2 febrero 2009

Hace un instante me preguntaba qué sería de ella. Quizás viva en alguna remota región de la China o resida con su familia en algún país nórdico. Siempre sintió simpatía por el frío invernal y su mes favorito era noviembre, así que no puedo imaginarla en algún atolón de la Polinesia tomándose un cóctel de champagne. Cuando la conocí, ella estudiaba una de esas carreras que todos los padres desean que cursen sus hijos. Al comienzo me chocó que hiciera unos estudios tan serios, pues yo la veía pizpireta y jovial y no la imaginaba sentada frente a esos libros tan crípticos y densos. Con el tiempo creo que entendí por qué realmente estudió Derecho. Siempre me preguntaba “¿Qué tal estás?” o bien “¿Qué tal te encuentras?” y esas palabras sonaban sinceras y no a puro formalismo o cortesía. Enseguida supe que me iba a enamorar de ella y al final fue imposible evitarlo. Yo venía de una experiencia realmente turbulenta e intenté a toda costa esquivar los dardos envenenados, con lo cual al final le pedí no volver a saber de ella y las lágrimas empaparon nuestros ojos. Sin embargo, estábamos hechos el uno para el otro, o al menos eso creía entonces, y fue inevitable el retorno a sus tiernos abrazos. Cómo no iba a volver a ella si a su lado sentía que era capaz de alcanzar un rayo de luz y no dejarlo escapar. Mi amor era egoísta, la quería, la deseaba para mí y el hecho de pensar que otro ocupara todas las estancias de su corazón me partía el alma. No podía vivir sin ella y constantemente me preguntaba por qué no la había conocido antes, si las calles de mi ciudad y los lugares a los que frecuentaba la habían visto pasar tantas veces. Soñaba con sus dulces labios, con recorrerlos con la yema de mi dedo índice para terminar besándolos con furia y a traición. Ansiaba acariciar su bonito flequillo –“creo que no te gustará porque es cortito”, decía ingenuamente- y poder cortárselo con la excusa de penetrar en aquellos simpáticos ojos y no regresar jamás. Le pedí que se casara conmigo, ella era la mujer de mi vida y quería estar a su lado para siempre. También le comenté mi deseo de tener tres hijas y ponerles nombres shakesperianos, como Miranda, Cordelia y Ofelia, y milagrosamente no huyó despavorida. Y es que era una niña, la niña más bonita del patio del colegio, y me quería a mí, a mí. Le hacía gracia que le comentara que me gustaban sus senos, “¡si no me los has visto!” decía, con su voz infantil, llena de música celestial. Le gustaba hacerme muchas preguntas, era muy curiosa y eso me atraía poderosamente, pero ella era como La Petite Princesse que jamás imaginó Antoine de Saint Exupéry, y no solía responder a demasiadas, o al menos, a las preguntas que más me interesaban. Supongo que también Frances Hodgson Burnett hubiera pensado que era digna de su famoso personaje. Pero con el tiempo me fui dando cuenta que mi angustia vital y las aristas y oscuras esquinas de mi alma iban a marchitar aquella florecilla si no lo remediaba a tiempo. Tenía que protegerla, evitar que se viera expuesta a todo aquel aire malsano que me rodeaba, y te dije adiós, amor, tengo que marcharme, no me olvides, recuerda que te amo y te amaré siempre. Recogí todos los nomeolvides que pude encontrar en los montes y con ellos te compuse una guirnalda, ¿recuerdas? A pesar de ello, te enfadaste mucho y me llamaste bobo, tonto, idiota y todas las palabras feas, y me diste un pisotón muy fuerte y cinco mil pellizcos. Al final llegué a olvidarte pero creo que jamás he vuelto a sentir esa embriaguez ensoñadora que me alentaba y que empezaba cuando me decías, “buenas noches cuco”.

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