En lo más recóndito de la selva se escondía una misteriosa criatura, solitaria y ociosa. Su mayor divertimento era no hacer nada. Cuando digo nada, me refiero a absoluta y rotundamente nada. No fumaba cigarrillos ni se hurgaba la nariz, no salía a pasear ni tampoco jugaba al solitario. Era la máxima expresión de aquella enfermedad de comienzos de la era moderna que fue denominada por un joven psicoanalista húngaro como síndrome de hueva extrema. Por suerte, nadie lo había visto jamás ni había hablado con él por teléfono, así que no pudo contagiar a sus vecinos su pereza. Sin embargo, un día caluroso de finales de primavera andaba paseando cerca de su cueva una diminuta hormiga roja algo deprimida que silbaba una canción fúnebre. Llevaba toda la mañana busca que te buscarás y no había encontrado aún ninguna semilla. La noche anterior no había dormido porque soñó que la sepultaban enormes cacahuates devoradores de hormiguitas y sus patas estaban tan torpes que se entorpecían mutuamente. El sol era abrasador pero tuvo suerte y pudo refugiarse en una oquedad que era como ya habrán podido adivinar la mismísima cueva del guácharo. La hormiga no tenía ni idea de que allí vivía alguien. Así que se quitó el vestido de tela de araña y quedó completamente desnuda. Mientras buscaba la manera de encender un fuego, escuchó un sonido agudo y penetrante que al chocar con las paredes de la cueva se amplificaba y retumbaba como una manada de elefantes. Ella creyó que iba a ser sepultada y se volvió a vestir. Dos ojos la observaban y sintió algo de pudor. Esos ojos eran rojizos como el sol cuando se va a dormir. La hormiga preguntó de quién eran esos faros guías de la oscuridad. El guácharo estaba asustadísimo. Tartamudeando musitó algo así como un trabalenguas que no entendió ni él. No lo transcribiremos porque nos da hueva. La hormiga lo observó con detenimiento y le preguntó por qué tenía boca de rana. Croac-croac-croac. Pues no, tan solo se escuchó un bostezo. Luego otro más y otro y… la hormiga también sintió ganas de bostezar. Me llamo hormiga obrera y me han expulsado del nido por trabajar demasiado, se presentó ella. El guácharo no había trabajado jamás y así se lo comentó. Soy un guácharo con hueva extrema y por eso no trabajo. Me resulta imposible. Mi dicha es esa. Soy un huevón. A veces siento algo de frío aquí dentro pero para qué voy a salir. Hay demasiado barullo allí fuera y llueve mucho. Tengo algunas ciruelas guardadas que no sé muy bien como han llegado hasta aquí. Aparecieron una noche, de repente, el rayo verde iluminó la cueva, se tornasoló y luego se convirtió en un halo rojizo como la sangre de los hombres. Kukul, afirmó la hormiga. Sin duda, ha sido kukul. El guácharo volvió a bostezar. La hormiga que era curiosa sentía interés por su cueva. Parecía altamente probable que aquella oscuridad se adentrara más allá de la galería donde se encontraban los dos pero temiendo ofender al guácharo por su ignorancia no le preguntó nada. Pasaron los siglos hasta que un día cualquiera envuelto en hastío, el guácharo se ofreció a hacer de guía para explorar la cueva junto con la hormiga. No se veía demasiado pero tampoco importaba, la excitación por descubrir algo nuevo ya valía la pena. Al otro lado, los habitantes vecinos del Xibalbá empezaron a ponerse nerviosos al ver como se acercaban aquellas dos criaturas. Dejaron un instante de jugar a la pelota con las cabezas de los difuntos y formaron un consejo extraordinario. La resolución de los Dioses fue enviar a los mochuelos, de entre los cuales los itzáes eran los más temibles, como mensajeros. Los Dioses desconfiaban de las hormigas rojas pero sobretodo consideraban una insolencia que el guácharo traspasara el umbral prohibido. Uno de los Dioses propuso que le dieran una dosis de sueño eterno pero sus compañeros