Llevo toda la mañana encerrado en la habitación del hostal. La señora Y. dice que hasta que no pague mi deuda no tiene intención de lavarme la ropa ni de cambiarme la toalla ni las sábanas. Esto es mi perdición. Anoche tuve que escapar del restaurante sin pagar y me hice daño en la rodilla al caer desde la ventana de la toilette y seguro que se me infecta la herida. Encima, ahora ya no podré ir a visitar a las chicas del Narciso Negro y si no aprendo a fornicar bien, cuando regrese, Catalina no querrá hacer el amor conmigo por inexperto y encima arruinado. Esto es mi perdición. Además me temo que presiente algo porque le envié una carta hace casi un mes y aún no ha contestado. Y la última que recibí suya era de las cortas. Eres un mequetrefe y no paras de echarme las culpas de lo que tú hiciste a tu libre albedrío. Yo te expliqué que deseaba ver muerto a mi padre pero en ningún caso te ordené que le pegaras un tiro a sangre fría. Me repugna tu dialéctica sofista y estoy cansada de tus celos. Si piensas que te voy a contar los detalles de mi relación con el chico nuevo lo llevas crudo. No soy tu amante y nunca lo seré. Eres un mocoso y no estás a mi altura. Yo deseo un hombre que me adore como Severiano y que sea valiente como Ricardo Pollón de León. Tu como mucho te pareces a la hiena amiga de Leoncio el león. Y como no regreses pronto, daré detalles de tu escondrijo a tus padres y a los profesores. No veas la que has liado. Bueno, ya estoy cansada de escribir. Si vuelvo a recibir otra carta tuya llena de reproches y quejas, no esperes contestación. Además, estaré unos días fuera en casa de unos familiares de Dimitri –es que es ruso- así que no podré leerte durante un tiempo. Por cierto, si encuentras en el zoco alguna alhaja digna de mí, recuerda que gustosamente la aceptaré. Hasta pronto, pimpollo. Y sí, me ha puesto los cuernos. Está claro. Ese ruso debe tener un yate y acciones en la compañía estatal del gas, así que como no dé un pelotazo por aquí, no voy a poder hacerle sombra. Tenía razón mi abuelo, los comunistas terminarán arrebatándonos a nuestras mujeres como si fueran sabinas y no creo que ellas tomen ejemplo de las suplicantes… Esto es nuestra perdición… Creo que voy a leer un poco “Dafnis y Cloe” para tranquilizarme. Dafnis también se acuesta con una puta porque debe aprender los tejemanejes del asunto y Cloe no lo manda a paseo ni se va con otro. Yo pienso que la ciudad ha convertido al varón en una especie de simio bobo y hay que volver al campo como aconsejaba Thoreau y como hacen los de las agencias de publicidad y los agentes de bolsa, para criar ovejas y toros, cultivar nuestras verduras –todas menos la coliflor, claro- y nuestras frutas. Hay que ser bioorgánicos y regresar a los árboles, sobretodo teniendo en cuenta lo caro que está el alquiler… Pero ya prepararé un ensayo sobre el tema cuando se calme todo. Ahora no es el momento de pensar en el futuro y menos con el estómago vacío. Será mejor que vaya a por algo de kafta para llevar. El señor M. prepara uno muy rico y si le enseño mi cosita no me cobra nada. El libro ya lo retomaré por la noche. Y si aparece alguna perra del infierno, pienso recitar el conjuro que me enseñó Idrissia y su sangre no me manchará. Ah, es verdad, aún no les he presentado a mi amiga santa. En realidad, no debería contar nada porque es un poco un secreto y si lo cuento ya no lo será. Pero lo malo es que no sé guardar secretos, quedan avisados… Idrissia no tiene papá ni mamá y vive sola en un sitio cuyo nombre no puedo revelar porque es un secreto. Ya lo he dicho antes. Está cerca de unos jardines andalusíes en los que crecen algunas higueras. Y un día entresemana me acerqué para coger algunos higos porque estaba un poco mareado y tenía hambre y no quería que me vieran demasiadas personas. Y al regresar me perdí y di muchas vueltas y más vueltas aún por las estrechas calles, sin saber muy bien hacia donde dirigirme. Y había muchos callejones sin salida y era un rollo porque andabas y andabas y no conseguías moverte del mismo lugar… como si estuvieras en un agujero negro, vaya. Y encontré unos niños que estaban jugando con unas raquetas. Y les pregunté en qué dirección se encontraba la mezquita y la única niña me explicó que no lo sabía pero que no debía seguir adelante. Se reían todos y tuve un poco de miedo. Hablaban en árabe y no lograba comprenderles bien. Después ella me explicó en francés que enfrente vivía una chica que estaba loca y que encima era una prostituta. Le di las gracias y escapé corriendo. Pero al atardecer, cuando los comerciantes cerraban sus establecimientos y los adultos iban a los salones de té, aproveché para acercarme a la casa de la loca. Me puse el albornoz y una cinta de embalaje con agujeros sobre los ojos. No sé por qué pero tenía la sensación de que así parecería un loco también. Entonces no era consciente del peligro que corría de ser encerrado en el hospital de locos. Al llegar, entré por un pasillo que daba a un patio interior con buganvillas y desde allí pude escuchar los gemidos de Idrissia, que son distintos a los de las chicas del Narciso negro. Ellas fingen y sobreactúan como los actores americanos. Pero Idrissia ríe y hace como si se ahogara en champagne francés. Me gusta escucharla pero no mirarla cuando está con los chicos. Ellos la sirven y tanto la desnudan como la ayudan a vestirse. Uno de ellos es el encargado de maquillarla y un día hasta vi como le maquillaba las areolas y los pezones, que son como aquellas setas pequeñas que se encuentran sobre las ramas de los robles. Sus senos se parecen a los de las negras de los documentales pero ella tiene la piel muy clara, casi transparente. Por eso se pueden apreciar los pelos de las piernas y de los brazos, aunque son muy finos, no como los de los hombres mayores. Y tiene algo de pelo también en el labio superior, aunque no por ello dejaría de besarla. Dice que algún día yo también seré su siervo pero antes debo convertirme en un comedor de serpientes o Jessavi. Los buenos musulmanes que viven a esa orilla del río la consideran Santa y para ellos es objeto de devoción, a pesar de que tiene una mirada que quema, y le traen flores y dulces. Yo no la conozco demasiado pero ella sí está enterada de que las perras del infierno quieren ajusticiarme y las detesta porque no persiguen a los que inflingieron dolor en su cuerpo. Como el delito no fue de sangre, no hay ninguna condena sobre ellos. No es justo.
