abracadabrantes cejas iban dibujando algún poema visual en el espejo ovalado que, junto con los cuadros de caza, decoraba el horizonte. Aquella nueva situación me brindaba toda una serie de oportunidades inusitadas hasta ese momento, entre las que brillaba la posibilidad de disfrazarme de mayor von Crampas y abatir a mis adversarios. Sin embargo, temiendo que el hechizo desapareciera, opté por esconderme debajo de la mesa. Una vez allí, estando al amparo de la madera de abedul, me apoderé de uno de los pies de la muchacha y con el índice recorrí el borde de sus dedos y besé la punta de cada uno a traición. Si ella notó algo extraño, si sintió cosquillas, si su vello se erizó, si su vientre entró en combustión, nunca lo supe. Luego, apoyé mi mejilla sobre el dorso de aquella exótica península y me quedé dormido. Cuando me desperté, me encontraba en plena calle intentando no tragarme los adoquines y aprisionando el bello pie, a medida que mi melíade se dirigía hacia su reposo. La posibilidad de poder mirar si su lingerie llevaba muchos lacitos o no quedaba descartada dadas las circunstancias extremas. Y más aún cuando se abalanzó sobre mí un simpático Gran Danés buscando compañero de juegos, el cual encima debía ser homo porque me pegó un buen chupetón en la garganta que causó horror en la señora Ehrenhaus cuando la llamaron los enfermeros del hospital donde me tuvieron que ingresar aquella noche.

8 febrero 2009

Esta noche me ha despertado la tormenta mientras la visión de aquella muchacha invadía mi mente. Aturdido y desconcertado no he vuelto a conciliar el sueño hasta que la señora Erenhaus me ha llamado para desayunar. La jeune fille me reclamaba y cuando acudía a su encuentro la encontraba con un vestido de primera comunión que se deslizaba por su cuerpo angélico, ligeramente andrógino, dejando entrever su piel lívida adornada por fantasmagóricos tatuajes. La erección era inmediata y violenta. Había penetrado en mi deseo como Juana en Jargeau y se reía. Mientras me masturbaba con mano segura y severa, ella ponía los pies en el cuenco que mi casera llenaba con leche todas las mañanas, obligada por el rugir de su gata blanca. Cuando mi sexo caía flácido después de regar las hortensias, me ordenaba que le limpiara los pies. Yo me arrodillaba y miraba sus ojos llenos de ternura y bondad. Vamos, boquerón. De repente, su mirada se volvía inmisericorde y cruel. Cogía con delicadeza su pie izquierdo, la leche rezumaba nívea, y el contacto de mis yemas con aquella piel suave me excitaba de nuevo. Entonces ella se liberaba de mis garras y posaba el pie sobre mi cuello, presionando con fuerza, y yo me dejaba someter. Tallo de luz, bebe, ordenaba. Hundida mi cabeza casi al completo temía ahogarme. Mi verga volvía a eyacular y un hilillo de esperma caía sobre el césped. Con su mano impura también se masturbaba ella y podía oírla jadear. Aquella pantera de las nieves iba a matarme allí mismo y en absoluto parecía importarle. Sus gritos de placer me estremecían y sentía un fuerte dolor en los testículos. A su vez notaba que la leche iba volviéndose agria poco a poco y, cuando su sabor resultaba insoportable, ella me liberaba finalmente bajo una lluvia de orina que caía por entre sus largas piernas dóricas.

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