opinaban que se merecía un castigo mayor. Taparle la boca con una víbora para que dejara de bostezar era otra opción pero así corría peligro de morir envenenado. Cortarle las alas parecía un sufrimiento más severo pero como el guácharo nunca volaba fue descartado. Finalmente, los mochuelos propusieron hipnotizarlo con la técnica del ulular en bucle y como los Dioses no lograban ponerse de acuerdo aceptaron. Salieron los mochuelos al acecho del guácharo y la hormiga, cuando los encontraron comiendo ciruelas tan tranquilos. Ellos habrían preferido algún ratoncito o un topito y no se autoinvitaron, aunque no por aparentar buenos modales. Somos los enviados de los dueños del Xibalbá y venimos a daros vuestro merecido. El guácharo entendió por merecido una manta para protegerse del frío pero no preguntó porque tenía hueva. La hormiga se imaginó que aquellos mochuelos eran miembros de alguna organización criminal o directamente de la patronal pero estaba tan temblorosa que se calló también. Los mochuelos los introdujeron en un saco y se los llevaron sin necesidad de hipnosis. Pero al llegar a su destino el sopor había creado un atmósfera permeable que todo lo envolvía, incluso el Xibalbá. Los Dioses, que tenían una agenda bastante apretada, no lograron terminar ninguno de sus horribles castigos y dedicaron todo su tiempo a bostezar contagiados por el guácharo. Transcurrieron siglos y más siglos hasta que un viento huracanado se burló de los Dioses y los arrastró muy lejos más allá del mar y del cielo, hasta la tierra de los sueños, donde se confunden las nebulosas y los cuerpos celestes.
El verano en Delaware no es tan caluroso como en otros lugares del país. Aquí los pumas no toman daiquiris para aliviar la sed ni los ciervos van a los grandes almacenes a comprar su helado favorito que, por si no lo saben, es el de mango. Los coyotes apenas consumen refrescos de guaraná y los mapaches solo beben su piña colada en ocasiones especiales como bodas, entierros y fiestas de graduación. Pero si ustedes son observadores y usan gafas de sol apropiadas muy probablemente podrán encontrar a algún topo disfrutando de un delicioso coco helado. Y es que estos animalitos tan misteriosos siempre han mostrado particularidades bien interesantes. Ya en el siglo XVIII el zoólogo Ludovic Von Bivant descubrió a un ejemplar que gracias a los tallos de las cañas realizaba esnórquel en el Rin, a la altura de Basilea. También en algunos tratados de quiropterología aparece la descripción que realizó un becario del Museo de Ciencias Naturales de Londres, a finales del XIX, de un topo que admiraba tanto a los rinolófidos que, después de participar en una sesión de ouija, creyó ser uno de ellos y fue encontrado a orillas del Támesis después de saltar desde lo alto del Big Ben. Y los medievalistas españoles han debatido durante años sobre la posibilidad que la Reina de Navarra siguiera las recomendaciones de un consejo de topos y mandara a los Templarios a la hoguera, acusados de herejía. Pero, de todos ellos, el más fascinante, sorprendente y requetefabuloso es sin duda el topo de nariz estrellada. Su población se calcula en unos 12.523 ejemplares, de los cuales unos 1.500,00213 habitan la costa este de los Estados Unidos de América. Y ya en el vigésimo-tercer congreso de la Asociación Panamericana de Expertos Insectívoros, celebrado en Duluth el año 2.001, prestigiosos genetistas moleculares y astrofísicos estelares acordaron que el mejor té es el de hibisco chino con agua de lluvia de las islas Fidji y que los topos de nariz estrellada evolucionaron filogenéticamente y topológicamente de un pariente lejano que habitaba los bosques de arce de Delaware hace 3 millones de años aproximadamente. Sin embargo, si visitan esta linda región algún verano -en invierno no se lo recomiendo a menos