Uno no puede destruir nada sin destruirse a sí mismo. Creo haberlo leído por lo menos en algún sitio. Algún graffiti quizás. Acabo de levantarme. Clara sigue acostada, la sábana tan solo le cubre las pantorrillas. La miro un instante. Apenas se le dibujan los omoplatos. La marca del bañador sigue ahí. La sinuosidad de su cintura y sus nalgas me parece casi perfecta. Si fuera de barro la moldearía con mis manos inexpertas, aguantando la respiración, tan solo un instante, recorriendo con las yemas de los dedos aquella carne esclava, apartando los mechones del cabello hacia los lados. Anoche no te pusiste el collarcito de perlas ni el de los ositos… A las ocho nos debían traer el desayuno. Son y diez. La escucho sollozar, siempre igual. Abre la ventana, por favor, me pide. Este aire es sofocante. La plaza está prácticamente vacía. Algunos chicos ya han montado sus paraditas para vender teléfonos, radios, reproductores, navegadores… Un vagabundo se dirige a la parada de autobús con su tetrabrik. Llevará zumo de naranja, lo mejor para desayunar. Vitaminas y eso. Minerales también. Los Magnielli nos esperan para almorzar. Tendremos que coger un taxi y ella con sus lloros a todas horas… El mecánico prometió tener el coche listo para el lunes. Una pieza, falta una pieza, la traen de Alemania pero la fábrica está en Eslovaquia y, claro, eso significa una semana por lo pronto. Puto rumano de mierda. El puto coche está hecho cisco y el muy imbécil no puede pedir prestado uno al concesionario. Berlusconi es grande, Milán, claro, Ronaldinho, un fenómeno, Hagi, grande… Te mato, desgraciado. Tranquilo amigo… No me toques con tus sucias manos, hijo de la… Tengo las manos frías, dice Clara. Refunfuña algo. El Sr. Magnielli al habla. Sí, llevo el informe. De acuerdo. El socio tunecino quiere ver los planos del hotel. Entendido. Catalina está entusiasmada con nuestra visita. Cómo está la pequeña. ¿Se ha echado un noviete veraniego? Qué graciosa. Bueno, a la una del mediodía estamos en la torre. Bien, sí, me encuentro bien. No fue nada. Ya sabes como conducen por aquí. Ellos adelantaron a escasos metros, yo perdí un poco el control… Ay, ¡la mamma! Histérica, que si había cruzado la divisoria… Suerte de los carabinieri, fue fácil convencerlos… Oye, traigo la botella de Cerasuolo, ¿vale? Ciao. ¿Y el jodido desayuno? Este hotelucho que escogiste es una basura, mañana mismo nos mudamos al del Castello. Pero deja de llorar mujer, no te estoy reprochando nada. Todos nos equivocamos, es la naturaleza humana, ya está… Suerte que tengo a Angela. Vaya tetas la muy cerda. Me abroché la cazadora y me hice un rasguño, no es nada. Oh, qué tragedia griega… Y los maricas esos, cuánto está dispuesto a pagar. Mira hiena pestilenta, yo los negocios los hago directamente con la chica, ¿comprendes? Saca la puta navaja y tu cabeza la tendrán que recoger de las cloacas tus amiguitos. No nos pongamos nerviosos, ¿vale? Tú querrás seguir chupándola, ¿no? Pues mejor nos tranquilizamos… Jejeje, de que te ríes boba. Sigamos por este otro paso. No, no les tengo miedo. Ya sé que no nos seguirán, joder… Si yo fuera Fellini, te convertía en estrella, monada. Venga, venga, rápido. Nada de besitos.
