Durante mi estancia en el Templo de la Cascada Púrpura me apliqué al estudio de las sagradas escrituras y la meditación transcendental. Castigué mi cuerpo ayunando días enteros y lanzándome por los riscos como las cabras salvajes. Con la práctica de las cuatro virtudes fortalecí mi espíritu y conseguí algo de pureza para mi alma. Poco a poco iba alejando la agonía y rehuía cualquier esperanza, pues quien no lanza preguntas al futuro tiene ante sí un camino recto sin sobresaltos cuyo horizonte es la inmortalidad. Por el contrario, quien se entrega a los deseos y al ansia de poseer camina sobre el río de la muerte que todo lo envuelve. Va saltando de piedra en piedra esquivando el vacío, el olvido y, en definitiva, su final. Elevarse por encima de ese camino lleno de neblinas y surcar los cielos como los albatros cruzan los océanos es el deber de todos nosotros. Mi meta era lograr la aniquilación del cuerpo tal y como lo conocemos. Destripar las entrañas y arrancar las vísceras impuras hasta convertir la jaula en devenir luminoso. Así, los budas del templo me expusieron a toda suerte de pruebas y exámenes con el fin de someter mi voluntad al dharma. Más allá de las montañas del Karakorum y el Himalaia y al sur del desierto mongol, se encontraba el territorio Tang. En las estepas frías del norte pastaban los caballos salvajes, los camellos, las grullas y las avutardas. De vez en cuando se dejaban ver las aves fénix y los unicornios, animales esquivos y tímidos. En la bella Chang-an se encontraba el palacio del emperador, que al no tener sucesor se pasaba los días llorando desconsoladamente hasta que al final se le secaron los ojos y se quedó ciego. Dado que ninguna de sus mujeres había engendrado un varón pidió consejo a los monjes del Templo del Gran Loto Celeste. Estos, después de largas deliberaciones, le aconsejaron tomarse unas vacaciones en la costa y esperar una señal del supremo Emperador de Jade. Así fue como una noche de otoño vio aparecer en el cielo a los diez soles en lugar de la luna. Excitado por el significado de aquella señal, no pudo dormir y se dedicó a cazar polillas con unos palillos. A la mañana siguiente, recibió una carta anunciándole la llegada al palacio de las doncellas de la Reina Madre Celeste, las cuales portaban en un cesto para recoger melocotones inmortales a su futura esposa. En menos tiempo del que tarda una avutarda en copular con un grajo, el emperador Tang llegó a la gran ciudad y ordenó la celebración del Festival de la Luna Llena, en honor al bonito rostro de la niña. Esta creció alejada de los excesos de la corte y fue criada en casa de la madre de su futuro esposo, al norte del país. Allí, rodeada de los caballos imperiales y las grullas inmaculadas, aprendió la disciplina y adquirió la prestancia necesarias en una futura emperatriz. Los cuadrúpedos eran su predilección y le gustaba montar sobre sus lomos y recorrer la vasta estepa. Pero lo que más la divertía era poner su dedo índice en el agujero negro de debajo de la cola. Los caballos retorcían el cuello hacia atrás mirando a las nubes y dejaban escuchar su relincho ahogado de placer, que era la envidia del resto de animales. Un día, atraído por esos sonidos tan llenos de ternura, se acercó al grupo un unicornio blanco de ojos azules turquesa. La niña se quedó impresionada porque nunca antes había contemplado a un animal tan hermoso y tan extraño. Ella lo llamaba caballito narval y poco a poco se hicieron amigos. En el interior del bosque pudo conocer, de la mano del unicornio, a los espíritus que se escondían tras la corteza de los árboles y a los dioses caídos en desgracia. Aunque a ella lo que la llenaba de curiosidad era escuchar el canto de su amigo una vez hubiese acariciado su agujerito. Así, que no tardó mucho tiempo en comprobar cómo sonaría su relincho y durante un precioso crepúsculo introdujo con suavidad su pequeño dedo en el orificio. El unicornio se sobresaltó y, con las mejillas del color de las rosas jóvenes sin abrir, huyó al galope dejando a la niña con una sensación de soledad y abandono que la sumió en una profunda depresión. Mientras, el animal informó a los Dioses de los Puntos Cardinales y estos hicieron llegar la queja al supremo Emperador de Jade. Éste, después de consultar con el Dios Kakapo, avisó al Emperador Tang de las prácticas antinaturales que ejercía su futura esposa y para evitar la vergüenza y las protestas de su pueblo decidió encerrarla en el Palacio. Furioso y lleno de cólera, ordenó que anduviera desnuda y la poseyeran por las noches los varones de la corte. Ella debería entregarse a su voluntad y sufrir el dolor como castigo a su pecado. Para evitar que penetraran su vulva, se le colocó un toisón de oro del que pendía una cadena al final de la cual colgaba un falso pene de caballo, el cual llevaría el resto de su vida insertado en el vientre. Tan solo el Emperador tenía potestad para quitarlo y penetrarla. Así, durante el día recibía clases de canto, arpa y yangkin, y también asistía a los espectáculos teatrales y los recitales poéticos que tenían lugar en el palacio. Cuando lo deseaba podía visitar la biblioteca pero siempre y cuando su amo no estuviera en ella. Al atardecer tomaba un baño en compañía de sus criadas y después era encerrada en el sótano. Allí pasaba las noches temblando de frío y de pavor cuando oía pasos que se acercaban. Los dos ministros solían atar sus pies y sus manos detrás de la espalda y colgaban su cuerpo de una anilla en lo alto de la mazmorra. Les gustaba manosear su vientre porque sabían que ella no les delataría y si lo hacía nadie la creería. Mientras uno de ellos abría las nalgas y la violaba, el otro le apretaba la nariz para que abriera la boca y ella con los ojos cerrados notaba como el sudor repulsivo de sus miembros la embargaba por completo. Los jóvenes de la corte eran más impulsivos y le estiraban del cabello mientras la sodomizaban y si lloraba la azotaban hasta hacerla sangrar. Cuando cumplió la mayoría de edad, el que debiera ser su esposo la llamó una noche a la cámara nupcial pero cuando los criados fueron a buscarla encontraron su cuerpo estrangulado e inerte.