que sean aficionados al hockey sobre hielo- y preguntan a cualquier niño –a ser posible siempre y cuando no esté tomando un refresco o un helado, lo cual puede considerarse de muy mala educación- cuál es el origen de los topos con nariz estrellada, lo más probable estadísticamente y casuísticamente es que les cuente una historia muy distinta a la de los científicos de bata blanca. Imagínense que yo soy un niño y ustedes son unos turistas bielorrusos que se han visto atacados por unos ejemplares de Psorophora ciliata. Estoy leyendo un tebeo de superhéroes y en el momento en que el malvado prepara el ataque final ustedes se presentan ante mí bastante alarmados y gritando auxilio, dénos algún corticoide, nos han atacado unos demonios alados. Entonces yo les aconsejo que no se aflijan tanto, que no es la época adecuada para ello, y les pido que se sienten por favor. Ustedes obedecen –ya sé que es un caso muy hipotético y poco ajustado a la realidad- y yo les pregunto si desean que les cuente un cuento. Como no dicen nada y ponen cara de cefalópodo deshidratado, pues aprovecho para contarles la verdadera historia del origen del topo de nariz estrellada. Hace muchísimo tiempo, en algún paraje no demasiado identificado del estado de Delaware habitaba un topo que se llamaba Sr. Topo porque a nadie se le ocurrió un nombre mejor. Si ustedes son creativos y tienen alguna alternativa, siempre pueden enviar su propuesta a la gaceta local que más les agrade. El caso es que el Sr. Topo consumía sus días con la esperanza de casarse con alguna mamífera, a ser posible de alguna estirpe no demasiado alejada. Y como había heredado un pequeña gran fortuna, pensaba en comprar una casa junto a algún lago, levantarse al mediodía, pescar y tener topitos. No aspiraba a mucho más. Pero pasaba el tiempo, años, décadas, y no encontraba a su deseada pareja. Poco a poco iba abandonando las buenas costumbres y llegó a tomar el desayuno a la hora de la cena y a no asearse como es debido. Su ropa cada vez estaba más roída y las lentes más sucias, con lo cual tampoco tenía costumbre de salir de su madriguera. Un buen día, sintió la llamada de la selva o tuvo algún desajuste hormonal, y sacó su hocico por entre el montículo más alejado al noroeste. El bosque estaba dormido y sus habitantes, al parecer, también. No había nadie con quien charlar ni se podía jugar al pilla-pilla y la bolera estaba cerrada. Era un rollo y el Sr. Topo estaba deseando regresar a su escondite cuando en lo más alto del techo estelar descubrió a una maravillosa anémona galáctica que tenía unos tentáculos muy finos y de movimientos sinuosos y hechizantes. Chispitas, dijo el Sr. Topo. Qué estrella más hermosa. Quizás ella lo escuchó y por eso, al instante, sacudió los tentáculos con un ritmo exótico y empezó a desprender polvo de estrellas. Millones de partículas brillantes y diminutas aparecieron a su alrededor y ella se convirtió en una nebulosa maravillosa. Aquello parecía obra de alguna bruja o de la diosa lunar y el Sr. Topo sintió recelo y desapareció. Él jamás lo supo pero aquella noche, y la que siguió y la otra y la siguiente también, la estrella estuvo llorando y sus lágrimas eran verdes como mocos cósmicos. Ningún centro astronómico fue testigo de ello porque durante ese tiempo se jugaban las olimpiadas futbolísticas mundiales y los científicos estaban pendientes de los televisores. Semanas más tarde, el Sr. Topo empezó a sentirse mal, le dolía el estómago y sufría mareos y convulsiones muy raras. Los doctores le auscultaron, le practicaron gastroscopias y le sometieron a escaneados cerebrales, pero no pudieron detectar el origen de su enfermedad. Finalmente, una noche sufrió un ataque de ansiedad y creyó morir. Por suerte, salió de la madriguera y al encontrar a su estrella en el cielo, se sintió súbitamente mucho mejor. No le dijo nada porque era muy tímido pero en su diario personal la empezó a llamar Estrella Popotitos. Ella cada noche brillaba más y más y su rostro iluminaba la noche y ensombrecía a sus compañeras. Pero las estrellas no son celosas, todas tienen sus propios amantes y hasta les gusta chismorrear al respecto. El Sr. Topo la amaba y en sueños susurraba su nombre y le decía cosas dulces, como ustedes los adultos cuando hacen el amor y gritan “te amo cuchirrín”, pero con más elegancia y lirismo. Sin embargo, pasaban las semanas y no lograba declararse. Así, una noche de agosto apareció un huracán con boca de dragón y ojos temibles y lleno de furia hizo caer a todas las estrellas, una a una. La noche se hizo negra negrísima y no se veía nada de nada. El Sr. Topo tuvo mucho miedo y se refugió en su madriguera. Temía qué le podía haber pasado a su Estrella Popotitos y su corazón se rompió en bloques de hielo que nadaban desamparados a los largo de su estancia, como náufragos sin rumbo. Poco después, se desmayó. No sabemos cuánto tiempo estuvo inconsciente pero al despertarse se precipitó al exterior y la luz del sol lo cegó por un instante. Todos los animales hablaban al unísono y ello le provocaba más angustia. Cuando retomó la calma, se puso a buscar a su amada por los alrededores. Y así fue como detrás de un mirto, pálida y sin luz, encontró a su deseada estrella. Allí, desnuda y sin su vestido de gasa cósmica, parecía indefensa y gravemente herida. Su aliento había desaparecido pero aún así el Sr. Topo sintió ganas de besarla. Y intentarlo lo intentó. Sin embargo, no contaba con su larga nariz y como no tenía experiencia en la práctica del bisou, no lo logró. Lo único que consiguió es que su amada Popotitos se quedara adherida a la mucosa de la nariz y no pudiera desprenderse, cosa imposible también porque hacía días que había fallecido ahogada. Así, pasaron los años y después de comer muchas raíces de jengibre y lombrices logró sentirse menos desgraciado e infeliz, volvió a enamorarse y fue padre de unos lindos topitos de nariz estrellada, que a su vez se hicieron mayores y formaron su propia familia, hasta llegar a colonizar todo el país. Si no me creen, vayan a Delaware y pregunten. Quizás algún niño les explique también que por las noches los topos de nariz estrellada se dedican a perseguir a los cometas o que bailan con las estrellas para despistar a las aves migratorias, pero ya se sabe, son niños.
Los días que siguieron a la noticia de mi enfermedad fluyeron con una extraña tranquilidad. Decidí no comunicárselo a nadie, ni a mis amigos, ni a mis compañeros de trabajo y mucho menos a mi familia. Cogí unos días de descanso con la excusa que me encontraba agotado y pedí que no me llamaran hasta que volviera. Tan solo me telefoneó el Doctor poco tiempo después para preguntarme si me apetecía pasar un fin de semana en su residencia de verano. Esa casa se encontraba a unos pocos kilómetros de la ciudad, en una de las pequeñas islas de la desembocadura del río. En ella solía acoger a algunos pacientes, los cuales tenían absoluta libertad hasta para usar la sauna. La esposa del Doctor se encargaba de todo mientras él pasaba horas en el estudio o navegando con su pequeña barca. Conocía bien ese sitio y sentía cariño por la señora Erenhaus, una mujer apacible que transmitía una serenidad balsámica con sus gestos y su mirada. Sin embargo, prefería la compañía de mi soledad, mis libros y mis discos, y me excusé cordialmente. Encerrado entre las paredes de mi hogar, el tiempo parecía paralizarse y la atmósfera se iba haciendo cada vez más densa y asfixiante. La rutina del día a día se convirtió en un desorden vital, al cual me fui acostumbrando poco a poco. Descuidé mi aspecto y mi rostro fue adquiriendo un tono rojizo, inflamable, en parte escondido por la cada vez más espesa barba. Mi cuerpo olía a sudor, excrementos y semen, pero al final me acostumbré a él. Me levantaba a primera hora de la tarde y lo primero que hacía era poner algo de música mientras me refrescaba la cara. Luego cogía cualquier novela y leía hasta que mi estómago y mi cerebro reclamaban algún alimento. A menudo solía ignorarlos y seguía con la lectura, impertérrito, desafiando las llamadas al orden y a la cordura, hasta que el sueño volvía a invadirme. Los gritos de los vecinos me despertaban entonces y sentía a la ameba más cerca que nunca. Su presencia mostraba toda la crueldad posible en esos momentos y conseguía así que mis lágrimas se dejasen caer no sin cierto temor. Cuando las paredes iban formando ángulos cada vez más oblicuos, permitía que mi angustia huyera o bien por la ventana del patio trasero o por la puerta principal. Al anochecer me gustaba observar los movimientos de los gatos sobre los tejados y las paredes de los vecinos y el tintineo de los cuerpos celestes. Normalmente no tenía demasiado interés en su conjunto pero siempre había sorpresas inesperadas. El alegre bullicio de unas muchachas que se arreglaban para salir de fiesta, con su efervescencia y su sensualidad latentes, el bello sigilo de la felina de piel blanca en su continuo deambular en busca de alguna presa, o bien el torpe vuelo de las polillas embriagadas de tenue luz. Sin embargo, el placer que me podía suponer todo ello enseguida era aniquilado por aquel dolor que parecía no querer despegarse de mi cabeza, con lo cual me volvía a encerrar en mi cubículo. Lo cierto es que apenas llegué a cruzar el límite que separaba mi paraíso envenenado del infierno agorafóbico. Pero una mañana me dediqué a sabotear mi nueva rutina y decidí dar un paseo matutino por mi barrio, tranquilo por aquel entonces cuando aún no rompía el viento ninguna rapaz de acero, seguida de los carroñeros de rigor. Temía cruzarme con algún vecino y esperé unos segundos antes de abrir la puerta para asegurarme que no hubiera nadie. Después cerré con llave y apenas había bajado unos escalones contemplé con asombro a una muchacha que descansaba sentada con la espalda apoyada en la barandilla de hierro forjado. Su presencia me produjo cierto espanto a pesar de que parecía rogar a gritos que alguien la abrazara calurosamente. Le pregunté si se encontraba bien y respondió que sí, pero no llegó a mirarme a los ojos. Llevaba un bonito jersey de mohair color crema y una falda corta que caía liviana sobre sus rodillas, protegidas estas con recelo por unas manos inseguras. Su cuerpo era el de una gacela, delgado pero vigoroso a su vez, con unas piernas que parecían esconderse por entre las sombras. La piel clara, de aspecto casi enfermizo, le daba además un aire etéreo, irreal, enfatizado por su pelo azabache de corte geométrico como si se tratara del casco de Atenea. Insistí y quise saber si esperaba a alguien. Sí, me dijo con unos oscuros ojos acuosos y llenos de misterio, te esperaba a ti. Pude seguir el movimiento de sus labios color carmesí con un temblor que amenazaba con hacerme desfallecer. Por su aspecto cansado podía haber permanecido varias horas en aquella escalera, pero preferí no saberlo. Quería escapar de aquella situación, el dolor llegaba a enturbiar mi vista y ésta proyectaba en mi mente la imagen de la muchacha desnuda con la piel manchada de esperma y llena de rasguños, mientras yo la levantaba por el busto como en aquel cuadro de Henry Lévy llamado “La jeune fille et la mort”. En realidad, su jersey sí tenía algunas roturas y algún que otro rasguño rompía la armonía de su rostro. ¿Quién era ella? ¿Por qué deseaba verme? Preguntas y más preguntas acudían a mí sin respuesta alguna. Sólo había una posible salida. Le prometí que iría a buscar ayuda pero no regresé.
